viernes, 2 de octubre de 2015

Lavinia es libertad (II).

Lavinia suspiró y se sentó al lado de su hermano. Le cogió la mano con delicadeza.
—Guillermo, no es tu culpa. No te tortures más.
Pero él no parecía convencido.
—Si al menos hubiese apuntado un poco mejor y un poco más rápido…
—Estas cosas pasan. Igual que podrías haberlo hecho tú, podrían haberlo hecho todos los demás. O no, porque algunas cosas no se pueden evitar.
Lavinia jamás había visto a su hermano así de alicaído. Los hombros hundidos, la cabeza baja, las manos tapándole el rostro, la espalda encorvada. Estaba frágil y derrotado, ya no aparentaba tener más edad, o más estatura, o más madurez. Ese gesto descompuesto era tan antinatural en su personalidad siempre alegre y aventurera que Lavinia creyó romperse un poco. Ante sus ojos se proyectaba la figura de un niño, un niño triste, un niño triste y sin ánimo. Lavinia supo cómo tenía que actuar. Rodeó con sus brazos el cuerpo de su hermano y le acarició el pelo. Al fin y al cabo, Guillermo seguía siendo un niño en muchos aspectos, seguía siendo su hermano pequeño.
Él no reaccionó de manera brusca, aunque su cuerpo se estremeció de sorpresa al notar el abrazo de su hermana, tan poco común y tan reconfortante. Respiró profundamente y los dos hermanos se quedaron así largo rato, hasta que decidieron por unanimidad que era hora de levantar cabeza. De todos modos, Lavinia supo que a partir de ese momento Guillermo pasó a entrenarse con su ballesta varias horas al día, obsesionado con la idea de dar en el blanco, para que la próxima vez ningún jabalí matara a su escudero.

Laura TvdB, 2 de octubre de 2015.