sábado, 12 de noviembre de 2016

Fragmento sin título

La sangre, las moscas, los gritos; una tos regurgitante, una voz llamando a su mamá, un frasco de cristal cayendo al suelo y haciéndose añicos. Todo sucedía, sucedía, sucedía, y ella solo podía ir de jergón en jergón, aplicaba ungüentos, daba besos, susurraba cosas bonitas, se tragaba su propio dolor. El yodo, el agua, el láudano, los paños. Lleváoslo, se ha muerto. Urgente, hay que cauterizar la herida. Se ha infectado. Mamá, mamá. Mi pierna no, mi pierna no. Ayudadme. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Olía a vómito, a metal, a podredumbre. La poca luz de las antorchas creaba sombras grisáceas sobre la tela de las tiendas. Por el rabillo del ojo vio a un perro pulgoso lamiendo un charco de sangre y agua. Las náuseas se quedaron atascadas en la garganta y tuvo que tragar saliva repetidas veces. Uno la agarró de la mano repentinamente antes de que pudiera pasar al siguiente herido. Lo miró, reprimiendo un respingo o un grito de horror, y él sonrió con una boca llena de sangre y dientes rotos. Su mirada vidriosa se congeló. Se deshizo del contacto de su mano engarfiada y gritó que lo retiraran del jergón para dejar pasar a otro. Rápido, rápido, le pidieron, ven, no está quieto y se va a desangrar. Algo le salpicó el pómulo y deseó que solo fuera agua. Corrió a otro cuyas vísceras casi se le salían del vientre abierto. Nada más alcanzarlo, murió mirándola fijamente. «Bienaventurados los que sufren, pues su recompensa será grande en el Cielo», rezó, pensó, dijo, ya no sabía. Sus manos se habían teñido de un brillante escarlata. Le cerró los ojos y corrió al siguiente. La suciedad estaba incrustada en sus uñas, se percató al mirarse las manos. Pero era mejor tenerlas sucias a no tenerlas, como ese soldado de allá. La volvieron a llamar a gritos. Se retiró el pelo de la cara, manchándose en el proceso. Percibió vagamente el rodete deshecho bamboleando en su nuca y la brisa fresca y agradable que entraba cuando abrían la cortina y traían un nuevo herido. Mientras le ponía un trozo de madera en la boca a aquel pobre muchacho con la flecha clavada en el muslo, miró hacia el techo de la tienda y pensó en Él y en él. Al primero le pidió ser fuerte y le suplicó no tener que ver al segundo aquella noche, porque eso significaría que no había sido herido en batalla.


Este es un fragmento de una novela que quiero empezar a escribir pronto. Como habréis observado, se ambienta en la Edad Media.

2 comentarios:

  1. Acabo de leer el fragmento y me he quedado de piedra. Me ha recordado mucho a George R. R. Martin, no en el estilo, sino en la crudeza a la hora de narrar una escena tan dura. Muy bien, Laura.

    Un saludo,
    Edurne.

    ResponderEliminar
  2. Tu relato más bestia felicidades se nota el paso del tiempo ¿verdad? Ha sido muy frenético como solo lo son los hospitales de campaña y como no das una fecha concreta puede estar en cualquier guerra tanto actual como de hace ochenta años.

    ResponderEliminar

Aquí puedes opinar, criticar o comentar acerca de lo escrito, siempre con respeto y educación hacia mí y hacia otros lectores. No hace falta tener cuenta. Te pido, por favor, que cuides tu expresión escrita.