martes, 4 de octubre de 2016

¿Qué es el lenguaje literario?

Cuando hablamos de literatura, pensamos en libros, novelas generalmente, historias. A veces parece obvio el significado de la palabra literatura, a veces no. De lo que estoy segura es de que, como en tantísimas cosas a la hora de hablar, se generaliza el concepto y se extiende hasta llamar literatura a cosas que no lo son. De eso quiero hablar hoy.

Con todo el revuelo que hay en el mundo bloguer y booktuber, en el que yo creo que estoy (hasta cierto punto) metida —principalmente porque tengo un blog desde hace cinco años y medio y porque estoy bastante al tanto de los vídeos en Youtube que hablan de libros en España—, cada vez me topo con más comentarios y opiniones opuestas, «malos rollos», quejas y contraataques. ¿Sobre qué? Sobre muchas cosas, una de ellas la definición de literatura juvenil y su sobrevaloración o infravaloración; hablé de esto largo y tendido en este artículo de aquí. Hoy quiero profundizar especialmente en un tema que allí mencioné de pasada: el lenguaje, estilo o calidad literaria. ¿Qué es? ¿Cómo se distingue un estilo pobre de uno maravilloso? ¿Hasta qué punto la literatura es literatura sin un estilo bueno? Hablaré en especial de ese problema en la literatura juvenil, ya que de ahí he sacado el tema, y me dirigiré a los jóvenes que la leen sin criterio.

¿Qué hace literatura a la literatura? No es una respuesta fácil, ni tampoco podemos resumirlo todo en un par de palabras. Pero si hay algo que define a la literatura, ése es el lenguaje.
Dicho de otra forma: muchos podemos contar una historia. Muchos podemos transmitir una sensación, una enseñanza, un hecho histórico, una emoción. Solemos escoger las palabras para expresarlo, aunque hay muchos otros canales: la música, la pintura, el baile, la fotografía, la moda. Pero no por enseñarla nuestra historia se convierte automáticamente en arte. Solamente se convierte en arte cuando hacemos brillar el medio por el cual mostramos el mensaje; cuando, aparte de querer transmitir X cosa y que sea lo suficientemente interesante y novedosa, la forma de transmisión es bella en sí, se convierte en un fin y no en un simple medio.
Es decir: la literatura es el arte de contar algo escogiendo un lenguaje bello. ¿Y qué es un lenguaje bello, podéis preguntar? Ajá. Eso es algo que los estudiantes (y amantes) de la literatura nos llevamos preguntando miles de años. Hay muchas posibles respuestas, de gente mucho más lista, más culta, más formada que yo. Si este tema os interesa lo suficiente como para dedicarle unas horillas, os recomiendo encarecidamente la Poética de Aristóteles o las teorías de Jakobson y Sklovsky. Yo intentaré explicarlo de forma concisa y abierta.
Lo bueno del lenguaje es que es moldeable; que las palabras no son rígidas, que cambian, evolucionan, se mueven y adquieren nuevos significados. El lenguaje no es una mera forma de comunicarnos. Se convierte en algo con importancia y significado propios, en algo que merece la pena ser estudiado, analizado, admirado y aprovechado. Sin embargo, en esa maleabilidad y vital importancia es justo donde reside también su peligro: el peligro de extinguirse, de cambiar demasiado deprisa, de estropear su belleza intrínseca. ¿Qué quiero decir con esto? Que, para que nos podamos entender y podamos disfrutar de la lengua y la literatura en todo su esplendor, debemos cuidarla. Y se cuida atendiendo a ciertas normas que, por convención o por tendencia, tenemos que seguir. Sí, señores, la RAE existe por un motivo. Si cada uno hablamos y escribimos como nos da la gana, ocurren malentendidos que puede dar lugar a problemas serios. Desde el típico: «No quiero ir» que en realidad era un «No; quiero ir» hasta confusiones que dan lugar a guerras, sin exagerar. Si eso ocurre en las situaciones más corrientes hoy en día, en cincuenta años a lo mejor nos habremos diferenciado tanto que no nos entenderemos. Eso ocurrió con el latín a lo largo de los siglos. Y eso también ocurrirá, inevitablemente, con el castellano y con todas las lenguas. Es algo que no se puede evitar. Lo que sí se puede evitar es la aceleración desmesurada de esa separación. Porque, a la velocidad a la que van las cosas hoy en día, una lengua puede divergir en varias en muy poco tiempo.

Por eso es importante escribir bien, queridos. A mí no me gustaría no ser capaz de comunicarme con mi familia andaluza dentro de unas décadas, aunque suene exagerado. Lo bueno de la escritura es que es universal; que se puede aprender siguiendo ciertas pautas. Que no es caótica.
Volviendo al tema inicial, que divago. Ya hemos visto que escribir correctamente es crucial para conservar un idioma. Una vez dicho esto, toca hablar del lenguaje literario. Partiendo de la base de que todos los libros que se publican deberían seguir unas reglas de escritura (ortográficas, de puntuación, de sintaxis), lo bonito de la literatura es jugar con esas normas. Jugar con la lengua. Creo que fue Compagnon quien dijo que la lengua era «fascista» (en el sentido de «rígida»), y que la literatura la liberaba. Ya que usamos la lengua para contar una historia, ¿por qué no usar el lenguaje para enfatizar la historia, el mensaje, las emociones de los personajes?
El estilo literario no es más que eso: es jugar con el lenguaje para embellecerlo y para embellecer lo que cuenta. Porque jugando con el lenguaje se juega con la mente, con nuestra capacidad de imaginar, sugerir, razonar, analizar, empatizar. Nos hace más inteligentes, sensibles y despiertos.

Para aplicar esto a algo más práctico: imaginaos la historia de un chico adolescente, rebelde y confuso, que hace pellas y se queda dando vueltas por la ciudad porque no sabe qué hacer. No parece nada especial, ¿verdad? Sin embargo, la premisa de El guardián entre el centeno no es más que esa. ¿Y qué hace que El guardián entre el centeno sea especial? La forma de contarlo, el estilo que tiene. El autor consigue meternos en la cabeza de ese adolescente, Holden Caulfield, entender sus miedos, compartir sus dudas de adónde se van los patos cuando el agua del lago se congela. Y eso lo consigue porque escoge las palabras correctas, las expresiones correctas. Lo mismo pasa con muchísimos otras obras maestras, cuyos argumentos no parecen gran cosa, pero que luego resultan ser una maravilla por la manera de contarlo: La señora Dalloway, Cumbres borrascosas, Corazón, El camino
El estilo de un libro se enriquece con el uso de recursos literarios, desde la clásica metáfora («Sus dientes eran perlas», nos enseñaron en el colegio) hasta otros menos fáciles de detectar como la sinestesia o el calambur («Su Majestad es/coja», dijo el pillo de Quevedo). Pero ¡ojo!: no hay que confundir lenguaje plagado de recursos con lenguaje bello. No por usar tropecientas metáforas una novela es mejor. La dificultad y la maestría están en saber usar la cantidad justa, el recurso adecuado para el momento adecuado, el tono en consonancia con la historia y el narrador. Y esto suena mucho a teoría literaria, a lo que nos mandan estudiar obligatoriamente, y muchos lectores aficionados pensarán que los recursos solo se usan en los clásicos. Error.
Los recursos literarios se usan constantemente, incluso en la lengua hablada: «¡Uy, que me mato!» (hipérbole); «O sea, ¿hola?» (pregunta retórica); «Eso es una mentira como la copa de un pino» (símil o comparación)… y eso no suena a tocho del siglo de Cervantes, ¿verdad? También es un error común pensar que los únicos recursos literarios son los semánticos, como los que he mencionado. Cambiar el orden de las palabras en una frase, enumerar cualidades de algo, repetir la estructura sintáctica de una oración varias veces, o la primera palabra… suena complejo al definirlos, pero nada más alejado de la realidad. La literatura exige el uso de recursos, de jugar con el lenguaje para conseguir que el lector sienta esto o aquello, se interese por otra cosa, quede sobrecogido por un paisaje o se encariñe con un personaje. Y luego, aparte de recursos, un vocabulario correcto y coherente, un uso adecuado de los tiempos verbales, de locuciones, de expresiones; además, por supuesto, de una correcta puntuación, ortografía, y demás exigencias gramaticales de las que ya he hablado.

Pues en varios libros de literatura juvenil actual la calidad literaria brilla por su ausencia. Obviamente, no solamente pasa con la juvenil, pero ese era el tema por el cual he escrito todo esto, y por eso la nombro. Como veis, no, no se trata de que un libro tenga que ser denso, con un vocabulario de hace quinientos años o que los personajes hablen como si estuvieran leyendo el diccionario de la RAE. Se trata de que no se cometan aberraciones como errores sintagmáticos copiados del inglés, comas fuera de lugar, diálogos que nunca se darían en la vida real. Se trata de que una descripción sea fluida y sugerente, no un salchichero: «Había árboles y hierba. La casa tenía dos ventanas. Era muy bonito». Se trata de tener el suficiente vocabulario como para no estar repitiendo constantemente los mismos adjetivos, las mismas expresiones, los mismos verbos; y a la vez no intentar ser pseudoerudito usando veinte formas diferentes que puedan sustituir al «dijo» en un diálogo y que no vienen a cuento. Se trata de saber combinar bien descripciones y diálogos, no enrollarse con ninguno de los dos. Se trata de que haya coherencia, y que un personaje noble del medievo no hable como un adolescente del siglo XXI. Cosas que parecen muy obvias si se dicen así, pero que luego salen en cientos de libros.
Por eso decir que un libro está bien o mal escrito no es cuestión de opinión. Es una actitud infantil e ignorante lanzarse sobre una persona que critica una historia alegando que a ti te «llegó al corazón». Una historia puede tener una trama interesante, pero estar horriblemente escrita. Y eso pasa a menudo, es bastante común. Y no pasa nada si gustan: ¡el gusto es subjetivo!


Ya para terminar, me dirijo especialmente a vosotros, lectores jóvenes que leéis juvenil, y casi nada más que juvenil. Hay que intentar ser objetivo. Criticar un libro no es lo mismo que insultar al autor o a la obra. Criticar (constructivamente, se entiende) no es más que analizar algo de forma objetiva, entre otros el lenguaje, y decir sus aciertos y sus fallos. Es normal que, si no habéis leído mucho o variado, aún no sepáis distinguir un lenguaje bueno de uno malo. Pero se aprende, y no hace falta ser catedrático para ello. Se aprende empezando a leer cosas buenas, que no solo «enganchen», sino que tengan una calidad literaria admirable. Se aprende analizando un párrafo y pensando en cómo el escritor ha dicho lo que ha dicho, y si lo dice bien o le falta algo. Se aprende comparando algo bueno con algo no tan bueno, y dándose cuenta de los errores que tiene el libro malo. Y así, poco a poco, vosotros mismos os daréis cuenta de qué libro está escrito de una manera bella, adecuada con lo que cuenta, que mejora la historia y hace que os guste no solo esta, sino también la forma de contarla. Y, por supuesto, os podrán seguir gustando los libros mal escritos, pero podréis ver que, efectivamente, están mal escritos. Y cuanto más objetivos os volváis, más mejorará vuestro gusto, y os empezarán a gustar las cosas que son buenas. Os lo digo por propia experiencia, y eso que a mí aún me queda un larguísimo camino para poder ser crítica literaria.

(A lo mejor uno de estos días colgaré una entrada con ejemplos de mis párrafos o fragmentos favoritos de novelas donde destaque especialmente el lenguaje del autor. Por si os interesa.)

1 comentario:

  1. ¡ME INTERESA! Y te juro que la entrada a la que enlazas y esta son las MEJORES QUE HE LEÍDO EN MI VIDA. Ojalá hubiese podido tener el tiempo suficiente para poder enseñarles o leerles tu análisis a los adolescentes con los que estuve. Te juro que ojalá estuvieses enseñando y transmitiendo esto a escala NACIONAL. Es muy necesario el análisis y la reflexión que haces.

    Mil gracias por escribir todo lo que escribes, y por currarte tanto las entradas. Da gusto.

    ¡Un abrazo enorme! <3

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