domingo, 28 de agosto de 2016

Sobre qué es la literatura juvenil y qué pasa con ella hoy en día.

Antes de nada, os pido respeto en los comentarios u opiniones que queráis hacer, y os invito a que reflexionéis sobre lo que hablo.

Mi propósito: pretendo definir la literatura juvenil, explicar en qué sentido es un género y en qué sentido no; explicar eso del «público» al que va dirigida, las características que suele tener, etcétera. Y por último, y lo más importante, quiero tratar la recepción de los lectores, el porqué de esa opinión opuesta (no vale nada / es genial), dando mi opinión al respecto.

¿Qué es la literatura juvenil? Hay varias maneras de definirla. Creo que la más general es esta: la literatura juvenil se compone de libros cuyos lectores suelen ser jóvenes. No el público para el que fueron escritos, sino quién los lee. Una vez dicho esto, podemos añadir más cosas, por supuesto. En efecto, parte de la literatura que se clasifica como juvenil está escrita con la intención de agradar o atraer a lectores que no lleguen a los 25 años de edad (aprox), al igual que muchas novelas de misterio se escriben pensando en un público al que le gustan los misterios. Lógico, ¿no? Pero es importante no confundir la intención del autor con la realidad de los compradores. Por ejemplo, J.R.R. Tolkien publicó El hobbit como una novela dirigida a jóvenes y niños, pero a menudo en las librerías no la vemos en esa sección, sino en la narrativa a secas. ¿Por qué? Porque resulta que muchos adultos también disfrutan con ella.

Con esto quiero explicar, como lectora y estudiante de literatura, que el hecho de clasificar (por temática, generalmente) no define la obra. Obviamente, las separaciones son útiles e incluso necesarias. Podemos imaginarnos de qué trata una novela que esté en la sección de romántica, cuál será la trama principal o qué les pasará a los personajes. El error está en dar por supuesto esa división y prejuzgar —que no juzgar— en base a ella. A cuántas personas habré visto pasar de largo de la sección «Biografías» (es un ejemplo) porque creen que nada de lo que habrá allí les interese. Es peor, sin embargo, pasar de largo no porque no guste, sino porque no se crea que sea bueno, nada de ello. Los adultos suelen hacer eso con la literatura infantil y juvenil, por supuesto, pero muchos también con la fantasía o la romántica («cosas de niños», «infantilismo», «eso no es literatura»). Y más de un lector joven no mira la no ficción, la novela negra, la poesía o el teatro, porque «menudo tostón». Pues, señores, esto es un gran error. No solamente porque muchísimos libros abarcan más de un tema —Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro, puede ser ciencia ficción y romántica; el Libro de Apolonio es poesía, clásico y aventuras; La bibliotecaria de Auschwitz puede estar en biografía, novela histórica, literatura juvenil o narrativa por las buenas—, sino porque, sí, solo fijarnos en una sección nos limita y nos deja la mente cuadrada y cerrada.
Con esto no estoy diciendo que esté mal tener un género favorito, o mirar más en una sección de la librería que en otra. Es normal y necesario tener gustos; el problema es cuando mezclamos gusto y criterio. Ahí quiero llegar yo.

Espero que con esto quede claro que las clasificaciones son prácticas y útiles, pero no cerradas. No hay seguirlas ciegamente, porque acabaremos siendo borreguitos.
¿Qué pasa entonces con la literatura juvenil? Pasa que no es un género en el sentido estricto de la palabra. Es una forma de clasificar diferente a la que usamos para clasificar los demás libros (hablo de la mayoría de bibliotecas y librerías), porque no clasificamos por temática o por género literario, sino por público. Hasta cierto punto es fácil etiquetar una novela de juvenil y crear una sección especial para ella. No obstante, al crearse dicha sección, se está ignorando el resto de ingredientes que esos libros tienen. En muchas librerías se separa la narrativa extranjera de la nacional, o la romántica de la de misterio. Pero en la sección de juvenil nos podemos encontrar libros traducidos y sin traducir, románticos, de misterio, de fantasía, contemporáneos, históricos y mil cosas más. Luego ¿quién decide que una novela es juvenil? ¿Y siguiendo qué criterio? ¿Según la bibliografía del autor, su intención al escribir, la decisión de la editorial cuando empieza el trabajo de mercadotecnia o la verdadera recepción de los lectores? Algunos de esos criterios me parecen insuficientes, y, a menudo, erróneos.

Ahora voy a entrar de lleno en el problema; el problema de cuál es realmente el contenido de la sección juvenil en una librería, y de por qué recibe críticas opuestas.
Digamos que en los últimos quince años, más o menos desde que comenzó este siglo XXI, la literatura juvenil en España (y también en el resto del mundo, en mayor o menor medida) ha vivido un resurgimiento impresionante. Quizá fue Harry Potter; quizá la casualidad de que publicaran varios autores que impactaron a la gente joven. Y a la vez se difundió el uso de Internet, una auténtica bomba en cuanto a comunicación y consumo masivo. El resultado de todo esto ha sido un contagio enorme de la lectura, y especialmente en las personas que más usamos Internet: los jóvenes. Los últimos años se publica muchísima literatura juvenil. Las colas en las ferias del libro son gigantescas. Eso de «los jóvenes no leen» está cayendo en desuso. Sin embargo, ahora la afirmación se va convirtiendo en otra, también peyorativa: «Los jóvenes no leen libros de calidad». ¿Es eso cierto? ¿Por qué se dice? ¿Quién lo dice?

Y aquí va mi opinión, que, efectivamente, solamente es una opinión, pero está argumentada y meditada: sí, hasta cierto punto es verdad. (BUM, explotó la bomba atómica).
¿Por qué lo digo?
Todavía me considero joven, por suerte. Y además de ser joven, leo literatura juvenil, entre otros. Compro libros juveniles, los leo, veo vídeos de gente que habla ellos y los disfruto. Y lo que yo veo es que, en la literatura juvenil, hay tendencias que se repiten una y otra vez, hasta que se convierten en clichés. Esto es algo que también han sufrido muchos otros géneros: la ciencia-ficción fue menospreciada por no tener un lenguaje verdaderamente literario y de calidad, la fantasía sufrió por parecer infantil e inverosímil, la novela negra por tener argumentos y personajes esquemáticos y previsibles. Pues la literatura juvenil igual: muchos de los libros juveniles que se publican tienen un estilo pobre, personajes planos como una tabla, tramas sin el menor relieve, clichés por aquí, clichés por allá. Esto no depende de si te gusta o no, de si eres adulto, joven o niño. Seamos objetivos, por favor: cuando una novela está mal escrita, está mal escrita, y punto. Cuando los personajes son estereotipos andantes, no depende de lo que «crea» el lector. Repito: no hay que confundir criterio con gusto. A cualquiera nos puede gustar cualquier libro, porque el gusto es subjetivo. El criterio, no. Y esto es extrapolable a cualquier ámbito del arte. Las amistades peligrosas me parece uno de los libros más aburridos que he leído en mi vida. Y sin embargo, es una obra de arte indiscutible: por los personajes, por el lenguaje, por la trama. Así con miles de cosas.
Lo que quiero decir, que me voy por las ramas, es que esa creencia de que la literatura juvenil no es literatura es una generalización incorrecta, pero que se basa en algo verídico; si no, no habría tanta gente (formada) que estuviera de acuerdo. No quiero empezar a nombrar, pero haced un recuento de cuántas novelas juveniles tienen los siguientes ingredientes: protagonista femenina, joven (de 16-18 años), que narra en primera persona, algo insegura o tímida, con una vida relativamente normal; algo en esa rutina se le trunca por X motivo y pasa una de estas dos cosas, o las dos:
a) se convierte en una rebelde heroína sin quererlo, o
b) conoce a un chico misterioso, atractivo, con un pasado oscuro o secreto, que al principio pasa de ella o la trata mal pero luego es sensible y profundo y se enamora.
Podría enumerar fácilmente quince libros así. Y, si no se os ocurre ninguno, preguntadme.

«¡Pero no todos los libros juveniles son así!»; por supuesto que no. Si fuera así siempre, yo no leería literatura juvenil, no disfrutaría con ella, no vería vídeos de Booktube y no estaría hablando de esto en mi blog. Porque, como he dicho antes, tendemos a meter todo en un mismo saco, mientras que no deberíamos. Pero sí es cierto que —probablemente debido a que venden como churros— muchas novelas que se publican como juveniles son mediocres. Ya sea calidad literaria (una de las cosas que yo más noto), evolución y profundidad de personajes (que también se echa de menos), originalidad en la trama… ¿Y por qué vende lo malo, entonces? Eso es un tema interesante también, pero no hablaré de ello hoy. Solo diré: consumismo y entretenimiento.
No obstante, en la literatura juvenil también se publican joyas, o libros decentes simplemente, ni mejores ni peores que otros, pero que, como son juveniles, no son valorados por el público «adulto». Pues eso también está mal, y me dirijo a todos esos que miran por encima del hombro a alguien que lea a J.K. Rowling o a Laura Gallego García. Despreciar a alguien por lo que lee nunca está bien, aunque lea libros que no merecen ser publicados. Pero despreciar a alguien que lee literatura juvenil argumentando que toda la literatura juvenil es mala es casi peor: demuestra una falta de objetividad grave. Y lo mismo al revés: llamar «purista» a alguien que lea clásicos y hable o escriba sobre ellos en el blog. ¿Hola? Porque los hay, eh, no me lo estoy inventando (de hecho, podéis preguntárselo a María, de Los libros de María Antonieta). Los clásicos son libros eternos, que han conseguido superar cualquier bache que provoca el tiempo y las costumbres. Si no te gusta leer clásicos, allá tú (aunque «clásico» tampoco es un género como tal; la diferencia entre El guardián entre el centeno y Oliver Twist es abrumadora); pero es innegable que hay libros buenos y libros malos, si bien la línea divisoria no está clara. Si niegas la maestría del Quijote no solo hablas como un perfecto paleto, es que además estás mintiendo, simplemente.

En conclusión, todo esto se puede resumir (y lo repito por tercera vez) en un simple: no hay que confundir criterio con gusto. ¿Que te gusta la literatura juvenil? Genial, a mí también. ¿Que todo te encanta? Perfecto, pero no porque te guste va a ser bueno. ¿Que te parece que hay muchos bodrios en la literatura juvenil? Pues quizá, pero no generalices. Hay que ser observador, informarse antes de juzgar, y sobre todo no ser hipócrita ni prepotente. A todos nos gusta alguna cosa malucha, no pasa nada. Y si solo te gusta leer a Murakami o a Joyce, enhorabuena, pero no por ello eres mejor lector que aquellos que disfrutan también de Cornelia Funke o Tonke Dragt.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Alba

Le pesaba; le pesaba tanto que no estaba segura de si iba a ser capaz de aguantarlo mucho tiempo.
Y le dolía; le dolía mucho, como un rasguido en su corazón, como una herida abierta.
Pero tenía que hacerlo.
—No… no lo entiendo.
La voz de él sonó cálida, triste, desconcertada. Alzó la mirada y se sorprendió al leer en sus ojos lo mismo que sentía ella en ese momento. Parpadeó y notó las mejillas mojadas.
—Lo siento. Lo siento —fue lo único que pudo decir.
—¿Pero he hecho algo? ¿Ha pasado algo? No lo entiendo. ¿Por qué…?
Suspiró. Contuvo un sollozo. Suspiró otra vez.
—No. Tú no has hecho nada. No tienes la culpa de nada. Soy yo; soy sólo yo.
Sus cejas negras de él se fruncieron.
—¿Qué te pasa, cariño? ¿Ocurre algo?
Mientras lo decía, deslizó las yemas de los dedos por sus mejillas, y bajó el brazo hasta sostener su mano entre las suyas.
Pero ella, con delicadeza pero firme, se soltó.
—Ya te lo he dicho. Lo siento, pero tengo que hacerlo —con un esfuerzo sobrehumano, alzó la cabeza y clavó sus ojos vidriosos en él de nuevo—. Es lo mejor para los dos. Pero, sobre todo, para mí.
Le dio un rápido beso en la mejilla, lo miró una vez más, guardando en su memoria cada uno de sus rasgos al milímetro, esas cejas, esos ojos, esa nariz, esos labios, para que luego pudiera dibujarlo en sus sueños y en sus recuerdos. Le esbozó media sonrisa, cargada de significado. Entonces dio media vuelta y empezó a caminar. Él no la siguió.

Los primeros pasos fueron los más difíciles. No pudo contener el llanto, aunque lo intentó, y las lágrimas trazaron surcos brillantes en sus mejillas sonrosadas, cayeron al suelo, se confundieron con la tierra oscura y la hierba renacida. Al cabo de un minuto, se paró y se dobló, agarrándose por la cintura, como si el dolor se hiciera físico. Pero no se dio la vuelta. No; debía hacerlo. Aunque doliera. Aunque doliera más que nunca. Debía hacerlo.
Se irguió, parpadeó. La campiña se vio sacudida por un viento helado. Insufló ese aire y agradeció el frío que se coló por su garganta. Se quitó las lágrimas con las manos en un gesto certero, y reanudó la marcha. Se cogió las faldas para acelerar el paso. Su bota izquierda pisó un charco, pero no le dio importancia. La mirada al frente, no podía dejar de mirar al frente. Era lo único que le quedaba, pero también lo mejor. Si se hubiese quedado, habría estado satisfecha, pero no feliz. Si se hubiese quedado, habría sonreído fácilmente, pero no mucho tiempo.
El siguiente sollozo se mezcló con una carcajada. Las lágrimas se mezclaron con una sonrisa cargada de esperanza. El futuro se mezcló con el presente. El dolor parecía quedar cada vez más atrás, paso a paso, igual que la sensación de andar perdida; porque no estaba perdida, se recordó, sino todo lo contrario. Había escogido ese camino para encontrarse a sí misma.
Algo dejó de pesarle en el alma, y esta se volvió ligera como un colibrí para sobrevolar ese campo húmedo y frío. Y el sol, que apareció en el horizonte lentamente, le trajo calor, luz y libertad.


Laura TvdB, 24 de agosto de 2016.