domingo, 3 de abril de 2016

Recomendación literaria: "Entre tonos de gris".

Este año estoy leyendo mucho, al menos para lo que suelo leer yo. Hace apenas unos días acabé Las sirenas de Bagdad, de Yasmina Khadra, que me cautivó por su crudo realismo y su lenguaje. Pero el 1 de abril compré un libro recomendado por un chico de Youtube (Carlos, de La cueva de Charles) que me llamó la atención. Lo compré sobre las 14:00, lo empecé a leer sobre las 19:00. A la mañana siguiente, ya lo había terminado. Y ha sido tal impacto, una lectura tan especial y emotiva, que necesitaba hacer esta recomendación. Así que allá voy.

Título: Entre tonos de gris
Título original: Between shades of gray
Autora: Ruta Sepetys
Editorial: Ediciones Maeva
Género: dramático, histórico-biográfico

No sé muy bien por dónde empezar. Quizá lo mejor sea explicar un poco de qué va. La historia trata de Lina Vilkas, una joven lituana de 15 años cuya plácida vida se ve truncada en 1941 porque la policía secreta soviética entra violentamente en su casa y se la llevan, junto con su madre y su hermano, a trabajar en campos forzados de Siberia. Su padre, por otro lado, también ha sido capturado y no saben dónde está; Lina intentará, por medio de cartas, de sus dibujos y del mano a mano, contactar con él.

Podría decirse que este es un libro al estilo de las novelas-biografías del Holocausto nazi (tema del cual he leído unos cuantos libros: Si esto es un hombre, La bibliotecaria de Auschwitz, El violinista de Mauthausen... por decir algunos), pero del lado contrario, o sea, de la URSS en vez de la Alemania de Hitler. Y me ha parecido interesantísimo, porque del Holocausto hay un conocimiento y un interés general grande, se sabe lo que pasó, se es consciente del horror, pero ¿de Stalin? Siempre me ha indignado que de Stalin no se hable tanto, no se escriba tanto, no se sepa tanto. Me da rabia que casi nadie sepa que más de veinte millones de personas murieron por su culpa. Veinte millones, ojo, que se dice rápido. Bien; pues Entre tonos de gris retrata perfectamente ese horror desconocido, el horror de los gulag.

Lo acontecido a Lina y a su familia es espantoso, así que la historia no es un campo de margaritas, precisamente. La autora no se ensaña en lo desagradable, pero inevitablemente se habla de ello: del hambre, del frío siberiano y polar, del abuso, de los malos tratos, de los chivatazos, de las enfermedades, de la miseria. Tal vez no gaseaban a los prisioneros, pero sí los mandaban trabajar más de doce horas al día, dándoles de comer trescientos gramos de pan al día; o les pegaban un tiro en cuanto dejaran de ser útiles. Lina tiene que vivir situaciones horribles, y ver lo mejor y lo peor del ser humano. Y dentro de ese horror conoce también la generosidad, el cariño... sé que suena trillado, pero os aseguro que, a pesar de ser un tema conocido y tratado muchas veces, esta historia es distinta.

Una de las razones de ello son los personajes. No solo se retrata a la perfección a la protagonista, Lina, con sus virtudes y sus defectos, sus altibajos, su pasión por la pintura y el arte, su obsesión por encontrar a su padre; también se conoce a su hermano, Jonas, de diez años, y a su madre, Elena, cuya fortaleza es realmente admirable. Por otro lado, el personaje de Andrius me enamoró. No es perfecto ni de lejos, pero justo por eso le aporta realismo a la historia. Su relación con Lina y con Jonas está bien construida, aunque sí que he echado de menos un poco más de profundidad, que la autora les dedicara un poco más de tiempo juntos. Solamente encuentro una palabra para describirlos, y es realismo: la trama puede sonar tópica, pero el resto no lo es, y menos aún la relación entre los personajes, sus conversaciones, sus sentimientos y emociones.
Me ha gustado también cómo se ha retratado a los guardias soviéticos: solemos tener la imagen de unos psicópatas insensibles y maniáticos, y, aunque sí los había así, otros tenían sus propias dudas y remordimientos. Ha sido todo un acierto caracterizar con pinceladas a Kretszky, el guardia que siempre vigila a Lina, y descubrir que hay que rascar un poco la superficie para conocer la verdad. Por supuesto, luego están los otros, que sí son malos malísimos, pero bueno, es un hecho que en la vida real, desgraciadamente, ese tipo de personas existieron (y existen).
Los personajes secundarios también están correctamente caracterizados, cada uno con apenas un par de descripciones, y solo con eso ya se sabe cómo son. Lo que tienen es que no son blancos ni negros, son grises (que le viene al pelo a la novela, jajaj-... vale, ya paro): el calvo, la madre de Andrius, Ulyushka... brillantes.
No hay que perder de vista que todo ello se narra desde los ojos de Lina, puesto que la historia está contada en primera persona. Ruta Sepetys no se olvida de ello y no explica nada más que lo que ve ella, desde su visión subjetiva de las cosas; de ahí que, a lo largo de la historia, se vaya descubriendo que no todo lo que dice es cierto, especialmente al juzgar a las personas.

Por último, la estructura y el lenguaje. La novela sigue un desarrollo cronológico, interrumpido de vez en cuando con retrospecciones acertadas. Si bien al principio no entendí bien por qué la autora las había incluido, consigue dar un contrapunto alegre a la historia tan triste, de forma que el lector conoce mejor a Lina, a la Lina de antes de la deportación, y también a sus padres y a los motivos por los que se los han llevado. En ese sentido, resulta admirable que el lector consiga conocer al padre de ella, Kostas Vilkas, solo por lo que se nos cuenta en esas breves escenas; además, no las mete con calzador, sino que son flechazos que recuerda Lina al vivir cierta situación.

El lenguaje es sencillo, claro, como lo sería de una joven, sin llegar a ser infantil. Lo bonito son las imágenes que consigue crear con palabras normales, las sensaciones que transmite con "humildad literaria" (por decirlo de alguna manera). Sin pararse en descripciones aburridas o recuerdos demasiado largos, la historia es completísima: se conoce lo que sufrían trabajando, lo que hacían para mantenerse vivos y sentirse personas; se conoce la psicología de la protagonista y su personalidad; se conoce la actitud de otros sin que se salga de la visión de la narradora.

Para terminar, quiero decir que este libro me ha emocionado como pocos otros. Si bien yo soy de lágrima fácil, hacía mucho que no lloraba (lloraba de verdad) mientras leía. Como he dicho en mi reseña de Goodreads (en inglés), me ha roto el corazón y me lo ha reconstruido de forma maravillosa. Pero no es una novela deprimente, y eso es lo que yo encuentro admirable. Como se dice hacia el final, entre tantos tonos de gris se vislumbra una línea dorada en el horizonte, y hay que aferrarse a ella en los momentos malos. Voy a compararla con La bibliotecaria de Auschwitz (pincha aquí para leer la recomendación que hice), con la que tiene varios puntos en común; pero Entre tonos de gris supera esos defectos de redundancia y lentitud que tenía aquella. Sé que es pronto para decirlo, pero se ha convertido en uno de mis libros favoritos de todos los tiempos. Os la recomiendo a todos: no es una novela juvenil, ni infantil, ni adulta. Vale para todo el mundo.