domingo, 27 de enero de 2013

Nieve.

Buenas noches, buenas noches. Quería ir colgando más cosas, pero creo que no voy a subir nada más de esa novela (los relatos de Miedo y valor) porque destriparía mucho y además no la estoy escribiendo aún.
Pero acabo de escribir un relato muy invernal. Invernal y parisino. Digamos que me han "inspirado" varias cosas: el poema De invierno, de Rubén Darío; el personaje de Ann Darrow de la película King Kong de 2005 (interpretado por Naomi Watts; el gorro que tiene la chica del relato es como el que tiene Ann Darrow al principio de la peli); ese París bohemio, romántico y friolero, y creo que ya.
Está ambientado en París en los años 20 o así.
Espero de todo corazón que lo disfrutéis y que opinéis. Y que lo leáis, claro, porque si no, nada. x)


Nieve

Se envolvió aún más en la manta de lana. Miró a su alrededor, sintiendo frío, pero, sobre todo, soledad.
Ojalá tuviera una chimenea con la que calentarse. Ojalá ese ambiente invernal de París fuese romántico, acogedor, sonriente. Pero no lo era.
No sentía los pies del frío que tenía. La manta sí servía de aislante, pero de todos modos apenas tenía ropa debajo. Miró por la ventana de su cochambroso piso. Unas vistas espléndidas a la ciudad más agitada de Europa era lo único valioso que poseía en aquel momento. La torre Eiffel se alzaba a su derecha, rodeada de luces y estrellas. Apoyó la mano sobre el cristal, que estaba casi congelado. La calle vivía a sus pies, la gente paseando y riendo, cenando algo caliente, envuelta en abrigos de piel y gorros y bufandas. Ignoraban las bajas temperaturas, pidiendo un chocolate caliente. La nieve caía lentamente en copos pequeños y desordenados, agitados por el viento. Las casas estaban cubiertas por una leve capa de blanco, al igual que las calles.
La bocina de un coche le hizo despertar de su trance. Apretó los dientes, al verse tan cerca de ese ambiente y a la vez tan lejos. Al querer cogerlo y viéndolo escapar de entre sus dedos como arena de la playa.
Tragó saliva.
Se dio la vuelta y observó su propio mundo: un piso de apenas unos veinte metros cuadrados. Sucio, descuidado, desordenado. El parqué astillado crujía a su paso.
Suspiró profundamente, sintiéndose encerrada en esa cárcel. Cogió el gorro que encontró una vez en el suelo de la calle, un gorro sofisticado y bonito que se le habría caído a alguna mujer de alta sociedad. Se lo puso, sintiéndose elegante y ridícula.
Abrió la puerta del piso, cogiendo la oxidada llave que reposaba en la mesilla. Cerró tras de sí, oyendo el silencio que reinaba en el edificio.
Bajó los escalones con lentitud, sin saber bien lo que hacía. Abrió el portal y una helada ráfaga de aire le dio las buenas noches. Dio un paso hacia delante. Sus pies descalzos pisaron la nieve, y sintió punzadas de frío, pero no se inmutó. Miró a ambos lados de la calle.
Las  personas que pasaban la miraban con extrañeza. La extraña combinación del gorro con la manta y sus pies descalzos llamaba la atención. Se arrebujó un poco más en ella, notando cómo se colaba la frialdad en su cuerpo, calándolo y enfriándolo más, si cabía.
Dio un par de pasos y siguió mirándolo todo como por primera vez. Se dejó caer al suelo, doblando las rodillas. Sus piernas casi desnudas (la falda harapienta le llegaba por la rodilla) tocaron la nieve pisoteada.
Parpadeó para quitar los copos de sus pestañas. Se sorbió la nariz, mordiéndose el labio. Sus ojos le escocían y dejaron escapar lágrimas silenciosas que cayeron al suelo, fundiendo la nieve y el hielo. Le dieron ganas de tumbarse allí y dejarse morir. Sería más rápido y más bonito que seguir aguantando en el piso una o dos semanas más, hasta morirse de inanición, ya que su compañía de teatro había quebrado hacía más de un mes y no le quedaba dinero para nada.
Sintió el aliento gélido de la brisa, y los pasos de los viandantes que la ignoraban, y los coches pasando entre traqueteos, y el olor a bollos de crema y croissants, y el sabor del chocolate caliente, y el invierno de París haciendo felices a unos y matando a otros…

Laura TvdB, 27 de enero de 2013.

1 comentario:

  1. Wowowowow. Me ha encantado. Los años 20 es una de mis épocas favoritas de la historia, el invierno mi estación favorita y... bueno, ya sabes lo que me fascinan Francia, París y los franchutes. Éste es uno de esos relatos que, a medida que los estás leyendo, te imaginas allí, helada de frío, hundiendo los pies en la nieve, oliendo los croissants sin poder tocarlos... El contraste entre el lujo y belleza parisinos con la pobreza de esa pobre muchacha es demoledora, y sin embargo, real. La cara que nunca nos enseñan de París. Un relato magnífico, Laura. ¡Un beso!

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