domingo, 17 de junio de 2012

El domador.

Lectores, ¡he vuelto! Bueno, no del todo, porque aún me falta bastante inspiración; pero bueno, he escrito un relato que, aunque no me termina de convencer (no sé si porque de verdad es malo o porque estoy muy estricta conmigo misma últimamente), lo voy a colgar, porque actualizo muy poco el blog y me da pena. T.T
Pero bueno, el caso es que el relato tiene un ligero parecido con un fragmento de la novela El guardián entre el centeno, libro que yo no conocía pero es bastante famoso. No me lo he leído, pero tuve que analizar ese fragmento en clase de lengua y me gustó mucho. En fin, que no me enrollo más. Bueno, sí: me gustaría escribir más cosas y colgarlas, y perdonadme porque no haya sido así en los últimos dos meses. Total, que espero que os guste.
Dedicatoria:
Para Andrea, porque le gustan los gatos. ¿O no le gustan? No sé. Pero es para ella.

El domador

Cogió la llave e, inspirando hondo, la introdujo en la ranura. Se oyó un suave chirrido y el gemido de la puerta al abrirse.
El gato se coló por la rendija de la puerta y se deslizó entre sus piernas. Miguel sonrió, se agachó y le acarició el pelaje anaranjado.
--¿Qué tal, señor Bigotes?--contuvo una carcajada; siempre que decía su nombre, le entraba la risa--. Igual de gordo, por lo que veo. Como no adelgaces unos kilos, algún día no cabrás por la puerta.
El felino alzó la cabeza y lo miró con sus ojos amarillos. Miguel creyó detectar en ellos un desprecio corrosivo. No era de extrañar; cuando el señor Bigotes fue adoptado por su hermana pequeña, su primera reacción fue pegarle una patada y pedir a su madre si podía ahogarlo en la taza del váter. El señor Bigotes nunca se lo había perdonado; como castigo, lo despreciaba y lo molestaba con su gatuna indiferencia.

Miguel se separó del gato y, armándose de un valor que en realidad no sentía, entró en la casa. El silencio era sepulcral.
Dejó la puerta abierta para que entrara el animal, pero éste se quedó sentado en el felpudo, lamiéndose la pata. El chico miró el recibidor silencioso y se dirigió hacia la habitación de su hermana. La casa aún dormía en esa mañana del viernes 10 de octubre, a las siete menos diez de la mañana. Miguel añoró esos años en los que se despertaba tarde, su madre lo regañaba por dormir más de lo debido y tragaba su desayuno para no llegar demasiado tarde al colegio.

Giró el picaporte con suavidad y entró. Cerró tras de sí y se acercó a la cama. Su hermana tenía los ojos abiertos. La había despertado.
--No me has despertado--susurró ella, leyéndole el pensamiento--. He soñado que volvías.
--Eres adivina--murmuró--. El señor Bigotes también lo presentía y ya me ha saludado. Está muy gordo.
Los ojos de su hermana brillaron con cierta tristeza.
--¿No me vas a decir hola?--preguntó, con una vocecilla de hada.
Sonrió.
--Hola.
--Hola.
Por fin, Andrea sonrió también. Miguel la abrazó con fuerza.
--Te he echado mucho de menos, Miguel. ¿Por qué has vuelto?
Él suspiró.
--Por muchas razones.
--¿Qué razones? Miguel, papá ha pagado mucho para que vayas a esa universidad.
--Ya, ya lo sé.
--Y se va a enfadar... y mamá se pondrá triste. ¿Y qué vas a hacer tú, Miguel?
--¡Esa universidad era un fastidio, Andrea! No sabes cómo era. Qué horror. Además, no me gusta la carrera de Derecho.
--Bueno, pero tenemos que hacer también las cosas que no nos gustan, Miguel...
--En el caso de una carrera universitaria, no, Andrea. No lo entiendes. Aún eres muy pequeña.
--Eso lo dices siempre que no te quedan excusas.
Siempre le había llamado la atención la facilidad con la que su hermana le hacía irritar.
--Pues no. No quiero ser abogado ni juez ni nada de eso.
--Entonces ¿qué quieres ser? ¿Nada? ¡Eres un soso!
--Sí que quiero hacer muchas cosas.
--¿Por ejemplo?
La mirada de Miguel se perdió por la habitación, mirándolo todo y nada a la vez.
--Me gustaría ser domador.
Andrea contuvo una carcajada.
--¿Domador?
Pero vio la expresión seria y segura de su hermano y se le borró la risa.
--Domador de felinos, en un circo. Tener el látigo en alto, pero sin utilizarlo. Mandar a los leones a que se comporten como perros mansos. Acariciar su melena sin que me rebanen la cabeza.
Reinó un silencio. Andrea casi lo pudo masticar, de lo denso que era. Finalmente dijo:
--Pues si quieres ser domador, empieza amaestrando al señor Bigotes.
Miguel la miró, sorprendido. Pero su hermana, con apenas ocho años, sonreía dulcemente, encendiendo la llama de la esperanza en su corazón.

Laura TvdB, 13 de junio de 2012.

5 comentarios:

  1. El relato me ha parecido muy monoso, no se me ocurre otra palabra para describirlo. El gatico es un poco cabritillo, pero es normal. Los gatos suelen serlo. Entiendo a Miguel. Mucha gente empieza a estudiar la carrera de Derecho porque, supuestamente, es una carrera prestigiosa, en la que se gana dinero y tienes sueldo asegurado. Pero después muchos se la dejan porque no les hace felices, no les llena, no es su verdadera vocación. Me gusta eso de que quiera ser domador, es novedoso, es una profesión poco común. En resumen, el relato me ha gustado mucho porque tiene una temática original, con personajes ordinarios pero al mismo tiempo especiales y genuinos. ¡Un beso!

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  2. Coincido prácticamente en todo lo que ha dicho Athenea, sin embargo, tal vez en los diálogos deberías de haber añadido algo. Alguna descripción, u otra cosa, no sé. A pesar de que es una escena tierna, me ha faltado esa chispa descriptiva.

    Espero poder leerte pronto.

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  3. Me ha parecido un relato bastante original con un trasfondo muy interesante, la verdad es que elegir una carrera es bastante difícil si no tienes claro lo que quieres hacer, y más lo es si tus padres se empeñan en meter a sus hijos en una carrera que "tiene futuro", el otro día, cuando fui a hacer la selectividad me fijé en las notas de la carrera de empresariales y me pareció curioso la de gente que sacaba doses y unos. En mi opinión cada uno debe hacer lo que le guste, porque por muchas salidas que tenga una carrera si la haces a disgusto no va a haber ninguna salida para ti. He dicho.

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  4. Me ha gustado mucho cómo has descrito al chico. Todos tenemos dudas a la hora de escoger una carrera u otra y más ahora que cojas lo que cojas la gente siempre te dice que eso no tiene salidas. Como si la carrera que otro ha escogido fuera la mejor y resulta que va petada.
    También me ha gustado mucho Andrea y su forma de razonar, como la de cualquier niño. Sobre todo la frase del final y lo de gatuna indiferencia.

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  5. Me gusta bastante cómo escribes, y el relato también, espero que haya continuación :) Me encanta el nombre de Miguel, por cierto, no podrías haber elegido uno mejor ^^

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