sábado, 28 de abril de 2012

De puntas.

Hola, lectores. Hoy traigo un nuevo relato, y NO es uno cualquiera. Tiene un significado muy especial para mí. No sé si es el mejor, pero para mí, por lo que significó escribirlo e imaginarlo, sí. Espero que dicho sentimiento os impregne también a vosotros. Os voy a pedir muy especialmente que (si os gusta) lo paséis y lo enseñéis a la gente a la que le podría interesar. Os pido, muy en especial, comentarios y opiniones. En esta entrada, en un mensaje privado, en el formspring, me da igual; pero una marca, algo que me haga saber. Gracias por leer este rollo y por leer el relato. De verdad.
El punto de vista está narrado desde un chico.
Quiero dedicar este relato a alguien muy especial:

Para ti. Sé que sabes que va dedicado para ti y sólo para ti, pero quería escribirlo aquí para asegurarlo y hacerlo más palpable. Este relato es tuyo. Gracias por inspirarme.

De puntas


No sabía qué hacía allí yo, la verdad. Había aceptado esa invitación sin titubear, y me arrepentía de mi actitud impulsiva. Podría habérmelo pensado mejor, deducir que aquello no era lo mío e inventarme alguna excusa válida. Pero ella me lo había pedido con tanta insistencia... sus ojillos garzos me habían suplicado, sus zarcillos bailoteando en sus orejas, su sonrisa a la que no me podía resistir. Me había quedado patidifuso como un lelo, y había asentido enérgicamente, sin pensar. Ella había dejado escapar una sonora carcajada y había subido a su casa con su aire de artista, dando saltitos de entusiasmo, su falda vaporosa deslizándose entre el umbral con la suavidad de un soplido de viento.
Y allí había aterrizado yo, en la butaca, entre el murmullo de la  gente, el afine de los instrumentos. El telón rojo con los bordes dorados permanecía cerrado, velando el escenario. Miré quién se sentaba a mi lado. Una anciana me miraba con suspicacia por encima de los cristales de sus gafas. Se preguntaría qué estaba haciendo un joven como yo en un sitio y hora como ésa. Los jóvenes no solían estar allí. Los jóvenes iban de fiesta a discotecas, bebían hasta emborracharse y nunca apreciaban el arte. Sí, sin duda yo destacaba en aquel lugar.
Sonreí con incomodidad a la señora curiosa. Ella me devolvió la sonrisa, a todas luces satisfecha por la buena decisión que había tomado yo al cambiar una noche de fiesta por un espectáculo.

Salió el director, con chaqué y pajarita. Aplausos corteses sustituyeron el murmullo apagado que había reinado antes en la sala. El director hizo una pequeña reverencia y se bajó de nuevo a donde estaba la orquesta. Se hizo un silencio repentino, tan repentino que me daba miedo respirar, por si me miraban escandalizados por mi osadía.
Empezó la música, suave, calmada. No podía ver los instrumentos, ni el director, sólo veía ante mí los palcos rebosantes de gente expectante y el telón rojo fundiéndose en la oscuridad del ambiente. Cerré los ojos un segundo y evoqué la imagen de la presentación, la elegancia en el movimiento de ella, congelado en la fotografía. Había visto esa imagen unas veinte veces, en los libretos, en las paradas de autobús, en el metro. Pero nunca me había llamado la atención.
No, hasta ahora.
La música se intensificó y me sumió en un extraño trance de tranquilidad. Con un rasguido casi imperceptible, las cortinas del telón se deslizaron hacia los lados, dejando ver luces y un escenario. Éste estaba lleno de gente con un vestuario extravagante y vistoso. Las personas se movían; no, las personas se deslizaban por el suelo de linóleo negro.
Ella me había explicado una vez que el suelo no podía ser ni de madera ni de baldosas, que tenía que ser de linóleo con una cámara de aire debajo, para evitar lesiones.
Más de diez chicas empezaron a bailar. Su coordinación era pasmosa. Un, dos, tres. La sinuosidad y la elegancia se podían coger con las manos. Sus movimientos enamoraban al público y a mí también. Al ritmo de la música, creaban arte, saltos, piruetas, movimientos acrobáticos.
Eso no era un espectáculo cualquiera.
Así me quedé yo, mirando, con miedo a pestañear para no interrumpir. Las figuras pasaban, la música pasaba, el tiempo pasaba; y yo seguía allí. Maravillado.
Al terminar el primer acto, el público estalló en sonoros aplausos. Algún silbido. Mis manos lograron moverse y aplaudí a rabiar. Algunas personas suspiraban de alivio al poder descansar la vista y el oído. A mí no se me ocurrió descansar. Mis ojos continuaron clavados en el escenario, el telón cerrado por poco tiempo.
La señora que estaba a mi lado giró su cabeza en mi dirección y me miró con esperanza.
--¿Y bien?--me preguntó.
Desperté del embrujo y la miré. ¿Qué me había parecido?
--Es magnífico--musité. Mi voz parecía rugosa como un pergamino viejo.
--¿Verdad? ¿Y por qué ha venido usted aquí?
No sé cómo supo que no solía acudir a espectáculos. De hecho, nunca había asistido a ninguno.
Respondí con sinceridad.
--Me han invitado.
--¿Ah, sí? ¿Quién? ¿Y dónde está?--miró hacia los lados, pero mi otro lado sólo tenía el pasillo.
Sonreí en mi fuero interno y señalé el escenario.
--¿En serio?--sus ojos se agrandaron. Vi que el telón volvía a abrirse y el público callaba--. ¿Y quién es?
Curvé mis labios en una sonrisa involuntaria. Me sentí orgulloso sin saber por qué.
No le iba a contestar. Aún no.
Un escenario oscuro y lóbrego. Unas muchachas de blanco. La música se volvió mágica, hechizante, real. Una introducción al baile. Notaba la mirada de la mujer clavada en mí. Curiosa. Incrédula. Mantuve el suspense. Más bien porque presentía que podía contestar sin hablar.
Y entonces apareció. Como en un sueño, se deslizó de puntas sobre el escenario, su cuerpo bailando, su figura arrebatadora, su imagen mágica. Su rostro delataba el sentimiento que debía expresar el personaje. Pero vi su mirada posarse sobre el público con una decisión que jamás había visto en ella. Sus pupilas recorrían las filas de butacas sin arruinar su espectáculo ni sus movimientos sublimes, magnéticos y perfectos. Sus ojos me alcanzaron. Sostuve su mirada. Y atisbé una sonrisa en ella que no había esbozado, pero era una sonrisa que tenía dentro, en lo más recóndito de su ser. Se la devolví, pero la mía se transparentó y se hizo física.
Miré un momento a la señora, señalé la figura de ella con orgullo y dije, henchido de fascinación y comprensión:
--Es ella.

Laura TvdB, del 24 al 26 de abril de 2012.

8 comentarios:

  1. El relato poco a poco me fue llevando a las citas que tengo cada año viendo maravillas como la que describiste.
    Muchísimas gracias por hacer que reviva bellos recuerdos.

    ResponderEliminar
  2. Algún día me gustaría ver un espectáculo así.
    Me ha gustado mucho como lo has descrito, enhorabuena por un relato tan bonito.

    Un beso grande (:

    ResponderEliminar
  3. Me ha parecido un relato increible, he sentido que era yo la que estaba sentada en esa butaca.

    ResponderEliminar
  4. Hola, vengo a dejarte mi opinión sincera.

    Al principio del relato me ha costado engancharme. No sé, se me ha hecho un poco pesado. Creo que ha sido porque repetías mucho el conector "y", haciendo que fuera recurrente.

    Cuando has dejado de ponerlo ha sido cuando he podido engancharme de verdad. Enhorabuena por la "segunda" parte del relato, que ha sido la que me ha maravillado.

    Te recomiendo que (si no quieres modificar este relato porque es especial) evites repetir conectores o palabras en adelante.

    Besos.

    ResponderEliminar
  5. Llego un poco tarde a comentar, pero aquí estoy. He leído algunos comentarios que te han dejado y, la verdad sea dicha, no comparto la opinión de Sun. "La primera parte", por llamarla de alguna forma, yo no la encuentro recargada de ninguna manera. De hecho, no cosidero que repitas el nexo "y" con demasiada frecuencia. Y si lo haces, en mi opinión, es para darle más suspense y melodía rítimica a la acción.

    Dicho esto, procedo a dar mi opinión sobre el relato en su conjunto. Me ha enamorado. La verdad es que me ha recordado vagamente a la peli de "Cisne negro", no en el sentido psicótico y oscuro de la peli, sino en la magia del baile, en la luz atrayente que envuelve ese mundo, en la suave armonía de ese bello arte. Sólo pondría una pequeña pega y es que, en el penúltimo párrafo, cuando dices: "henchido de fascinación y comprensión", a mí entender "comprensión" no tiene mucho sentido ahí, o, mejor dicho, no comprendo que comprende el personaje. Te agradecería si me lo comentas en un privado o algo por el estilo. ¡Buen trabajo, damisela!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias por tu opinión. Me alegra que te haya gustado.
      Contesto a tu duda. Tal vez, al no añadir mucho sobre ese tema, no queda claro.
      La chica invitó al chico a verla para que entendiera su entusiasmo al ser bailarina principal. Para que el chico entienda su dedicación.
      Así, al final, cuando él la ve bailar, comprende su esfuerzo y su pasión. Comprende (y comparte) el amor que tiene ella hacia el ballet.

      Eliminar
  6. Buen relato muy bien escrito y desarrollado como siempre fiel a tu estilo personal de no dar muchos detalles para que nosotros podamos ir imaginándolos. Perdona que comente tan tarde como siempre no tengo tiempo para pasarme a visitaros.

    ResponderEliminar
  7. Me gusta mucho cómo escribes, creo que tienes talento, el relato ha sido breve peor me ha encantado, me han dado ganas de saber más. Sigue así :)

    ResponderEliminar

Aquí puedes opinar, criticar o comentar acerca de lo escrito, siempre con respeto y educación hacia mí y hacia otros lectores. No hace falta tener cuenta. Te pido, por favor, que cuides tu expresión escrita.