jueves, 4 de agosto de 2011

Give me a chance to dance with you.

¡Hola! Llego hoy con un nuevo relato (es cortito, tiene 3 páginas). Trata de una historia al revés. Es muy curioso, la verdad, pero me ha gustado mucho escribirlo. Y un personaje es Ángel, el protaonista de Luz y sombra y Fuego y hielo.
En esta historia revelo mi pasión por la música clásica (en concreto los vals), sentimientos importantes como el amor y... bueno, que no me enrollo más. Espero que os guste.


Introducción

Este relato es medio inédito; de hecho, lo he sacado de una canción que compuse hace tiempo (un año y medio, o por allí), al piano, con un tiempo 3/4 (tempo di valse). Se llamaba igual, y trataba de un cuento al revés; la chica era la rana y el chico el príncipe. La canción no la terminé, aunque me gustaba mucho.
Finalmente, decidí escribir un relato basado en la canción.



Princesa de cuento no es aquella que es guapa, ciñe una corona
y lleva un vestido largo y elegante. Princesa es la chica que cierra los ojos
y siente como si de verdad lo es.



Give me a chance to dance with you.

Érase una vez que se era, un reino próspero y rico. Los reyes tenían un hijo, el príncipe heredero. Como cualquier cuento.
Bueno, pues yo era la rana. Sí, justo al revés. Vivía en el lago cerca del castillo, y el príncipe venía a menudo.
Un día, me besó y me convertí en princesa: bonita, perfecta, radiante. Pelo rubio y largo, ojos azules, corona de diamantes ceñida a la cabeza… Como quisiera ser cualquier princesa de cuento. Por fin se había roto el hechizo, o al menos eso creía yo. Pero estaba muy equivocada; sólo podía ser princesa un día. ¡Un día! Después, volvería a ser la rana verde y asquerosa del lago. Debía de aprovechar aquel día al máximo.
Esa noche hubo una fiesta en el castillo. El príncipe tenía que elegir una esposa. Como siempre.
Yo estaba escondida detrás de una columna en la sala de baile. No sabía bailar, ni siquiera me atrevía a hablar; rompería toda la buena impresión que había causado mi aspecto de princesa perfecta. Tenía miedo de que alguien me viera y me dijera: «Eh, tú, yo te he visto antes. Ya me acuerdo: en la charca, pegando botes». Apenas me sostenía sobre los tacones, y el vestido de tul, largo e ideal para bailar no mejoraba la cosa.
Él me había besado esa mañana, pero, por mucho de que pudiera estar enamorado de mí, no saldría a bailar conmigo ni loco. Era un príncipe listo. Se me acercó y me miró, sus ojos escrutándome. Yo pude balbucear:
--Por favor, sácame a bailar.
Porque estaba segura de que con él, podría. Podría bailar un vals perfectamente, podría moverme rápida y elegantemente por el salón del baile. Encima, ya era de noche, y cuando saliera el primer rayo de sol volvería a ser verde. Sólo quería una oportunidad. Para bailar. Sólo una. Sólo una. Quería bailar con él.
--Por favor—repetí--. Dame una oportunidad para bailar contigo. Un vals.
Dudó, pero al final me ofreció su brazo. Sonreí y avancé un paso.
Nunca debería haberlo dado.
Veía cómo los bailarines giraban mientras se deslizaban suavemente por la sala. Cuánto quise ser como ellos.
Pero no; a la primera, mis pies tropezaron y casi me caí encima de él, de mi príncipe. Logré incorporarme, pero me vi incapaz de dar los tres pasos que marcaban la danza. No, jamás sería una princesa. Sólo era una rana, verde, húmeda.
Y la cara del príncipe cuando me caí al suelo me lo aseguró.
Los ojos se me llenaron de lágrimas. Me quité los zapatos y salí corriendo. Salí, mientras oía murmullos de desaprobación. Quería morirme allí mismo, pero el deseo no se me fue concedido.
Llegué al jardín, pisando con mis pies descalzos (todavía de princesita) la fina hierba que crecía entre los árboles. Me apoyé en un manzano, me dejé caer y me eché a llorar. Podría haber sido feliz un día, pero no.
De pronto, oí pisadas. Seguras, marcadas. De un hombre. Me levanté de un salto y vi a un chico más o menos de mi edad (humana, claro está). No más de dieciocho. Sus ojos verdes me miraron con preocupación.
--¿Te has hecho daño?
Me lo quedé mirando, sin comprender, tragándome las lágrimas.
--Antes. En la sala de baile—me miraba con seriedad, no estaba bromeando.
Negué con la cabeza. Otra lágrima surcó mi mejilla. Por lo menos, siendo humana, podía sentir lo que era llorar.
Pero, de pronto, él se acercó y me quitó la lágrima de la cara.
--No sabes bailar, ¿verdad?
Quise retroceder, asustada, pero el me lo impidió. Y su mirada no admitía réplica.
--No—logré decir. ¿Por qué se interesaba por mí?
Entonces me ofreció la mano, quitándose el guante blanco.
--Ven—me dijo--. Yo te enseñaré.
Yo retrocedí otro paso, temblando. Ya sabía lo que quería, dejarme otra vez en ridículo. Me mordí el labio.
--Ven. No te voy a hacer nada.
Al final, me dispuse a ponerme los zapatos.
--No te los pongas—aconsejó--. Estás más guapa sin esas tonterías—y por su tono de voz me pareció que no sólo decía «guapa» en plan físico.
Parpadeé. ¿Más guapa? ¿Más guapa? O sea, ¿que ya era guapa, a pesar de mi torpeza y mi interior, que no dejaba de ser el corazón roto de una ranita?
Pero él deslizó su mano por mi cintura, suavemente, pero con decisión. Me agarró mi mano con la otra.
--Es muy fácil—dijo--. Sólo hay que seguir la música. Tú no te fijes en los pasos. Guíate por la música. Un, dos, tres. Siéntela, y bailarás mejor que ninguna.
Claro que ese argumento no me lo creí. Sólo intentaba consolarme, y eso ya me parecía demasiado. Pero seguía oyendo el vals en un tono más apagado.
--Cierra los ojos. ¿Lo oyes? El vals habla de un río.
--¿Qué?
--Vals del Danubio Azul. Es un río, ¿no lo oyes? Sólo tienes que imaginarte que corre, y tú estás en la orilla. Sólo tienes que dejarte guiar.
Cerré los ojos. Sí, era verdad. Veía el río con toda claridad. Mis pies dieron un paso. Y otro. Y otro más.
--Muy bien, ¿ves?
No, no quería ver; porque lo que vería serían mis pasos torpes, mi cuerpo temblando, y no quería.
La música era difícil de seguir; el ritmo cambiaba y había que adaptarse a él. Yo continuaba con los ojos cerrados.
--¿Cómo te llamas?—me preguntó él de repente.
Abrí los ojos. La magia se había hecho pedazos.
Me di la vuelta, en busca de mis zapatos. No podía quedarme allí.
--¿Pasa algo?
Lo miré, insegura. Lo cierto era que su voz parecía preocupada, y su semblante parecía decepcionado.
--No. Es que, me has recordado que me tengo que ir…
--¿Por qué? Sólo te he preguntado cómo te llamas.
Y otra punzada en el corazón.
Tragué saliva y no me atreví a mirarlo.
--No tengo nombre.
--¿Cómo?
Las lágrimas volvieron a amenazarme con salir.
--¡No tengo nombre! No soy una princesa, no me llamo de ninguna forma. Soy… soy una rana que vive en el lago al lado del castillo, y el príncipe me besó y me convertí en princesa por un día, ¿vale? Has estado desperdiciando tu tiempo por una rana.
Frunció el ceño.
--¿Una rana?—repitió.
Esta vez, las lágrimas parecían cascadas.
Cogí los zapatos y me alejé de allí. No podía ver su cara. Seguramente estaría furioso consigo mismo, pensando por qué se le había ocurrido ayudar a una rana a bailar. Las ranas no hablan. Las ranas no lloran. Las ranas no bailan. Las ranas comen moscas y pegan saltos torpemente mientras nadan en el lago.
Y entonces, oí que decía, por lo bajo:
--Pero tú no eres así.
Me paré en seco y me di la vuelta.
--¿Qué?—pregunté.
Me miró y se acercó.
--Tú no eres una rana.  Puede que exteriormente sí, pero tú no eres una rana. La forma en la que mirabas a los bailarines en la sala. Tu timidez. Tu porte de princesa, aunque no lo seas. Tu agradecimiento al ver que el príncipe accedía a bailar contigo, tu pena y tu desconsuelo después. No eres una rana, nunca lo has sido.
Miré al suelo. No sabía qué pensar ni qué decir.
--Se supone que el hechizo termina con el amanecer, ¿verdad?—me preguntó con suavidad.
Asentí.
--En los cuentos, la princesa besa al sapo porque lo quiere de verdad. Pero el príncipe no te quería. Por eso sólo dura un día.
Curiosamente, no me hundí con sus palabras.
--¿Cómo te gustaría llamarte?
Miré la flor que tenía a mi lado, pensando.
--Lila—dije. Era lo primero que se me había ocurrido.
Él sonrió. Se acercó más y me preguntó:
--Lila, ¿me concedes este baile?
No podía decir que no.
--¿Y cómo te llamas tú?—pregunté mientras bailábamos sobre la hierba.
--Ángel.
Lo cierto es que le pegaba mucho el nombre. Me reí. Nunca había pensado que podría haber otro chico que no fuera el príncipe.
Terminó el vals, y suspiré. Miré al cielo. Empezaba a clarear. Con el primer rayo de sol, adiós.
--Me tengo que ir—le dije; me temblaba la voz.
--Quédate.
--Pero…
--Quédate.
Rehuí su mirada. No pensaba convertirme en bicho verde delante de sus narices. Le solté la mano.
--Lo siento—balbuceé--, pero me tengo que ir. De verdad.
Me miró a los ojos. Lo que pasó a continuación lo recuerdo como a cámara lenta. Me cogió la cabeza entre sus manos, se inclinó sobre mí y me besó suavemente. Como con miedo a que desapareciera.
Cuando nos separamos, le miré con asombro. Él me sonrió.
El sol me dio en toda la cara. Me miré la mano. Seguía siendo princesa.
--¿Ves?—me susurró--. No se trata de un beso. Se trata de que la persona que te lo dé te vea tal y como eres en realidad.
--¿Soy princesa?—pregunté. ¿Era una princesa para él?
--Eres mi princesa—sonrió.
Y entonces me di cuenta de la realidad. No se trataba de aparentar ser una princesa de físico. Se trataba de sentirse como una princesa en el interior.

Laura TvdB, del 3 al 4 de agosto de 2011.

2 comentarios:

  1. El relato me ha gustado, en el sentido de que es el cuento al revés, y por tanto, es algo original. También me ha gustado el hecho de que la chica no se queda con el príncipe porque eso habría sido algo muy predecible. La moraleja de la historia, ser una princesa no consiste en ser atractiva, sino sentirse por dentro como tal, podría aplicarse a las modelos de hoy en día. Todo el mundo considera que el físico que marca la sociedad en que vivimos (tías delgadísimas, anoréxicas) es la auténtica belleza, cuando de hecho, la auténtica belleza es sentirse a gusto con uno mismo.

    En resumen, me ha gustado mucho tu relato, porque me ha hecho reflexionar, que es una de las principales misiones de la literatura, ¿no?
    ¡Un beso!

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  2. Que potito jeje me ha gustado como aquí nuestra compi Athenea de que para ser una princesa no hace falta disfrazarse, llevar un bonito vestido y que todos te vean con buena cara. Tiene un final mucho más acorde que si fuera un cuento normal y al final ella ha encontrado el amor y todo. Es un relato muy bonito.

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