jueves, 30 de junio de 2011

El bosque de los susurros (Capítulo VIII).


Vocabulario:

Palabras y frases en alemán.
-Wo ist die Hamburgstrasze?: ¿Dónde está la calle Hamburgo? (NOTA: la palabra Hamburgstrasze está mal escrita. La "sz" del final debería ser una "b" especial del aemán que en mi teclado no se puede escibir, de modo que lo he escrito como suena).
-Ist dieses Rolfs haus?: ¿Es la casa de Rolf?
-Ich bin Rolf: Soy Rolf.


Capítulo VIII. El final

   Daniel se quedó de una pieza. «¿Cómo?», se preguntó a sí mismo. No podía ser. Las palabras que había dicho Martha no las había asimilado todavía. ¿Contagioso? ¿Por qué…?
   Y al fin lo comprendió. La había besado. Ella había intentado que no lo hiciera. No lo estaba rechazando. Lo estaba protegiendo, y él no había hecho caso. Quería explicarse, pero él no la había dejado. Y se lo había dicho… demasiado tarde.
   La infección de garganta era contagiosa.
   Negó con la cabeza, sin terminar de asimilarlo.

   Después, salió corriendo en la dirección que había tomado Martha, ya que se había internado en el bosque. No podría ir lejos, porque su enfermedad…
   Apretó los dientes y miró como un lince hacia todos los lados, buscando una silueta femenina de pelo castaño. No la vio. Probó a llamarla, pero se acordó que ella no quería que él la encontrara, y no contestaría.
   Al fin la encontró, sentada en el suelo, con el rostro tapado por sus manos, sollozando. Alzó la mirada y lo vio, pero eso no mejoró su estado de ánimo, más bien al revés. Sentía como si lo hubiera traicionado. Él la había cuidado, le había salvado la vida, era dulce y tierno con ella. Y ella le había clavado una puñalada trapera por la espalda. No podía hacer nada bien. Sintió la mano de Daniel acariciándole el pelo, mientras le decía algo que no llegó a escuchar. No le guardaba rencor.
   --¿Qué?—balbuceó, alzando la cabeza.
   --No te sientas culpable.
   --Pero… ¡puede que ahora enfermes tú también!
   --No. Y has intentado evitarlo, ¿sabes? La culpa, en todo caso, la tengo yo.
   Ella negó con la cabeza.
   --¿No lo entiendes? Es mortal. Si lo coges, te mueres. Como te lo haya contagiado te vas a morir, Daniel.
   --No.
   Esa negativa sólo era una palabra, pero la había dicho con tal seguridad y decisión, que a Martha le hizo dudar.
   --Pero…
   --Mira, me da igual que coja la supuesta infección de garganta. La cosa es que te aprecio, Martha, y te quiero, ¿comprendes?—carraspeó, algo azorado--. Seguro que se puede curar. Estoy seguro. No me voy a contagiar por un beso—Martha enrojeció, pero no dijo nada--. Así que más te vale coger ánimo y fuerzas, porque nos vamos a Meinlein. El viejo nos enseñará el camino. Entregaremos el sobre (por suerte sólo hemos tardado tres días, y estamos a tiempo), tú te quedas aquí un día mientras voy a mi casa y convenzo al nazi que ya está, vas a un hospital, te curas y te vienes a Berlín. Aunque antes tendrías que romper tu pasaporte.
   Martha se asombró por la esperanza de Daniel. Aunque, tal y como lo había dicho, sonaba creíble.
   --¿A Meinlein?—murmuró.
   --A Meinlein. Vamos—le dio la mano, y ella sonrió por fin y se levantó.

   Una hora más tarde, salían del bosque de Staufer. Justo, Daniel estaba acabando de contar la historia del por qué tenía que ir a Meinlein.
   --… Y tenía un plazo de dos semanas, pero por suerte nos ha dado tiempo.
   El viejo lo miró de pronto de una manera muy seria. Demasiado seria.
   --¿Qué?—preguntó Daniel, frunciendo el ceño.
   --¿Cuánto tiempo habéis estado en Staufer?
   --Un día. ¿Por qué lo dices?
   --¿Te acuerdas que os dije que en Staufer el tiempo no era el que parecía?
   Daniel se quedó de piedra.
   --¿Cuántos días es un día?
   El viejo carraspeó.
   --Lo siento—dijo.
   --¿Cuánto tiempo?—Daniel se estaba poniendo nervioso.
   --Lo que parece un día en Staufer… --no se atrevía a mirarlo. Martha le oprimió la mano a Daniel--. Son exactamente trece días.
   --¡¿Cómo?!
   Daniel no se lo podía creer. Martha lo empujó hacia delante.
   --¡Daniel, es el último día! ¡Está anocheciendo!
   Él se había quedado mudo y Martha pensó que paralítico.
   --¡Daniel! ¡Todavía nos da tiempo, corre!
   Por fin reaccionó y se despidió del viejo.
   --¡Gracias por todo!
   Se marcharon corriendo hacia Meinlein, cuyos tejados se veían cada vez más cerca. A Daniel, por un momento, se le olvidó la enfermedad de Martha, se olvidó de que tal vez se la había contagiado. Sólo reconocía el pueblo, que estaba cerca, pero el ocaso también lo estaba. Los rostros de su madre y su hermana poblaron su mente, y apretó el paso, casi arrastrando a Martha, que respiraba agitadamente.
   Llegaron a la primera casa, donde había una viejecita balanceándose en una mecedora, en la terraza. A Daniel le extrañó que pudiera siquiera salir al exterior. Estaban en guerra.
   --Wo ist die Hamburgstrasze?
   La anciana lo miró y señaló esa misma calle. Daniel respiró aliviado y vio que estaban en el número dos. Avanzó con Martha hasta llegar al once. Llamó a la puerta, y le abrió un soldado nazi. Daniel sintió la mano de Martha temblar, pero sacó el sobre del jersey.
   --Ist dieses Rolfs haus?
   Él asintió.
   --Ich bin Rolf.
   Daniel le dio el sobre.
   --Es de parte de Karl, de Berlín.
   --Ah, así que tú eres el niño mocoso que tenía que dármelo. Un poco tarde, ¿no?
   Daniel se estremeció.
   --Lo he dado a tiempo—murmuró.
   --Anda, vete a tu casa, suponiendo que siga viva tu familia.
   Daniel asintió y se encaminó hacia la dirección por la que habían venido. Cuando el nazi cerró la puerta, Martha le dijo:
   --¿Qué hacemos? No nos da tiempo a volver ahora a tu casa. Se tarda mucho, y yo… yo no podría—reconoció.
   --Vamos a ver si podemos coger un autobús. Tengo un poco de dinero.

   La idea de Daniel resultó ser eficaz, y partieron cinco minutos más tarde en dirección a Berlín sudeste. Martha y Daniel no hablaban, estaban demasiado nerviosos. Daniel mantenía la vista clavada al frente, sin parpadear apenas. Martha lo miraba, preocupada, pero entendía su nerviosismo. A ella ya le había pasado eso, pero no había tenido oportunidad de salvarles la vida. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando se acordó, y bajó la cabeza. De todos modos, Daniel no se dio cuenta de su estado. Estaba abstraído.

   Una hora después, llegó el autobús al barrio de Daniel. Los dos despertaron de su trance y bajaron corriendo. Daniel se sintió extraño al caminar de nuevo por sus calles. Llegaron a la suya y vieron la puerta entreabierta. Se mordió el labio y entró, seguido de Martha. Atravesaron el salón y la cocina, hasta llegar al jardín trasero.
   Karl estaba allí. Su madre y Eva también.
   --¡Vaya!, el chico. ¿Ahora? ¿Un poco tarde, no?—Daniel abrió los ojos como platos.
   --¡Se la he entregado hace una hora! ¡Es de noche, pero se la entregué antes!
   --Sí, me llamó. Pero de todos modos creo que dos semanas son tiempo de sobra para llegar a un pueblo a las afueras de la ciudad y entregar un mísero sobre, ¿no crees? ¿Por qué tardaste tanto?
   Daniel tragó saliva.
   --Me costó atravesar el bosque de Staufer.
   --Ya, cuentos y más cuentos. ¿Y esa chica?—señaló a Martha. Ella se encogió--. Mira, esto es lo que yo creo que ha pasado: el primer día caminaste bastante, te encontraste con ella y te olvidaste de tu adorada familia, ¿verdad?—observó sus manos entrelazadas--. Oh, qué bonito es el amor—dijo, con una sonrisa felina--. Ya lo suponía yo. Un idilio apasionado, a pesar de que eres joven.
    Daniel estuvo a punto de explotar. La sangre ardía en sus venas, y estaba temblando de ira y de rabia.
   --De modo que—siguió Karl—yo te di dos semanas. Bien, era de noche cuando me llamó Rolf. Ha terminado el plazo, niño. Y no has cumplido el trato.
   Sacó una pistola de no se sabía dónde.
   --¡No!—gritó Daniel, desesperado, intentando avanzar, pero Martha lo retuvo. Eso le recordó vagamente a una escena en la casa de ella; sus abuelos, mientras estaban siendo tiroteados, y él agarrando a Martha con fuerza.
   Vio, de manera borrosa, cómo las balas de la pistola impactaban en el cuerpo de su madre primero, y ella caía al suelo sin un gemido, inmóvil. Eva cayó de sus manos al suelo. Iba a correr hacia él, pero el disparo impactó en su cabeza, haciendo que chillara con su voz infantil e inocente, para después morir inmediatamente, cayendo como una hoja seca de un árbol en otoño.
   Gritó. Su voz le pareció lejana, irreal. Se soltó de los brazos débiles de Martha y se abalanzó sobre su madre y su hermana. Pero ellas ya no estaban vivas. Miró a Karl con la mirada vidriosa. Él sonrió sarcásticamente y guardó la pistola.
   --Tienes suerte de que no te mate a ti también—dijo. Después, sin prisa, entró en la cocina y salió de la casa.
   Martha se acercó a Daniel, intentando consolarlo, pero empezó a toser.
   Él se giró hacia ella, derramando lágrimas de impotencia y rabia. La vio convulsionarse por el dolor y la tos, y reaccionó. Volvió a la realidad, corriendo a por un vaso de agua, y llevándosela. Ella paró de pronto y lo miró.
   --Lo siento tanto, Daniel… --susurró. Daniel notó que su voz era apenas inaudible, y su respiración demasiado irregular.
   --No—susurró, sabiendo lo que ello implicaba. Martha intentó incorporarse, pero fue incapaz--. ¡NO!—gritó, cogiéndola y dándole el vaso de agua. Pero ella, aunque bebió un sorbo, no mejoró.
   --Daniel… --musitó.
   Él la oyó.
   Intentó hacerle el boca a boca, pero no servía de nada. Le dio golpes en la espalda. Hizo todo lo posible para que se le pasara, pero fue inútil. Martha negó con la cabeza.
   --¿Lo ves?—susurró--. Me voy a morir.
   Daniel la miró. Esos ojos grises y tan profundos, esa sonrisa cansina, ese pelo castaño…
   Ella.
   Y le dio igual que pudiera contagiarse, y volvió a besarla. Ella le acarició la mejilla con sus últimas fuerzas.
   Y se fue, como una vela apagada por la brisa. Daniel lo notó cuando sintió que sus labios no se movían.
   Se separó de ella y lloró.
   Lloró.

3 comentarios:

  1. T.T. A mí también me han entrado gans de llorar leyendo este capítulo. Aunque claro, teniendo en cuenta que son nazis, es normal que sean unos hijos de puta. ¡Jo, ¡pero me has matado también a Martha! Daniel se ha quedado completamente solo... ¡Voy a leer el epílogo a ver cómo acaba esta apasionante historia!

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  2. O.o Quizá tan realista que por eso me escuece algo dentro... Ira por las miles o millones de familias que vivirían con miedo esperando un final similar e incoherente para sus vidas...

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  3. Así eran de cabrones me lo esperaba. Pero no me gusta que ellos se lien.

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