jueves, 30 de junio de 2011

El bosque de los susurros (Capítulo VII).

Genial. Bueno, hola ante todo. Os dije ayer que colgaría un capítulo hoy, pero no. Ni uno ni dos, sino ¡TRES! Sí, de verdad, es que me he puesto como loca a escribir. Y... siento deciros que ha terminado la historia, después de estos tres capítulos. Os dije que no iba a ser muy larga. En fin, que el poema no lo he hecho, pero espero que compense con el final de EBDLS. Ya no colgaré nada más... así que espero que os guste.

Capítulo VII. Staufer

Daniel oyó un último gemido y la miró. Vio que estaba tumbada en el suelo, con los ojos abiertos pero desorbitados. Tosía sin parar y sin coger aire. Se estaba poniendo roja.
   Daniel se inclinó justo cuando cerró los ojos y dejó de respirar. El corazón le latió demasiado rápido de pronto, y examinó con angustia el rostro de ella. Ya no se movía, y palidecía por momentos. Y no respiraba.
   --¡Martha!—gritó, zarandeándola. Ella no reaccionó. Daniel no cayó en la cuenta que podía estar muerta por su culpa y la zarandeó más, pero no consiguió nada. Respiró agitadamente mientras pensaba a toda velocidad. La depositó en su regazo y le tapó la nariz. Le hizo el boca a boca, insuflándole aire por la boca. Sus labios sabían amargos. Por fin vio que ella se convulsionaba y empezaba a toser. Respiró profundamente, aliviado de pronto. Le dio unas palmadas enérgicas en la espalda y buscó a su alrededor en busca de agua. No la encontró. Martha abrió los ojos de repente, y se incorporó, pero Daniel no la dejó.
   --Respira—dijo--. Respira, ya ha pasado.
   Ella negó con la cabeza, apenas un leve movimiento que llenó de culpabilidad a Daniel.
   --No puedo—gimió--. Me duele la garganta.
   --Sí que puedes porque te lo digo yo. Hay aire para los dos, estate segura de eso.
   Por fin, ella esbozó una sonrisa. Muy débil y cansina, eso sí, pero al menos era una sonrisa, un gesto que delataba su estado de ánimo. Daniel bebió de ella con avidez.
   --¿Cómo…? ¿No estoy muerta?—preguntó ella, recuperando poco a poco su tono de voz normal.
   --No, por suerte—Daniel se mordió el labio. No debería haber dicho lo último--. Aunque creía que… lo siento—pareció derrotado de pronto, con los hombros hundidos, la mirada baja mientras se miraba las manos, desolado.
   Martha recordó que no la había ayudado.
   --No, si al final me has salvado la vida. ¿Cómo lo has hecho?—parecía completamente curada, y Daniel se asombró porque las cosas habían sido así de fáciles.
   --Te he hecho el boca a boca—contestó simplemente, desviando la mirada. Ella pareció avergonzada de pronto.
   --¿Qué?—Daniel lo había notado.
   Martha se ruborizó intensamente.
   --No había agua—empezó. A Daniel le bastó con eso. Sí, por eso sus labios sabían amargos. Porque no se había lavado desde que…
   --¿Y por qué has vomitado?
   Martha no se atrevía a mirarlo.
   --Me sentía ciertamente mal.
   --Pero estás mala de la garganta, ¿no?—cayó en la cuenta de sus propias palabras--. De modo que era verdad. Sólo me has engañado una vez.
   --Sí. Lo siento—Martha se deshizo de su abrazo con delicadeza--. Me sentía mal por haberte engañado, por el cansancio acumulado y por… por lo de mis abuelos, y mi madre—evitó que los ojos se le llenaran de lágrimas--. Estaba mareada y me dolía la cabeza, aunque eso también podía ser porque no había comido.
   --Vaya. Pues vamos a ver si logramos salir del bosque, o al menos llegar a un sitio con comida y agua. Lo necesitamos, sobre todo tú. Pero… tampoco podrás avanzar mucho, ¿no? Y tenemos que comprar una medicina y…
   --Ya, ya. Lo último es lo menos importante. Déjalo, ¿quieres?
   --No, no lo dejo. Estoy harto de que le quites importancia. Si sabes que eso te afecta mucho, ¿por qué lo dejas correr? No lo entiendo.
   --No quiero causar molestias—hizo una pausa--. Y también porque soy muy orgullosa.
   --Ya lo he notado—sonrió él.
   Martha sonrió también.
   --Quería decirte una cosa.
   Daniel la miró.
   --Soy todo oídos.
   --Es que no sé cómo explicarlo—dijo ella, carraspeando--. Bueno, resulta que me miro demasiado el ombligo y sólo pienso en mí misma, y no en los demás. Quería… bueno, quería que supieras que me voy a esforzar para no ser así. O al menos, no tanto.
   Daniel se rió.
   --Eso parece imposible.
   Martha alzó la mano.
   --Lo intentaré, te lo prometo.
   Daniel sonrió.
   --Anda, vamos—dijo, extendiendo su mano. Martha la cogió, no sin cierta vacilación--. No hay tiempo que perder.

   Caminaron durante una hora hasta que Daniel notó que Martha empezaba a jadear. Se cansaba más que normalmente, pero encima no había comido y tenía el estómago completamente vacío. Su enfermedad le impedía respirar con normalidad y su cansancio no se había disipado. Sin embargo, ella no se quejaba. Se dejaba guiar por Daniel, sin una palabra, apretando los labios firmemente, en un gesto testarudo que decía: «Tengo que avanzar». Había tropezado varias veces, pero Daniel había evitado que se cayera. No se habían soltado un segundo, y aunque tenían las manos sudorosas, tampoco pensaban hacerlo. Ninguno de los dos se había parado a pensar en los acontecido con el abeto horas atrás. Preferían únicamente centrarse en su destino, como había aconsejado Martha, y después, cuando llegaran a Meinlein y hubiesen entregado la carta, ya podrían empezar a hacerse preguntas.
   Daniel paró un momento a descansar. Martha hizo amago de seguir avanzando, pero la mirada de Daniel no admitía réplica. Asintió y se dejó caer en un montón de hojas secas. Quiso respirar profundamente, pero le entró un ataque de tos y se enderezó rápidamente. Daniel se acercó a ella de inmediato, pero por suerte cesó antes de que empezara a ser algo serio.
   Él la miró un momento, asegurándose de que estaba bien. Ella esbozó media sonrisa, pero se transformó en un gesto incómodo al notar que él la seguía mirando.
   --¿Qué?—preguntó, arqueando una ceja y cruzándose de brazos, pero recordó lo que le había dicho antes y carraspeó.
   --No, nada—dijo él, quitándole importancia con un gesto--. Es que tienes unos ojos muy profundos.
   --¿Cómo pueden ser unos ojos profundos?
   --Siéndolo. Pueden ser superficiales, pueden ser bonitos de color pero no reflejar nada, o insensibles. Los tuyos… dan la sensación de que, cuando te miro, me voy a caer dentro.
   Martha se rió.
   --Me lo tomaré como un cumplido—dijo, con un toque divertido en la voz.
   --Es un cumplido—reconoció Daniel, acercándose peligrosamente a ella--. No hay nadie en el mundo con unos ojos como los tuyos.
   Martha, en un gesto instintivo, se echó hacia atrás, alzando una mano en señal de protesta. Por suerte, suspiró y retiró la mano.
   Daniel la miró.
   --Ya te dije que me gustas, Martha. Lo siento—hizo un gesto de rendición--, pero tenía que intentarlo.
   Martha se lo quedó mirando, también cuando él se inclinó hacia ella. Pero de pronto se acordó de algo y le puso la mano en los labios, deslizándola luego por la mejilla. Lo había rechazado, pero de una manera suave y cariñosa. Negó con la cabeza.
   --Todavía no, por favor—dijo, con ojos chispeantes.
   Daniel bajó la mirada.
   --Entiendo—dijo, pero Martha sabía que no lo entendía.
   --Daniel… --empezó--. Quiero que sepas que tú también me gustas, ¿vale?—tragó saliva, cosa del todo impropio de ella, que siempre hacía las cosas con decisión y seguridad; ella siempre tomaba las riendas--. Pero es que… no creo que sea el momento… todavía.
   Él sonrió, y asintió.
   --Necesitas tiempo—simplificó.
   Martha asintió, pero no era por eso en realidad.
   Entonces oyeron un ruido de pisadas. Claramente, no era un susurro; eran zapatos, o botas, pisando y rompiendo las hojas secas. Daniel se levantó de un salto; Martha fue más lenta, para su desesperación.
   La silueta llegó al pequeño claro. Era un hombre viejo, con miles de arrugas surcando su rostro anciano y con apariencia sabia. Tenía una escopeta cargada al hombro. Sus ropas, viejas y medio rotas, eran útiles para el bosque. Llevaba colgando de su cinturón una pesada linterna. Se los quedó mirando hasta que habló. Su voz era cascada, como si tuviera alfileres en la garganta.
   --¿Qué hacéis aquí?
   Daniel lo miró.
   --Estamos atravesando el bosque para ir a Meinlein.
   --¡¿Atravesando el bosque?!—saltó el viejo--. ¿Estáis locos? ¿Sabéis lo peligroso que es?
   --No hemos visto ningún animal.
   --No los animales, niño, el bosque. Este no es un bosque cualquiera. Es Staufer. ¿O nunca habéis oído las leyendas?
   --¿Insinúa que son verdad?—replicó Daniel, con un tono divertido en la voz. Pero Martha no se reía.
   --Está anocheciendo. No tenéis sitio donde dormir, y falta mucho hasta que alcancéis el final. Venid a mi cabaña.
   --¿Vive aquí?—preguntó Martha, extrañada.
   El viejo hizo un gesto para que le siguieran, sin contestar a la pregunta de Martha. Ellos hicieron caso. Una casa significaba cobijo y comida.

   Llegaron a una cabaña de madera, pequeña pero acogedora. El viejo les franqueó la entrada y dejó la escopeta cerca de la puerta.
   --Bien, señoritos. Tomen asiento.
   Martha abrió la boca para protestar por la ironía del hombre, pero Daniel la miró y se abstuvo de hacerlo.
   --No tenéis ni idea de cómo salir de aquí. De hecho, estaríais perdidos si no me hubiera encontrado con vosotros. Staufer no es lo que parece, ¿comprendéis?
   --¿A qué se refiere?—preguntó Martha, aceptando la taza de té que él le ofreció.
   --No sé si os habéis fijado, pero aunque sigáis una dirección concreta, no habéis visto nada más que árboles. De vez en cuando, un pequeño claro.
   --¿Y? Esto es un bosque.
   --No es un bosque, señorita—contestó, sentándose él también--. Es el bosque.
   --No comprendo.
   --¿No habéis notado nada raro? Qué ignorantes. ¿No habéis oído nada de especial mientras caminabais?
   Martha y Daniel se miraron, sombríos. De modo que no era una alucinación.
   --¡Los árboles no hablan!—exclamó Martha de repente, levantándose--. ¡Es imposible!
   --Ay, señorita, tu estupidez alcanza límites insospechados. Lo que oyes, lo oyes. No, no son ilusiones ni nada. Escuchad, hay una historia sobre Staufer. Y es de verdad, no una leyenda.
   »Staufer era un bosque normal y corriente hace seis años, en 1939. El día en el que se declaró la guerra, yo ya vivía aquí y vi un cambio extraño. Los árboles parecían más salvajes.
   »Empecé a oír los susurros poco después. Todas las personas empezaron a oírlo. Cuando uno estaba en medio del bosque, el tiempo parecía pasar normalmente, pero al salir uno se daba cuenta que lo que le habían parecido minutos, eran horas. Que si entrabas, tardabas mucho, mucho tiempo en salir. Algunos intentaron lo del mito de Teseo, ¿os suena? La historia del Minotauro*. Ponían un hilo en un poste a la entrada del bosque, y entraban desenrollando el hilo según entraban. ¿Sabéis? Cuando volvían, confiando en el hilo, veían que no terminaba nunca; el hilo seguía, y seguía. Y cuando al fin terminaba, estaba atado a un árbol. A un abeto normal y corriente. No encontraban la salida, al no ser que se la dijera yo. ¿Por qué? Bien, es difícil de creer, pero el bosque de Staufer cambia.
   »Como lo oís. Cambia. Los árboles cambian de sitio, pero nunca se ve cuándo ni cómo. Yo, por suerte, construí esta cabaña antes del suceso, y la cabaña siempre está en el mismo sitio. Por eso me guío bien. Pero a veces me he encontrado un árbol justo a la entrada de la cabaña. Y no he podido salir. Por eso tengo cinco puertas—las señaló--. Total, que los susurros provienen del viento. Son tantos los árboles, que las voces de uno mismo hacen eco, de una manera que no yo sé. Ya sé que no debería de haber eco en un bosque, es absurdo, pero lo hay. Parece que lo dicen los árboles. Cuando “hablan”, es cuando van a cambiar. Basta con parpadear una milésima de segundo y ya no están en su sitio. ¿Raro, verdad? Pero es así. Lo prometo.
   »Apenas hay animales. Los animales se conocen los bosques en los que viven, pero éste cambia. Yo cazo lo que puedo. El resto lo compro en Meinlein, que está cerca de aquí.
   »Y sobre lo del tiempo, resulta que con lo que el bosque cambia, uno no puede fiarse del sol. Pueden pasar días y noches sin que te des cuenta. Así es Staufer.
   Reinó un silencio, un silencio prolongado. Martha y Daniel no podían creerse lo que estaban oyendo.
   --¿O sea que… el bosque es mágico o algo así?—preguntó Daniel.
   --Sí. Ya veis, hay magia en el mundo.
   Martha asintió, confusa. No terminaba de asimilarlo. Su tripa reclamó de pronto algo de comer.
   Carraspeó.
   --¿Tienes galletas o algo?—ante la cara de sorpresa del hombre, añadió--. No he comido nada desde ayer, y encima…
   --Ha vomitado—dijo Daniel, como si tal cosa--. Está un poco enferma—añadió, con suavidad.
   Martha se puso roja.
   --Vaya, lo siento—dijo el hombre--. ¿Algo del estómago?
   Martha vaciló.
   --No.
   Daniel iba a hablar, pero primero la miró, como pidiendo permiso. Martha negó con la cabeza. Él, como si hubiera visto un asentimiento, comentó:
   --Necesitamos salir urgentemente de aquí y comprar medicinas.
   --¿Tan mal estás del estómago?—repuso el hombre.
   --No—murmuró Daniel, mirándola--. No, es otra cosa. La garganta.
   --Vaya. Era médico, ¿sabíais? Pero desde que me quedé viudo lo dejé. Me vale con cazar y ganar algo mendigando. Aunque tengo que tener cuidado con los nazis.
   La última palabra sentó mal a Martha. Cerró los ojos un momento.
   --En fin. Ha dicho que era médico, ¿no?—preguntó Daniel--. Martha tiene un problema grave de garganta. Tose sin parar. A veces llega a límites demasiado altos. Temo por ella.
   El hombre la miró, muy serio, y dejó su taza. Martha se sentía cada vez más incómoda.
   --¿Desde cuándo?
   --Hace tres días, por un incendio—reconoció ella, con pesar--. El último día lo pasamos aquí.
   --Bueno—el hombre la miró gravemente--. Ven, voy a ver si puedo examinártela.
   Daniel carraspeó.
   --Yo salgo un rato a tomar el aire—dijo, maldiciéndose a sí mismo por inventarse una excusa tan mala--. No voy a ir a ninguna parte—añadió.
   Martha lo miró con un poco de miedo, pero Daniel la tranquilizó con una sonrisa de seguridad.
   Salió y tomó aire. Sí, se estaba bien en Staufer. Pero ¿mágico? Nada era mágico en ese mundo de miseria y de guerras, de tiroteos y de secuestros. Algo no podía ser fantástico en ese montón de estiércol que les había caído encima.

   Se sentó a los pies de un pino. Estuvo allí una media hora hasta que oyó el chirrido de la puerta al abrirse. Martha salió y lo vio allí. Su mirada estaba vidriada.
   --¿Qué pasa?
   Se levantó y la abrazó.
   --Daniel, estoy muerta—susurró ella, entre sollozos.
   Daniel negó con la cabeza.
   --No. No lo estás, Martha. ¿Qué ha pasado?
   Ella se separó de él y le dijo, mirándolo a los ojos:
   --Tengo varias enfermedades en la garganta y en los pulmones. La garganta la tengo infectada—se le rompió la voz--. Los alvéolos de mis pulmones están prácticamente muertos.
   Daniel contuvo la respiración.
   --¿Cómo?
   --Daniel, voy a morir—sollozó.
   --No vas a morir.
   --Tengo una semana.
   Daniel suspiró. Sintió que estaba temblando.
   --¿Te lo ha dicho él?
   --Sí.
   --Puede no tener razón.
   Martha no contestó y lo miró. Daniel sintió que toda su fachada de chica dura y egoísta se desaparecía como una nube de polen con un soplo de viento. Toda su esperanza y su tesón se habían roto irremediablemente.
   Pero él la seguía queriendo.
   --Lo siento… --musitó, acercándola hacia sí.
   Martha negó con la cabeza.
   Daniel se fijó en sus lágrimas. La tomó de la nuca y se inclinó hacia ella, lentamente. Martha se echó hacia atrás, pero Daniel no vaciló al agarrarla con más fuerza y besarla con ternura. Martha se intentó debatir, pero al final respondió al beso. Daniel quiso prolongarlo más, pero ella gimió de frustración.
   La soltó, apenado.
   Martha no se atrevía a mirarlo.
   --Has hecho lo peor que podía hacer—musitó--. No por mí, sino por ti.
   --¿Por qué?—preguntó él, frunciendo el ceño.
   --Daniel… me has cogido cariño. Me voy a morir—se le quebró la voz--, ¿sabes? No sirve de nada.
   --¡No te vas a morir!
   --¡Maldita sea!, ¿necesitas una lupa? Es verdad que me has salvado la vida dos veces, pero es incurable. No vale con un jarabe ni con golpecitos en la espalda—Daniel se fijó que seguía sin mirarlo.
   --¿Por qué no te atreves a mirarme, Martha?—preguntó con suavidad.
   --No quería que me besaras. Porque… --pareció derrumbarse de pronto--. …Lo siento tanto, Daniel, pero debería haberlo evitado con más…
   --¿De qué estás hablando?
   --¿Sabes? Mis alvéolos están prácticamente muertos, porque me intoxiqué. Pero la infección de garganta…
   --¿Qué?
   Martha retrocedió un paso.
   --Es contagioso—dijo, y salió corriendo.

3 comentarios:

  1. ¡¡¡Joderr!!! Pobre Martha, sólo una semana de vida... Y lo peor es que ha podido contagiar a Daniel. Claro que, tampoco sé si fiarme mucho del anciano, ¿sabes? Porque, ¿qué hace un anciano viviendo solo en mitad del bosque? A lo mejor es un brujo malo o algo XDDD. En fin, me voy a leer el siguiente capítulo :)

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  2. El anciano misterioso del bosque ha sido un buen recurso aunque sólo trajese noticias desalentadoras :S
    Otra pizquita de intriga...

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  3. Biennn!!! Ahora me divierto. Me ha gustado mucho la leyenda y el movimiento de árboles me ha echo recordar El Secreto de los Hermanos Grimnn con la reina de Turingia y todo eso. Infección y contagio. Me parece que esos dos no saldrán del bosque.

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