domingo, 26 de junio de 2011

El bosque de los susurros (Capítulo VI).

¡Hola! Bueno, hoy llego con un nuevo capítulo. Es un poco duro, y sentimental. No dice nada en otros idiomas, de modo que no hay vocabulario, pero hay un momento en el que hace una comparación que puede que no entendáis. Debajo lo explico. Espero que os guste.


Capítulo VI. Deseo


   Daniel soltó a Martha con cuidado y entornó los ojos.
   --Tengo que averiguar qué es lo que pasa con este bosque. Siempre han contado historias sobre él, pero nunca me las había creído. Pero es verdad que nosotros dos hemos… maldita sea, hemos oído cómo nos llamaba.
   Martha tragó saliva, algo incómoda por dos razones; por un lado no le gustaba que Daniel hubiese cambiado de tema y la hubiese soltado, aunque no lo habría reconocido, y por otro prefería no pensar en aquella inquietante voz que le susurraba el nombre de Daniel.
   --Ya. Pero, Daniel—se levantó--, si nos paramos a pensar lo que nos ha pasado nos volveremos locos. Piénsalo un poco: un árbol nos llama. ¡Es absurdo! Deja ya de pensar en eso y vamos hacia Meinlein, que si no, no nos va a dar tiempo a cruzar Staufer entero. Y tendremos que dormir en el suelo. Ni siquiera vamos a tener comida para mañana.
   Daniel la miró de reojo. Tenía una opresión extraña en el pecho.
   --Ya, bueno, pero me gustaría saber lo que pasa a mi alrededor.
   --¿Qué importa? Me tienes a mí, tenemos el sobre, tenemos un destino. Primero lo cumplimos y luego, si lo conseguimos, ya hablaremos.
   --¿Te tengo a ti?—repitió Daniel, alzando las cejas. Martha desvió la mirada y se llevó la mano al pelo, azorada.
   --Bueno, es un decir. Ya sabes, si estuvieras solo lo entiendo, pero no lo estás…
   --Lo he comprendido. Sólo es que me ha hecho gracia.
   --No te estarás riendo de mí, ¿verdad?—frunció el ceño--. Y para ya de hacerme exámenes. No soy un bombón, ¿de acuerdo?
   --No, no eres dulce—respondió Daniel, con la voz algo ronca, pero sonrió--. Aún así, eres… interesante.
   Martha puso los ojos en blanco.
   --No me digas que te has enamorado.
   Daniel se acercó un poco a ella.
   --Bueno…, no creo que sea la palabra más correcta.
   --Para de acosarme.
   --No te estoy acosando—respondió él, riéndose.
   --Ni se te ocurra tocarme, entonces—repuso ella, alzando el dedo en señal de advertencia--. Porque como me toques…
   Daniel se inclinó hacia ella y la besó suavemente. Apenas le rozó los labios, aunque Martha se sintió estúpida igualmente. Bajó el dedo y lo abrazó.
   Pero él se separó de ella, apartándose rápidamente.
   Martha soltó una risita nerviosa.
   --¿Pasa algo?
   --No; es que nunca he besado a nadie.
   --¿Y?
   --Tenía miedo de hacerlo mal. ¿Acaso tú tienes mucha experiencia en esto, o qué?
   Martha esbozó una sonrisa socarrona.
   --Bueno, mucha experiencia no. Simplemente ha habido otros en mi vida.
   Daniel carraspeó, algo incómodo. Siempre había odiado las experiencias de las
chicas con otros chicos.
   --No te me pongas celosillo, ¿eh?—dijo Martha, con una voz suave como la miel, del todo impropio de ella--. Que no tienes por qué ser el primero.
   --No me pongo celoso—espetó Daniel, pero no la miró.
   Martha se pegó a él. Daniel tragó saliva al ver que ella lo miraba fijamente con esos ojos ceniza profundos. Ella lo escrutó y curvó sus labios en una sonrisa elocuente. Daniel se inclinó hacia ella, pero de pronto un susurro los interrumpió.
   --¡Otra vez!—musitó Martha, nerviosa, deshaciéndose del abrazo de Daniel. Él bajó la mirada, abatido, con un gesto cansino. Martha se dio cuenta que estaba echando a perder la poca valentía que le quedaba a él, y sonrió.
   --No te preocupes—dijo. Daniel no la miró.
   Martha aguzó el oído de nuevo, pero el susurro había desaparecido. Gimió de frustración. Daniel no alzó la mirada, pero se asombró. Antes era ella la que evitaba entrar en ese tema. Era una locura.
   Volvió a la realidad cuando la vio a unos pocos centímetros de su rostro. Parpadeó y se levantó, algo molesto. Martha lo miró, con pena. Luego, la expresión de su rostro se tornó algo más sombría.
   --¿Me has besado para probar cómo era?—Daniel no contestó, simplemente la ignoró. Martha se sintió sin fuerzas para levantarse--. ¿Intentas jugar conmigo, o algo así? ¡Daniel! Te estoy hablando, ¿sabes?—se mordió el labio al darse cuenta que él pretendía continuar la marcha. Estaba muy cansada repentinamente, y se sentía mal--. ¡Joder!—soltó--. Tío, ¿me puedes hacer caso un segundo? ¡Un segundo!
   Daniel se dio la vuelta y la miró. Martha iba a decirle unas cuantas palabras, pero se vio en blanco de pronto.
   --Muy interesante—comentó él, con calma--. Pero creo que es mejor seguir. ¿Vienes o no?
   Martha apretó los labios con fuerza. No, no podía seguirle el rollo. No sabía qué era lo que le había hecho para que estuviera así con ella, pero desde luego no iba a pedirle disculpas ni iba a rendirse. Necesitaba que él hablara con ella. Y tuvo una idea.
   Daniel se dispuso a dar el primer paso cuando vio que Martha se doblaba en dos y empezaba a toser. Suspiró, pero ella no paró, sino que se agravó más. Daniel se acercó y se inclinó hacia ella.
   --¿Estás bien?—preguntó con suavidad, incorporándola un poco para que apoyara su espalda en el tronco del abeto. Martha carraspeó de pronto y la tos cesó.
   --Vale, ¿ahora vas a hablar conmigo?—preguntó; ni rastro de su enfermedad.
   Daniel la miró un momento, confuso. Después entornó los ojos.
   --Lo has hecho a propósito.
   --¿Me vas a escuchar, o no?—preguntó ella.
   Daniel continuaba mirándola.
   --Me has mentido—espetó. Había un tono demasiado amargo en su voz--. Me has estado mintiendo—sacudió la cabeza, y se levantó--. Todo el rato—concluyó, dándose la vuelta y empezando a caminar.
   --¡Eh! Sólo… --Martha se sintió estúpida--. ¡Sólo ha sido para que pudiéramos hablar!
   Daniel no respondió, pero apresuró sus pasos. Ella bajó la mirada. Se apoyó en el árbol para levantarse, y lo hizo a duras penas. Estaba mareada.
   --Daniel—lo llamó, pero lo había perdido de vista. No, otra vez no. Ya estaba bien de sentirse débil. Respiró profundamente y corrió en la dirección que él había tomado. Esquivó los árboles, fijándose en su silueta, para ver si la veía. Por fin lo divisó, metros más adelante. Corrió hacia él en silencio, no fuera que acelerara la marcha al oír sus pasos.
   Jadeó; esa carrerita había hecho mella en ella, y pronto se sintió agotada. Todas las fuerzas que había gastado ese día calaron en ella, haciendo que se apoyara en el tronco de otro árbol. Daniel no se movió. Se acercó a él lentamente, mirándolo.
   --Lo siento—dijo, con esfuerzo--. No pensaba que…
   --No—contestó él, sin mirarla--. No lo sientes. Si no, no me habrías estado mintiendo todo el rato.
   --Sólo ha sido una vez—dijo ella, frunciendo el ceño.
  --Sí, una vez grande, miles de mentiras pequeñas. Simulando una enfermedad que no tienes, tosiendo falsamente, y yo como un imbécil sin saber qué hacer. Me has utilizado. No sé qué quieres, tal vez que te de un hogar seguro, o algo así, pero mira, podrías habérmelo dicho antes.
   Martha lo miró, estupefacta.
   --¿Pero qué dices?—estalló--. ¡No estoy simulando mi enfermedad, la tengo de verdad! Sólo que ahora… bueno, quería que habláramos y no sé por qué de repente me ignorabas y…
   --¿Que tienes la enfermedad de verdad? Ya, claro. ¿Y cómo me creo eso ahora? Mira, Martha, no pienso caer otra vez. Pensaba que tu corazón de hielo se había ablandado un poco, ¿sabes? Como en el cuento ése de Andersen, el de la Reina de las Nieves*. El chico tiene el corazón de hielo, no siente nada, y la chica, con sus lágrimas, lo derrite. Debería ser más realista—concluyó, sacudiendo la cabeza--, porque está claro que me he equivocado.
   --No lo entiendes. Yo sólo…
   --Déjalo.
   --Pero…
   --Déjalo, Martha. No vas a hacerme cambiar de opinión.
   Reinó un absoluto silencio. Martha se llevó una mano a la sien. No podía sentirse peor. Estaba mareada, le dolía la cabeza, y, como siempre, sentía ese cosquilleo en la garganta.
   Y se sentía fatal por dentro, por mentirle a Daniel. Nunca había pensado que sería ella la que se sentiría mal. Intentó poner en orden sus pensamientos. Se había estado llevando bien con Daniel, él se había preocupado por ella. El único amigo que había tenido. La había besado, ella había escuchado otra vez ese susurro y se había apartado. ¡Claro!, era eso. A Daniel le había sentado mal que ella lo evitara, tal vez pensaba que lo había hecho para despreciarlo. Porque él no había besado a nadie más, nunca.
   --Escucha, Daniel—dijo, carraspeando. Pero el picor seguía allí--. Si me he apartado cuando me ibas a besar, ha sido porque… bueno, no me he dado cuenta que… te gustaba. Creía que lo hacías sólo por probar. Ya sabes cómo soy, no confío en la gente, y… luego, yo… no quería mentirte…
   --¿No querías? Pues lo has hecho—dijo Daniel--. Creía que te gustaba, o al menos algo parecido. Porque me gustabas—hizo énfasis en la última palabra--. Creía que, detrás de esa máscara de dureza que tienes, había algo más. Algo… supongo que sentimientos. No los hay, claro—añadió.
   Martha sintió cómo las palabras se clavaban en ella, como espinas en la piel. Sí, ella sí tenía sentimientos. No entendía nada, ¿qué quería él? ¿Por qué no se iba y la dejaba sola, esta vez para siempre, ya que le había hecho tanto daño?
    Se le revolvió el estómago y contuvo una arcada.
   Daniel la miró, aún sin creerse que toda esa supuesta enfermedad era mentira. Se había ganado su confianza por hacer como si tuviera algo en la garganta, algo malo. Le había hecho creer que necesitaba su ayuda, mientras sólo quería pasárselo bien con él, mientras le mentía una y otra vez.
   La miró, negando para sí mismo. ¿Por qué ella insistía, si ya sabía que Daniel no confiaba en ella? ¿Acaso creía que era tan imbécil que iba a caer otra vez en el hoyo?
   De pronto, Martha se convulsionó y vomitó estrepitosamente. Miró hacia otro lado. No, esta vez ya no colaba.
   Martha notó el sabor amargo de la bilis en su boca, ya que no había comido nada. Intentó respirar profundamente, pero vomitó otra vez, sin apenas echar nada; su estómago estaba vacío. Suspiró y buscó agua desesperadamente. Tenía un mal sabor de boca impresionante. No encontró nada. Se quitó la chaqueta y se limpió con ella, y después la tiró.
   No se atrevió a mirar a Daniel. Estaba tan avergonzada que evitó siquiera pensar en él, en lo que él pensaría de ella en ese momento.
   Se apartó del “pastel” y quiso respirar, pero no pudo, porque empezó a toser bruscamente. No se había sentido peor en su vida. El dolor de su garganta no remitió, pero esta vez no tenía esos ojos castaños preocupados delante. Estaba sola. Al coger aire, el dolor aumentó y sintió que sus pulmones se vaciaban. Al menos coger un poco de oxígeno… pero la tos se lo impedía.
   --Daniel… --susurró, gimiendo, cuando otra tos la interrumpió. Él era el único que podía ayudarla, y no lo estaba haciendo. «Me lo tengo merecido», pensó. Pero no quería morir. Ya no. Tenía algo, mejor dicho, alguien a quien apreciaba y que estaba vivo, tenía ganas de vivir y de no tener esa angustiosa sensación de la muerte delante de sus narices. Sentía que se ahogaba, y cayó al suelo, sin poder apoyarse. Sus ojos grises se deshicieron en lágrimas de impotencia que caían al suelo como perlas de rocío. Su mirada se nubló mientras sentía que el último suspiro de aire se malgastaba en una tos absurda y horrible que se extinguió por la falta de aire.
   Todo se volvió negro, y su deseo de ver por último unos ojos castaños y dulces no se cumplió.


* NOTA: El cuento de Hans Christian Andersen, La Reina de las Nieves, trata de un chico y una chica (amigos) que un día se encuentran con la Reina de las Nieves. El chico se va con ella y su corazón se convierte de hielo; no siente, no ríe, no llora, no ama. La chica va en su busca y al reencontrarse con él, éste no la reconoce. La chica empieza a llorar por el amigo perdido y, con sus lágrimas de calor, derrite el corazón del niño y hace que vuelva a sentir.

4 comentarios:

  1. ¡Joder, qué triste! Vale, está claro que Martha no debería haber engañado a Daniel con lo de su tos, pero es que él se ha pasado, dejándola sola y abandonándola a su suerte. En cuanto sepa lo que ha pasado se va arrepentir el muy tonto. Sólo espero que haya sido un desmayo y que Martha no haya muerto, porque sino... Además, es que los dos son igual de capullos, ella por no admitir que le gusta Daniel, y él, porque se toma las cosas muy a pecho XDD.

    Buah, un capítulo realmente brutal, aunque bastante triste. Espero pronto el siguiente :)

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  2. ¡Gracias! Tenes toda la razón, los dos son imperfectos, cada uno a su manera.
    Por cierto, ¡no la ha abandonado! Sólo al principio, pero ella lo alcanza. Es decir, que ve perfectamente lo que le pasa, pero ya no se lo traga. La cosa es que es en serio...
    Y sobre lo de Martha... ¡no puedo decir nada!
    Y sí, es un capítulo ciertamente triste.

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  3. Vaya ahora sí que me has dejao kao :S
    Tengo que preguntarlo: para cuando el nuevo en el que se descubra el estado de Martha??
    Por cierto aprovecho para avisarte de que he actualizado con una nueva entrada semanal ^^

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  4. Es ya un tópico que dos desconocidos se enamoren a las pocas horas de conocerse. Coincido en que ha estado un poquito mal que finja peor es una tía, tiene que protegerse. Lo que no me gusta es que se enamoren tan rapido. Espero ver un poco más de los susurros en el siguiente capítulo.

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