martes, 21 de junio de 2011

El bosque de los susurros (Capítulo V).

Vocabulario:


-Spreek je spaans?: ¿Hablas español?

-Maar beter nederlands: Pero mejor neerlandés.

  
Capítulo V. Susurros

   --¿Qué ha sido eso?—saltó Martha, al oír un susurro cercano. Daniel estaba unos pasos delante.
   --¿El qué?
   Martha aguzó el oído.
   --No, ya nada. Me había parecido oír una voz llamándome.
   --No digas tonterías. No hay nadie aquí.
   --Ya, ya. Déjalo, es que tengo hambre y veo visiones—bromeó.
   Daniel esbozó media sonrisa. Aflojó la marcha para que Martha se pusiera a su lado.
   --¿Estás bien?
   Ella lo miró, burlona.
   --Sí. No soy de porcelana, ¿sabes?
   --Pues lo pareces—ella soltó una carcajada, sabiendo que era una broma.
   Daniel, sin parar de andar, le preguntó:
   --Martha, ¿tú eres judía? Quiero decir, si lo eres religiosamente.
   Ella negó con la cabeza.
   --Soy cristiana. Católica, para ser más exactos. De pequeña me enseñaron todo sobre la religión protestante y la judía, ya que mi familia creía en eso (la materna era judía y la paterna protestante), pero no me convencían. Empecé a investigar sobre las religiones con once años; justo antes de la invasión a Países Bajos. Nunca he sido atea, siempre cristiana. ¿Y tú?
   --No creo en nada—sentenció, sin mala intención--. Después de todo lo que he vivido…
   --Eso lo dice mucha gente. Tanta miseria, tantas muertes… sí, ¿cómo podría haber alguien perfecto que no hace nada por salvar a esa gente?—lo miró, dejando que se hundiera en el mar de plata de sus ojos--. Pero al final yo pienso que es porque no puedes evitarlo; para mí, Dios no es alguien tipo Zeus, el dios de los griegos. No es uno que está sentado en el trono, con forma humana, que con un rayo hace llover y luego se abandona a la belleza de otras diosas. Pienso que Dios es alguien que nos empuja hacia delante. Tiene que haber algo más.
   Daniel pensó sus palabras.
   --Sí, supongo—murmuró--. Nunca se sabe.
   Martha sonrió.
   --O sí—dijo.
   Daniel no entendió sus palabras. De todos modos, el tema de la religión nunca lo había interesado.
   --¿Tu hermanita cuántos años tiene?—preguntó Martha unos minutos después, en voz baja.
   --Tres. Se llama Eva—sonrió con nostalgia--. Cuando nació, mi padre huyó a España. Así que no lo conoce.
   --¿España?
   --Soy medio español.
   --Spreek je spaans?—preguntó ella en holandés.
   --Sí, claro—contestó él en esa misma lengua--. Maar beter nederlands.
   Martha sonrió.
   --De alemán no tienes nada. Pero lo hablas a la perfección.
   --Vivo aquí desde hace mucho.
   --Lo suponía.
   Permanecieron en silencio hasta que Martha empezó a toser. Daniel se preocupó, pero se le pasó enseguida. Sentía miedo de que le entrara algo parecido a lo del día anterior. Pero no pasó.
   Martha notaba las miradas de reojo de Daniel, y se incomodaba. Muchos chicos se habían fijado en ella por sus rasgos inusuales, pero siempre les había mandado a tomar viento fresco. No podía reprocharle a Daniel que la evaluara. Porque ella, de hecho, hacía lo mismo con él.
  
   Las horas pasaban. Ellos seguían caminando, infatigables. A la hora de la comida empezaron a buscar lo que fuera para llevárselo a la boca, pero apenas encontraron unas setas que no se comieron por miedo a que fueran venenosas y unas bayas que Martha se negó a tomar. Después de comer hicieron un alto para descansar.
   Daniel estaba en un momento de recorrer a Martha con la mirada, cuando le pareció oír su nombre. Frunció el ceño, pero Martha estaba sentada en una piedra con los ojos cerrados. Volvió a oírlo. Un susurro, una voz apenas audible. Miró a su alrededor y no vio nada más que árboles. Suspiró y trató de relajarse. Habían estado muy nerviosos y no eran más que ilusiones. Sintió un cosquilleo en la espalda se dio la vuelta otra vez. Nada.
   --Daniel… --susurró otra vez esa voz.
   --¿Lo has oído?—preguntó Martha de pronto--. Hay alguien aquí.
   Daniel se levantó.
   --Es tan raro… --murmuró. No veía a nadie--. Parece una voz lejana, pero la siento cerca de aquí…
   Otra vez. Pero no había nadie. Martha suspiró y cerró los ojos, y se dejó llevar por la voz. Sonaba cerca, muy cerca. Daniel tenía razón. Se dejó guiar, aun a riesgo de chocarse con un árbol. Pero cuando llegó al lugar de donde creyó que provenía ese susurro incierto, no se pudo creer lo que había oído. Abrió los ojos y vio el tronco ancho de un árbol, un majestuoso abeto de unos cuantos metros de altura. Acercó la oreja a la corteza, sintiéndose ridícula. Un árbol no podía hablar.
   Daniel vio que Martha ahogaba una exclamación y palidecía por momentos. En dos zancadas la alcanzó y la rodeó con sus brazos.
   --¿Estás bien?—preguntó, preocupado. Ella asintió, cerrando los ojos.
   --Estoy loca… --murmuró, entre balbuceos--. Estoy loca…
   --¿Qué dices?
   --No te lo vas a creer. Creo que tengo alucinaciones… pero… pero…
   --Respira hondo. Tranquilízate. ¿Has recordado algo extraño…?
   --No, no—sacudió la cabeza--. Daniel, no me tomes por psicópata, pero… te aseguro que… ese árbol te estaba llamando.
   Daniel arqueó una ceja. No cabía duda que Martha sabía actuar muy bien, pero hasta ese punto de creer sus bromas no llegaba.
   --Te lo juro, Daniel, te lo prometo. Ése árbol te llamaba. Lo he oído.
   --Martha, estás muy cansada. Y no has comido.
   --¡Estoy hablando en serio! Parece una locura, pero aunque no te lo creas, ¡lo he oído!
   Daniel se asombró por su tozudez.
   --Vale, vale. Voy a ver si es verdad lo que dices.
   Se acercó al árbol y escuchó atentamente. No oyó su propio nombre. Primero, un susurro, algo casi imperceptible. Luego, se fue aclarando, hasta que oyó claramente que musitaba el nombre de Martha. Frunció el ceño y escuchó otra vez. «Martha, Martha», repitió el abeto.
   Se separó y miró a Martha, que lo escrutaba con ojos interrogantes.
   --Te llama a ti—aclaró, con la voz ronca.
   --Los árboles no hablan—dijo ella, confusa. Se dejó caer a los pies de éste. Daniel la imitó.
   --Pero entonces ¿cómo explicamos…? ¿Nos estamos volviendo locos, o qué? No lo entiendo.
   Martha suspiró.
   --No quiero pensar en eso. Será porque es lo que parece. Al fin y al cabo, estamos nosotros dos solos en este bosque… --enrojeció por sus palabras.
   A Daniel le hizo gracia que se ruborizara por eso.
   --Sí, completamente solos.

3 comentarios:

  1. Vaaaaaleeee, árboles que hablan. Mola, aunque no pensé que fueras a meter en esta historia elementos sobrenaturales. Martha y Daniel parece que empiezan a llevarse bien... MUY bien, jajajaja. Espero pronto el siguiente capítulo, que ya sabes que me encanta la historia. ¡Un beso!

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  2. Espero que sean alucinaciones producidas por el hambre y tal, porque no quedaría bien en esta historia un elemento fantástico después de lo currada que está tanto en la forma de situarla en el momento histórico como en lo demás no crees? ^^
    Sigo leyendo para averiguarlo xD

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  3. Discrepo pero si has titulado la historia El Bosque de los Susurros sería raro no encontrar ninguno ¿no os parece? A mí me gusta, hace crecer la tensión.

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