lunes, 20 de junio de 2011

El bosque de los susurros (Capítulo IV).

Hoy vengo con un nuevo capítulo. Iba a ser largo en un principio, pero al final lo he dividido y este es corto y el siguiente (aunque no lo haya acabado) también lo será. Aviso que como esto no es una novela, sino un relato largo, está llegando a la mitad de la historia. Habrá más o menos diez capítulos. Sin más, os dejo:

Vocabulario:

Palabras y frases en alemán.
-Bäcker: Panadero.
Palabras y frases en neerlandés (holandés).
-Van de Weide: del valle.
-Ik ben Martha van de Weide: Soy Martha del Valle.

Capítulo IV. Decisiones

   Llegaron unos minutos después al primer árbol que anunciaba que habían llegado al bosque. Daniel respiró profundamente y se dejó caer a sus pies. Martha lo miró un momento, jadeando, para después encararlo con ojos vidriosos.
   --¡¿Se puede saber qué has hecho?! ¡Podría haberlos salvado!
   Daniel negó con la cabeza.
   --Lo siento, Martha. Lo siento mucho. Pero no podrías haber hecho nada. Sólo he intentado salvarte la vid…
   --¡Es mentira! ¡Empieza a pensar en los demás! ¡Maldita sea, no me queda nada ahora, ¿comprendes?! ¡Nada! Soy huérfana y no tengo familia, porque tú lo has evitado.
   --Habrías muerto—insistió Daniel, cerrando los ojos. No se lo podía creer. Le había salvado la vida y se lo agradecía así.
   --No, no es verdad—Martha parecía haber recuperado toda la energía, y respiraba agitadamente, evitando las lágrimas, que parecían a punto de desbordarse por sus ojos como si fueran cascadas que no aguantaban la resistencia de la presa--. ¡Podría haberlos detenido, cerrarles la puerta en las narices!
   Daniel se levantó de un salto y le cogió el brazo con fuerza. Ella lo zarandeó, intentando soltarse, pero Daniel lo agarraba con firmeza.
   --Escucha, Martha: esos nazis no tienen piedad. Matan a cualquier judío que se les interponga en el camino, sin importarles lo más mínimo la edad que tengan. Sus metralletas no son de juguete, tienen balas de verdad. Y te habrían disparado, ahora estarías más que muerta por nada. Sólo he intentado salvarte la vida.
   Martha lo miró con los ojos entornados.
   --Pero… es que no tengo más familia—terminó, asumiéndolo.
   --Pero tú estás viva.
   --¿Y qué me importa eso? A este paso voy a terminar tiroteada por cualquier soldado que vaya de verde que haya por aquí.
   --Solo algunos nazis reconocen las pocas facciones judías que tienes. Yo no me había fijado. Bueno, tampoco eres como la mayoría de la gente. Tienes mucho contraste.
   --¿Y?
   --Que llamas la atención.
   --Tú también.
   --Ya, ya lo sé. Aunque sea rubio.
   Martha se fijó mejor en él. Sí, no llamaba la atención. Su pelo rubio oscuro parecía estar formado por espigas doradas al sol. Sus ojos castaños eran tan oscuros que se notaba a simple vista que no era alemán, pero no daba impresión de extranjero. Tenía la mirada seria y evaluadora, que no tenía nada de infantil. Su nariz aguileña afilaba mucho su rostro, haciendo que sus pómulos apenas estuvieran marcados, pero Martha sacó la conclusión de que era raro que su físico no le hubiera llamado antes la atención. Era un chico apuesto.
   --¿Qué vamos a hacer ahora?—preguntó, desviando la mirada a las hojas caídas de los árboles de Staufer.
   --Yo… yo tengo que entregar el sobre. Tengo que llegar a Meinlein. Pero no quiero dejarte sola.
   --No quiero participar en nada que tenga que ver con nazis, ni ayudar personas que tengan que ver con ellos—espetó Martha, y sus palabras hirieron profundamente a Daniel.
   Suspiró y se echó a andar esquivando los árboles.
   --¡Daniel, espera!
   Él no le hizo caso.
   --Daniel—él apretó el paso, ignorándola por completo.
   Oyó los pasos de ella esforzándose por alcanzarlo. Lo iba a perder de vista. Aceleró aún más la marcha, y empezó a correr. Seguía oyendo los pasos de ella, tropezando, avanzando con torpeza. Pero lo seguía.
   --Daniel—insistió. Finalmente, terminó de ver su silueta deslizarse por los árboles sin ruido. Estaba agotada. Respiró profundamente. Se tumbó en el suelo de hojas, sintiendo que la humedad empezaba a entrar en su ropa. No le prestó atención y cerró los ojos, escuchando los sonidos propios del bosque. Quería hacer todo menos pensar en Daniel, en sus abuelos y en su madre. Tragó saliva al recordar los brazos fuertes de Daniel rodeándola, sus intentos por salir corriendo escaleras abajo y salvarlos. Evocó perfectamente los sonidos de cada bala al salir del arma. Se imaginó los cuerpos de sus abuelos después de aquel asesinato. Unas lágrimas amargas recorrieron su rostro hasta caer en silencio al suelo. Le daban ganas de morir allí mismo, sin nadie ni nada que se preocupara por ella.
   Permaneció allí segundos, minutos, tal vez horas; no era consciente del tiempo que transcurría. Simplemente le daba igual, todo le daba igual. No había nada por lo que vivir, ya que nadie se preocupaba por que viviera.
   Hubo un momento en el que le pareció oír una voz llamándola. Un eco lejano, una ilusión. Soñó, por un glorioso instante… que tal vez todo no era más que un sueño, y que en ese sueño lograba salir de su estado de semiinconsciencia, de sus ganas por dejarlo todo atrás y de morir de una maldita vez.
   Pero siguió oyendo su propio nombre. Martha pensó que sus alucinaciones llegaban demasiado lejos y suspiró, intentando quitarse esa molesta sensación.
   Algo la sacudió y abrió los ojos de golpe. Un rayo de luz cegadora le hizo cerrar los ojos otra vez, mientras se incorporaba.
   --Gracias a Dios—oyó musitar a alguien, y miró a su derecha. Daniel la miraba, con un brillo de alivio en sus penetrantes ojos castaños.
   --¿Qué…?—balbuceó. Carraspeó y se situó en la realidad--. ¿Qué haces aquí?—preguntó, recuperando su tono de voz impasible.
   Daniel no la escuchó.
   --Pues que estabas desmayada, o algo así, no sé. Me ha costado despertarte. ¿Estás bien?
   --Sí, creo—se llevó una mano a la sien--. Estoy un poco mareada.
   --¿Cómo se te ocurrió tumbarte aquí, con esta humedad y el frío?
   --No sé—Martha lloraba de alivio interiormente--. No tenía ánimo para seguir adelante. Después de lo que te dije, tampoco quería seguirte, ya que… --se mordió el labio, arrepentida. Pero la expresión del rostro de Daniel seguía igual--. ¿Por qué has vuelto?
   Daniel vaciló y se levantó, dándole la mano para que hiciera lo mismo. Después, se apoyó en el tronco de un árbol y contestó, en voz baja:
   --Me sentía mal de dejarte aquí, sola. No tenías a nadie—añadió, con pesar--. Quería disculparme por mi actitud esta mañana. Sólo quería… salvarte la vida, no pensé que…
   --Me alegro de que lo hicieras—contestó Martha, con una ligera sonrisa en sus labios. Era una sonrisa sincera.
   --Gracias—murmuró él, algo incómodo. De modo que cambió de tema--. Te vi en el suelo, pálida. Parecía que estabas muy enferma. Llevo como cinco minutos intentando despertarte, y nada.
   Martha desvió la mirada.
   --No sé. Estaba como soñando. Me sentía sin ánimo para seguir adelante.
   --Así que te quedaste para… ¿para qué? ¿Para morirte?
   Martha tragó saliva. Visto así, parecía ridículo.
   --No le encontraba sentido a la vida—justificó, sacudiendo la cabeza.
   --Tú eres tonta—soltó Daniel; era un reproche, pero no lo decía seriamente, aunque el tema sí que lo fuera, y mucho.
   Martha sonrió.
   --Sí, a veces lo soy—reconoció.
   Daniel sonrió a su vez, pero recuperó la seriedad inmediatamente después. La miró, pero no se atrevió a preguntarle nada. Pero Martha adivinó lo que quería decir.
   --No sé adónde voy a ir—contestó, con cierto pesar--. No tengo lugar adonde ir.
   --Yo tengo que ir a Meinlein—dijo Daniel--, pero tengo dos semanas. Lo que pasa es que quiero asegurarme…, cuanto antes, mejor. Si no, no vuelvo a ver a Eva ni a mi madre—desvió la mirada y parpadeó para contener unas lágrimas molestas.
   Martha se acercó y lo miró a los ojos.
   --No te preocupes por mí. Si no te importa, voy contigo.
   --¿Adónde?
   --A Meinlein, claro. ¿Adónde sino?—se cruzó de brazos--. Ya sé lo que dije antes, pero… bueno, tú quieres salvar a tu familia. Lo entiendo. Yo habría hecho lo mismo.
   --Pero tendrás que cambiarte de apellido, claro.
   --¿Tú cómo te llamas?
   Daniel la miró, sin saber a qué venía aquello.
   --Daniel van de Weide.
   --Ik ben Martha van de Weide—dijo ella, sonriendo--. Si no te importa, claro—añadió.
   --¿Quieres decir que tenemos que hacer como si fuéramos hermanos?—Daniel alzó una ceja--. Porque no somos precisamente iguales.
   Martha negó con la cabeza.
   --No, lo cierto es que no—dudó--. Y encima son apellidos holandeses, convendría cambiarlos. Bueno, entonces me llamo Martha Stöbermann.
   --¿Y eso?
   --No sé, un chico de mi colegio se llamaba así. ¿Y tú cómo te llamarás?
   --Daniel… Daniel Baker.
   --Como quieras. ¿En qué dirección está Meinlein?
   --Primero tenemos que atravesar Staufer. ¿Tú escuchas las historias?
   --No me interesan. Nadie se las cree, son sólo supersticiones.
   --Mejor, yo tampoco me creo nada. Pero es un bosque grande. Hay que guiarse simplemente por el sol. Tenemos que ir al noroeste, así que…
   Una tos brusca lo interrumpió. Maldijo entre dientes y le dio golpes a Martha en la espalda, hasta que se le pasó.
   --Mierda—murmuró ella.
   --¿Qué pasa?
   --No tenemos agua, ni comida.
   --Tengo un poco de dinero. Pero creo que será mejor comprarlo en un jarabe o algo—dijo, mirándola de reojo. Ella negó enérgicamente.
   --Daniel, ya te dije que no quiero…
   --Escucha, Martha, puede que no te conozca, pero me preocupo por los demás. Seguro que un jarabe no cuesta mucho dinero. Eres cabezota, Martha, pero en este tipo de cosas hay que ponerles remedio. Ayer…
   --Lo de ayer fue algo especial. No se repetirá.
   --No quiero una muerte más en mi conciencia—cortó Daniel, atravesándola con la mirada. Martha sentía que se caía en un hoyo profundo, profundo… sus ojos eran interminables.
   --No la va a haber—respondió con firmeza, y con su orgullo habitual alzó la cabeza y empezó a avanzar.
   --Vas hacia el este.
   --Pues avanza más rápido. Cuanto antes lleguemos, mejor.

4 comentarios:

  1. Aiss, Martha es demasiado orgullosa, Daniel sólo quiere ayudarla. ¿No estará muy enferma, no? Solamente faltaba que la pobre se muriera también. T.T. A ver si consiguen darle la carta al oficial alemán y los dejan en paz. Sólo espero que los alemanes no les hayan hecho nada a la hermana y la madre de Daniel. XDD. Espero muy pronto el próximo capítulo, ¡un beso!

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  2. La imagen que quiero dar de Martha es justo esa: Una chica muy orgullosa y dura, pero inocente y enferma.
    ¿Que no será grave? Bueno, en el segundo capítulo... se puso mal. Lo cierto es que está grave, pero si muere o no, es cosa de la novela. Y la familia de Daniel, lo mismo. ¡Misterio! No puedo desvelar nada ^^

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  3. La forma de narrar al igual que en los anteriores está muy cuidada (:
    Y mantienes la incertidumbre de la gravedad de la enfermedad de Martha...

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  4. Tiene una enfermedad incurable pienso yo. Ahora habrá que ver qué se encontrarán ellos dos en su viaje.

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