miércoles, 15 de junio de 2011

El bosque de los susurros (Capítulo II).

Como leéis, otro capítulo. También he escrito el tercero, que es más corto. Disfrutadlo :-).

Vocabulario:
Palabras y frases en alemán.

-Van der Stein: de la roca.
-Ich bin Daniel: Soy Daniel.
-Ich, Martha: Yo, Martha.
Palabras y frases en neerlandés (holandés).

-Echt waar?: ¿De verdad?
-Van rots: De la roca.
-Kom hier!: ¡Ven aquí!
-Oma: Abuela.
-NIET binnen komen. En als het ernstig is, klop aan de deur: NO entrar. Y si es urgente, llama a la puerta.
-Prachtig: literalmente significa “precioso”, pero se refiere, en realidad, a algo así como: “perfecto”.
Capítulo II. Martha

   Daniel logró salir de la ciudad a duras penas. No paraba de oír disparos y gritos de soldados, y cada vez se sentía más inquieto. Cuando vio que paraban las casas, echó a correr por la llanura, temeroso, por si alguien le veía. Apretaba fuertemente contra su pecho el sobre blancuzco que le había dado el nazi. Tenía que entregárselo a Rolf. Se lo tenía que entregar antes de dos semanas. Tenía tiempo de sobra; había tardado sólo unas horas en atravesar Berlín. Y Meinlein estaría a un día de allí como mucho. Sí, el nazi le había dado tiempo. Pero no paraba de pensar que la vida de su madre y de Eva dependía de él, y de que ese sobre llegara a Rolf, en la calle de Hamburgo, número once, del pueblo de Meinlein. La dirección la tenía clara. Tenía un mapa de la zona de Berlín en su habitación y se lo sabía de memoria. Meinlein estaba en la dirección noroeste, justo la contraria a su casa, al sudeste, pero había sido rápido. Sólo le quedaba atravesar el enorme bosque de Staufer, poblado por todo tipo de árboles. Se contaban muchas historias misteriosas sobre personas que habían estado allí y habían vuelto con una fuerte confusión. De todos modos, Daniel no pensaba quedarse a dormir allí. Seguramente había más animales peligrosos de los deseables. A lo mejor, en alguna casa, le dejaran dormir. Sólo había traído unas monedas que le había dado el nazi (cuyo nombre era Karl), lo justo para comprar pan y agua todos los días. Con todo el dinero junto podría quedarse a dormir en una posada, pero no convenía gastárselo todo, o buena parte, en una noche. A lo mejor tenía más problemas de los que habían aparecido hasta el momento.
   Bostezó y echó una mirada a su alrededor. Había una casa a la vista, pero apenas era una mancha en el horizonte. Como estaba oscureciendo, Daniel apresuró sus pasos. No advirtió el cansancio hasta un rato después.
   Al llegar al fin vio que era una casa humilde, pero que cabría alguien más seguro. Con un poco de compasión de los propietarios y una cara de niño pobre podría quedarse. Tragó saliva y llamó con los nudillos. Al cabo de unos momentos oyó una tos seca («Tos de viejo», analizó Daniel), y unos pasos lentos («Pasos de viejo», volvió a pensar) aproximándose a la puerta. Puso cara de cordero degollado y parpadeó, intentando sacar lágrimas de sus ojos.
   Le abrió, efectivamente, una anciana, con el pelo cano y corto, y cientas de arrugas surcando su rostro sabio. Sus ojos, sin embargo, no estaban apagados, y relucían con un intenso color azul. Lo miró de arriba abajo, y murmuró:
   --¿Quién eres y qué quieres?—bajó la voz--. ¿Hay soldados cerca? Hasta ahora no han llegado aquí.
   Daniel negó con la cabeza y se sorbió la nariz.
   --¿Te pasa algo?
   --Bueno… es que un soldado me echó de mi casa para que enviara un sobre a otro, en Meinlein. Tengo un plazo de muy poco tiempo—«Dos semanas es poquísimo tiempo», se intentó convencer, sin éxito--, y si no… --intentó sollozar, pero el temblor de su voz fue auténtico--. Si no, matarán a mi madre y a mi hermanita pequeña. Las tienen prisioneras.
   La anciana cambió la expresión severa de su rostro a un gesto más compasivo. Daniel ya estaba saboreando su victoria cuando ella dijo:
   --Ven, pasa. Quédate a dormir. ¿Sabes…? Yo no debería estar aquí. Soy de… de Utrecht, ¿sabes? Holanda. Así que no estarás muy seguro aquí, te aviso.
   --Echt waar?—preguntó Daniel, casi espontáneamente. La anciana abrió mucho los ojos, pero asintió, sonriente, y le abrió más la puerta.
   --Yo soy de Roosendaal. Bueno, en realidad, mi padre—aclaró él, quitándose el abrigo. Cerró de pronto los ojos. Se sentía más agotado que nunca.
   --Bien. ¿Quieres algo de cenar?
   --Sí, por favor. Hoy no he comido nada más que pan.
   --Ven aquí.
   --¿Cómo es que vivís tan tranquilamente?
   La anciana tardó en contestar.
   --Bueno…, pasan pocos soldados por aquí. Si vemos alguno de lejos, corremos hasta Staufer. Allí nunca entran. Alguna vez nos hemos encontrado el jardín delantero algo destrozado, signo de que entraron para investigar un poco. Pero no tenemos ningún signo de que seamos de Holanda, de modo que…
   --Entiendo. ¿Vives con…?
   --Mi marido. Pero mi nieta también está aquí estos días. Ha venido de un pueblo de al lado. Hace dos días… --cerró los ojos un momento, pero los volvió a abrir--. Hace dos días mataron a mi hija, ¿sabes? Vieron que era neerlandesa. Por eso mi nieta, Martha, ha venido. Ahora te la presento. ¿Cuántos años tienes?
   --Quince.
   --Ella tiene catorce.
   Daniel suspiró y agradeció la taza de té que le dio la anciana.
   --¿Cómo te llamas?—preguntó.
   --Sandra—contestó--. Sandra van Rots.
   --Supongo que te habrás cambiado el apellido.
   --Sandra van der Stein—contestó, guiñando un ojo. Daniel sonrió. Aquella anciana no actuaba como cualquier señora de su edad, y  encima era muy simpática. Lo guió hacia el salón, donde había un viejecillo leyendo el periódico.
   --Jan, este es… --se mordió el labio, y Daniel la ayudó.
   --Daniel.
   --Es Daniel. Viene huyendo, tiene que cumplir una misión de vida o muerte. Se quedará esta noche, ¿de acuerdo?
   Jan lo escrutó y asintió, sonriente.
   --Le hará compañía a Martha.
   --Sí, es lo que he pensado.
   --¡Martha! Kom hier!
   Se oyeron pasos que bajaban las escaleras. Daniel se sentó en el sofá, agotado. Al cabo de unos segundos, Martha entró en el salón. Era una chica bajita, de pelo castaño y liso, hasta el cuello. Sus ojos parecían un abismo de niebla gris, tan profundos que Daniel creyó que podía meterse dentro. Daniel se levantó y la saludó.
   --Ich bin Daniel—dijo, desviando la mirada a su taza de té. Nunca se le había dado bien hablar con chicas.
   --Ich, Martha—hizo una pausa. Luego, añadió en alemán--. Espero que ese sobre tan importante que llevas no sea para matar holandeses.
   Se hizo un incómodo silencio. Daniel se sentó en la silla y cogió su taza humeante de té, con la vista clavada en ésta y el ánimo esparcido por los suelos. Martha tenía carácter, era una chica de temperamento duro, eso se notaba a simple vista.
   --Soy neerlandés—dijo Daniel, para aliviar la tensión--. De modo que no, no creo que lo que lleve en el sobre sea para matarme.
   Alzó la mirada y vio la de Martha evaluándolo. La había dejado mal, y ella no estaba acostumbrada a eso.
   --Bueno, en todo caso, no lo pareces.
   --Martha—su abuela estaba con el ceño fruncido, en señal de protesta. Ella no se inmutó.
   --Ah, y en vista de que te quedas aquí, quiero advertirte dos cosas. Una, que no intentes ligar conmigo, ¿vale? Estoy cansada de los chicos. Y dos, que si no respetas lo primero lo lamentarás. Te aseguro que saldrás de esta casa con tres dientes menos—esbozó una sonrisa felina.
   Daniel se la devolvió y replicó:
   --Nunca me ha interesado ligar con chicas. Así que no te preocupes, no me hará falta comprar dentadura postiza.
   --Pero sí un bozal, para que te calles—sentenció ella, con la voz seca, y se fue de la habitación. Daniel miró a Sandra y ésta alzó las manos en señal de rendición.
   --Perdónala. Lo ocurrido hace unos días la sentó muy mal, y su carácter se ha agriado un poco. Pero verás cómo enseguida confía en ti.
   --No estoy sorda—se oyó la voz de la chica, desde arriba--. Y dudo lo que dices, oma.
   Sandra sonrió; no era una sonrisa alegre, sino amarga. Daniel la observó mejor y se dio cuenta que debía de ser una mujer con un carácter de hierro, ya que no parecía afectada por la muerte de su hija. Pero él sabía que lo estaba, y mucho. Sólo intentaba pintar su corazón destrozado de rojo vivo, ya que le quedaba aún cosas por las que vivir.
   Volvió a la realidad cuando Sandra le preguntó algo.
   --Perdón, ¿qué has dicho?
   --Que vengas, voy a enseñarte tu habitación. Intentaré buscarte algo de ropa limpia. Si quieres puedes ir duchándote.
   Daniel asintió, agradecido. Cuando Sandra  le enseñó su habitación se dio cuenta que al lado había otra habitación. En la entrada había un papel con una inscripción: «NIET binnen komen. En als het ernstig is, klop aan de deur». Daniel sonrió para sí. Aunque Martha había resultado antipática le resultaba muy interesante. Tenía un toque de personalidad arrebatadora. Daniel nunca se había sentido atraído por chicas, aunque ellas sí por él. Pero con Martha era distinto.

   Una hora después, iba a acostarse ya en la cama que le había preparado Sandra cuando oyó un quejido que provenía del mismo piso. Aguzó el oído y lo oyó de nuevo. Una tos seca, que parecía ahogada.
   Salió de la habitación de puntillas y escuchó otra vez. Sí, venía de la habitación de Martha. Llamó con suavidad.
   --Vete.
   Su voz sonaba rota.
   --Martha, ¿estás bien?—murmuró.
   --Que te vayas.
   Ante tanta insistencia, Daniel decidió entrar en la habitación. Siempre que le ordenaban algo, tenía por costumbre hacer lo contrario. Giró lentamente el picaporte y entró, procurando no hacer ruido.
   --¿Qué te pasa?—preguntó al oír de nuevo aquella tos.
   --Nada—sentenció ella.
   Daniel sacudió la cabeza y encendió la luz. La lámpara iluminó el rostro de Martha, que se quiso ocultar bajo el edredón, pero Daniel ya la había visto.
   --¿Por qué lloras? ¿Te pasa algo?
   Martha suspiró y se enjugó las lágrimas, mientras tosía otra vez.
   --Hace dos días, incendiaron mi casa. Desde entonces tengo la garganta muy mal, aunque no se lo haya dicho a mis abuelos. Creo que… se trata de algo serio, pero no puedo ir a ningún hospital, ni comprar medicinas. Intentó aguantármela de día, pero se me agrava por la noche—tosió otra vez. Daniel la miraba tan serio como podía.
   --¿Y por eso lloras?
   --No es agradable ver siempre en tus sueños tu casa en llamas y tu madre tiroteada—sentenció, con un tono más que hostil. Daniel tragó saliva.
   --Lo siento—pese a ser un desconocido, se sentó a su lado en la cama y la miró con seriedad, dejándose hundir en sus ojos ceniza--. De verdad. Yo… para salvarle la vida a mi madre y a mi hermanita, tengo que llevar un sobre a Meinlein.
   Martha lo miró con otra expresión en su rostro; ya no había dureza ni desprecio en él.
   --¿Ah, sí?—susurró, bajando la cabeza--. A mí no me dieron esa oportunidad.
   Daniel se mordió el labio. No sabía cómo consolarla. Así que cambió de tema.
   --Si tienes algo serio en la garganta creo que será mejor que se lo digas a Sandra. Se te puede poner peor según pase el tiempo. Tal vez ella sí que pueda conseguirte medicinas.
   --No creo—contestó ella--. He notado que no parece nada serio, pero me temo que sí que sea así. Tengo miedo, pero ¿y si luego es una tontería?
   Tosió de nuevo.
   --No creo que sea una tontería. Martha, puedes tener algo muy serio. Tal vez tu garganta se te haya infectado, y eso… bueno, eso, si no se cura, puede ser mortal.
   Ella no respondió.
   --Lo digo en serio.
   --¿Qué te importa a ti? Maldita sea, ni siquiera me conoces. Ni yo a ti. Te he visto una vez en mi vida.
   --No intentes ponerte dura otra vez conmigo, Martha. Puede que estés muy afectada, y es normal, pero no intentes taparlo con una capa de indiferencia falsa.
   Martha lo miró de reojo. Daniel parecía despistado, pero sabía mucho. No respondió. Había dado en el clavo.
   --Nadie quiere que estés enferma. Tienes que afrontar esta situación. Entiendo que te sientas hundida, pero tienes que comprender que eso ya pasó, intentar olvidarlo y decirle que estás enferma a tu abuela. Ella se preocupa por ti, Martha.
   Martha arqueó una ceja y se dejó caer en la cama, cerrando los ojos. Daniel la observó en silencio. Sus ojeras enmarcaban su rostro, pero seguía siendo guapísima.
   --No me mires así—susurró ella. Daniel se asombró por su deducción, pero no lo dejó traslucir--. Lo que te dije esta tarde iba en serio.
   Daniel sonrió.
   --Bueno, uno no pierde nada por probar.
   --¿Ya has probado a ligarme?—Martha se incorporó de pronto y lo miró con tanta hostilidad que Daniel se estremeció--. Así que has venido aquí para hacer una visita de cortesía. Toda esta supuesta preocupación para intentar ligarme—sentenció, con los ojos entornados. Había empezado a confiar en él, cuando resultaba ser una estafa. Una mentira. No debería ni haber pensado que él quería ayudarla. Sólo le interesaba su físico.
   --¿Pero qué dices?—preguntó Daniel, levantándose de la cama--. He oído tu tos desde mi habitación y he venido a ver si estabas bien. Y sigo pensando que necesitas un médico.
   Martha intentó respirar profundamente, pero le entró un ataque de tos. Daniel pensaba que no iba a prolongarse más de unos pocos segundos, pero cuando vio que llevaba un rato tosiendo bruscamente y se estaba poniendo roja, se preocupó y le dio unos golpes en la espalda.
   --¿Estás bien?
   Ella no contestó, solamente siguió tosiendo. Y Daniel pudo ver que no podía coger aire, simplemente lo perdía sin remedio.
   Fue corriendo al baño más cercano y llenó un vaso de agua. Entró de nuevo en la habitación y le dio de beber a Martha, que entretanto no había parado de toser. El agua fresca recorrió su garganta e hizo que el ataque cesara. Respiró profundamente. El pecho le temblaba al hacerlo, y su camisón de algodón se pegaba a su cuerpo por el sudor. Daniel se mordió el labio.
   --¿Mejor?—preguntó, dándole el vaso de agua para que bebiera otro sorbo. Ella no contestó, pero Daniel vio que volvía a recuperar su color de piel normal, aunque su respiración seguía siendo irregular.
   Finalmente, Martha suspiró antes de clavar su mirada desorbitada en él. Iba a decir algo, pero estaba demasiado débil. Daniel le selló los labios con su dedo índice.
   --No hables, no te vendrá bien.
   Ella asintió débilmente. Daniel la arropó con cuidado, como si fuera una niña pequeña. «Todo un caballero», pensó Martha, evitando una sonrisa.
   --Voy a rellenarte el vaso, por si vuelve a entrarte un ataque de tos. ¿Quieres que haga algo más?
   Martha negó con la cabeza.
   Daniel salió y volvió con el vaso lleno de agua. Antes de salir de la habitación, oyó un hilo de voz:
   --Me has salvado la vida.
   La miró un momento, escrutando esos ojos sin fondo. Asintió, sonriendo.
   --Pero ahora está en tus manos aprovechar que te la he salvado. Mañana se lo dices a Sandra, ¿vale?
   Martha se mordió el labio, pero terminó asintiendo. Vio cómo Daniel le sonreía con calidez y cerraba con cuidado.
   Se había equivocado con él. Era buena persona. Y le había salvado la vida. «Prachtig», pensó en holandés. Pero tenía razón, y se lo tenía que decir a su abuela. Se durmió pensando en ella.
   Lo que no sabía es que nunca iba a poder contárselo.

3 comentarios:

  1. Me he pasado a ver si había novedades y me alegro de encontrarme dos capítulos nuevos ^^
    Los comentarios mordaces de los niños y la simpatía de sandra le han dado mucha vida a este capítulo, eso sí recuerda que tienen 15 años y aunque por desgracia se ven obligados a madurar deprisa, frases como "con una capa de indiferencia falsa" igual son demasiado elaboradas no? xD
    En cuanto al sinsabor del final... No puedo decir más que: me voy al siguiente capi ^^

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  2. Lo de los diálogos resulta que Daniel es un chico muy serio e inteligente, suele actuar como un adulto. Pero puede que sí que me haya pasado un poco, jajaja :S

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  3. Que majos los dos ella un poco tirante y desconfiada pero no es para menos en los tiempos que viven y con todo lo que le ha pasado. Me gusta, he tenido que releerme el primer capítulo porque hacía décadas que no pasaba a ver esta historia, la tenía muy apartada. Luego intentaré pasarme otra vez y seguir.

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