jueves, 30 de junio de 2011

El bosque de los susurros (Epílogo).

Epílogo

  
   Esa misma tarde, me enteré que la guerra había terminado, una guerra que había durado seis años, después llamada la Segunda Guerra Mundial. Pero para mí fue mucho más que eso. En el año 1945 perdí todo lo que tenía. Perdí a mi madre, perdí a mi hermana Eva, que no llegó a cumplir los cuatro años, y, sobre todo, perdí a Martha. Nunca lo quise reconocer, pero cuando se fue ella, una parte de mí se fue también, esa noche del 1945. Me quedé allí horas, abrazada a ella, echando de menos su orgullo y su risa, su sonrisa, sus lágrimas y sus besos. Perdí todo eso en apenas unos minutos.
   Después de eso, me fui a Staufer a hablar con aquel viejo que nos había ayudado, pero también nos había matado. Sobre todo, a mí, por decirnos que no había pasado un día, sino trece, por revelar las enfermedades de Martha y dejarnos salir de aquel bosque encantado del que guardo un especial recuerdo. Y puede que por la culpa de ese bosque mi familia haya muerto, pero también fue allí donde descubrí mis sentimientos hacia Martha, donde discutí con ella y donde nos reconciliamos, donde nos declaramos y nos quisimos. Puede que a la gente le parezca una historia ridícula, porque en un día no se puede llegar a apreciar tanto a una persona. Pero aseguro que, si yo conociera otra vez a Martha, en cinco minutos la amaría como a nadie. Como a nadie.
   Martha ocupó mi ser durante unas horas, un día (o varios, si se cuenta que estuvimos trece días en Staufer). Pero logró conquistarme, hacer que me acordara de ella siempre, siempre, para el resto de mi vida. Siempre me acordaré de aquel roce de labios que tuve con ella, mi primer beso; también me acordaré del siguiente, en el que ella lloraba porque me había contagiado la infección de garganta. Me acordaré del tercero, y del último, en mi casa, esa noche, mientras ella se consumía y me regalaba sus últimas fuerzas. Me acordaré de sus ojos, ese abismo de niebla que hacía que la mirara como un estúpido durante varios minutos seguidos. Siempre añoraré esos ojos.
   Nunca enfermé de infección de garganta. Nunca, a pesar de que han pasado diez años. Martha no me lo contagió, ni me lo contagiaría, de eso estoy seguro. A veces me da la sensación de que, cuando voy a Staufer, la veo caminar y me dice: «Daniel, no te acerques». Sé que es una ilusión, pero me gusta vivir de ilusiones.
   Es de lo único que vivo, y que viviré. Aunque esté casado, Martha siempre será la primera. Aunque tenga una hija de tres años que se parece mucho a Eva, me lamento cuando la miro y no veo en ella esos ojos grises tan profundos que tanto me gustaría ver.
   Martha no quería que enfermara, y no lo hice. A veces me pregunto si ella me besaría en el caso de que yo estuviera enfermo y se lo podría contagiar. Me pregunto tambien si yo me atrevería a besarla otra vez si estuviera viva y sería seguro que iba a adquirir infección de garganta.
   Seguro que sí.



FIN

Laura TvdB, 30 de junio de 2011.

El bosque de los susurros (Capítulo VIII).


Vocabulario:

Palabras y frases en alemán.
-Wo ist die Hamburgstrasze?: ¿Dónde está la calle Hamburgo? (NOTA: la palabra Hamburgstrasze está mal escrita. La "sz" del final debería ser una "b" especial del aemán que en mi teclado no se puede escibir, de modo que lo he escrito como suena).
-Ist dieses Rolfs haus?: ¿Es la casa de Rolf?
-Ich bin Rolf: Soy Rolf.


Capítulo VIII. El final

   Daniel se quedó de una pieza. «¿Cómo?», se preguntó a sí mismo. No podía ser. Las palabras que había dicho Martha no las había asimilado todavía. ¿Contagioso? ¿Por qué…?
   Y al fin lo comprendió. La había besado. Ella había intentado que no lo hiciera. No lo estaba rechazando. Lo estaba protegiendo, y él no había hecho caso. Quería explicarse, pero él no la había dejado. Y se lo había dicho… demasiado tarde.
   La infección de garganta era contagiosa.
   Negó con la cabeza, sin terminar de asimilarlo.

   Después, salió corriendo en la dirección que había tomado Martha, ya que se había internado en el bosque. No podría ir lejos, porque su enfermedad…
   Apretó los dientes y miró como un lince hacia todos los lados, buscando una silueta femenina de pelo castaño. No la vio. Probó a llamarla, pero se acordó que ella no quería que él la encontrara, y no contestaría.
   Al fin la encontró, sentada en el suelo, con el rostro tapado por sus manos, sollozando. Alzó la mirada y lo vio, pero eso no mejoró su estado de ánimo, más bien al revés. Sentía como si lo hubiera traicionado. Él la había cuidado, le había salvado la vida, era dulce y tierno con ella. Y ella le había clavado una puñalada trapera por la espalda. No podía hacer nada bien. Sintió la mano de Daniel acariciándole el pelo, mientras le decía algo que no llegó a escuchar. No le guardaba rencor.
   --¿Qué?—balbuceó, alzando la cabeza.
   --No te sientas culpable.
   --Pero… ¡puede que ahora enfermes tú también!
   --No. Y has intentado evitarlo, ¿sabes? La culpa, en todo caso, la tengo yo.
   Ella negó con la cabeza.
   --¿No lo entiendes? Es mortal. Si lo coges, te mueres. Como te lo haya contagiado te vas a morir, Daniel.
   --No.
   Esa negativa sólo era una palabra, pero la había dicho con tal seguridad y decisión, que a Martha le hizo dudar.
   --Pero…
   --Mira, me da igual que coja la supuesta infección de garganta. La cosa es que te aprecio, Martha, y te quiero, ¿comprendes?—carraspeó, algo azorado--. Seguro que se puede curar. Estoy seguro. No me voy a contagiar por un beso—Martha enrojeció, pero no dijo nada--. Así que más te vale coger ánimo y fuerzas, porque nos vamos a Meinlein. El viejo nos enseñará el camino. Entregaremos el sobre (por suerte sólo hemos tardado tres días, y estamos a tiempo), tú te quedas aquí un día mientras voy a mi casa y convenzo al nazi que ya está, vas a un hospital, te curas y te vienes a Berlín. Aunque antes tendrías que romper tu pasaporte.
   Martha se asombró por la esperanza de Daniel. Aunque, tal y como lo había dicho, sonaba creíble.
   --¿A Meinlein?—murmuró.
   --A Meinlein. Vamos—le dio la mano, y ella sonrió por fin y se levantó.

   Una hora más tarde, salían del bosque de Staufer. Justo, Daniel estaba acabando de contar la historia del por qué tenía que ir a Meinlein.
   --… Y tenía un plazo de dos semanas, pero por suerte nos ha dado tiempo.
   El viejo lo miró de pronto de una manera muy seria. Demasiado seria.
   --¿Qué?—preguntó Daniel, frunciendo el ceño.
   --¿Cuánto tiempo habéis estado en Staufer?
   --Un día. ¿Por qué lo dices?
   --¿Te acuerdas que os dije que en Staufer el tiempo no era el que parecía?
   Daniel se quedó de piedra.
   --¿Cuántos días es un día?
   El viejo carraspeó.
   --Lo siento—dijo.
   --¿Cuánto tiempo?—Daniel se estaba poniendo nervioso.
   --Lo que parece un día en Staufer… --no se atrevía a mirarlo. Martha le oprimió la mano a Daniel--. Son exactamente trece días.
   --¡¿Cómo?!
   Daniel no se lo podía creer. Martha lo empujó hacia delante.
   --¡Daniel, es el último día! ¡Está anocheciendo!
   Él se había quedado mudo y Martha pensó que paralítico.
   --¡Daniel! ¡Todavía nos da tiempo, corre!
   Por fin reaccionó y se despidió del viejo.
   --¡Gracias por todo!
   Se marcharon corriendo hacia Meinlein, cuyos tejados se veían cada vez más cerca. A Daniel, por un momento, se le olvidó la enfermedad de Martha, se olvidó de que tal vez se la había contagiado. Sólo reconocía el pueblo, que estaba cerca, pero el ocaso también lo estaba. Los rostros de su madre y su hermana poblaron su mente, y apretó el paso, casi arrastrando a Martha, que respiraba agitadamente.
   Llegaron a la primera casa, donde había una viejecita balanceándose en una mecedora, en la terraza. A Daniel le extrañó que pudiera siquiera salir al exterior. Estaban en guerra.
   --Wo ist die Hamburgstrasze?
   La anciana lo miró y señaló esa misma calle. Daniel respiró aliviado y vio que estaban en el número dos. Avanzó con Martha hasta llegar al once. Llamó a la puerta, y le abrió un soldado nazi. Daniel sintió la mano de Martha temblar, pero sacó el sobre del jersey.
   --Ist dieses Rolfs haus?
   Él asintió.
   --Ich bin Rolf.
   Daniel le dio el sobre.
   --Es de parte de Karl, de Berlín.
   --Ah, así que tú eres el niño mocoso que tenía que dármelo. Un poco tarde, ¿no?
   Daniel se estremeció.
   --Lo he dado a tiempo—murmuró.
   --Anda, vete a tu casa, suponiendo que siga viva tu familia.
   Daniel asintió y se encaminó hacia la dirección por la que habían venido. Cuando el nazi cerró la puerta, Martha le dijo:
   --¿Qué hacemos? No nos da tiempo a volver ahora a tu casa. Se tarda mucho, y yo… yo no podría—reconoció.
   --Vamos a ver si podemos coger un autobús. Tengo un poco de dinero.

   La idea de Daniel resultó ser eficaz, y partieron cinco minutos más tarde en dirección a Berlín sudeste. Martha y Daniel no hablaban, estaban demasiado nerviosos. Daniel mantenía la vista clavada al frente, sin parpadear apenas. Martha lo miraba, preocupada, pero entendía su nerviosismo. A ella ya le había pasado eso, pero no había tenido oportunidad de salvarles la vida. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando se acordó, y bajó la cabeza. De todos modos, Daniel no se dio cuenta de su estado. Estaba abstraído.

   Una hora después, llegó el autobús al barrio de Daniel. Los dos despertaron de su trance y bajaron corriendo. Daniel se sintió extraño al caminar de nuevo por sus calles. Llegaron a la suya y vieron la puerta entreabierta. Se mordió el labio y entró, seguido de Martha. Atravesaron el salón y la cocina, hasta llegar al jardín trasero.
   Karl estaba allí. Su madre y Eva también.
   --¡Vaya!, el chico. ¿Ahora? ¿Un poco tarde, no?—Daniel abrió los ojos como platos.
   --¡Se la he entregado hace una hora! ¡Es de noche, pero se la entregué antes!
   --Sí, me llamó. Pero de todos modos creo que dos semanas son tiempo de sobra para llegar a un pueblo a las afueras de la ciudad y entregar un mísero sobre, ¿no crees? ¿Por qué tardaste tanto?
   Daniel tragó saliva.
   --Me costó atravesar el bosque de Staufer.
   --Ya, cuentos y más cuentos. ¿Y esa chica?—señaló a Martha. Ella se encogió--. Mira, esto es lo que yo creo que ha pasado: el primer día caminaste bastante, te encontraste con ella y te olvidaste de tu adorada familia, ¿verdad?—observó sus manos entrelazadas--. Oh, qué bonito es el amor—dijo, con una sonrisa felina--. Ya lo suponía yo. Un idilio apasionado, a pesar de que eres joven.
    Daniel estuvo a punto de explotar. La sangre ardía en sus venas, y estaba temblando de ira y de rabia.
   --De modo que—siguió Karl—yo te di dos semanas. Bien, era de noche cuando me llamó Rolf. Ha terminado el plazo, niño. Y no has cumplido el trato.
   Sacó una pistola de no se sabía dónde.
   --¡No!—gritó Daniel, desesperado, intentando avanzar, pero Martha lo retuvo. Eso le recordó vagamente a una escena en la casa de ella; sus abuelos, mientras estaban siendo tiroteados, y él agarrando a Martha con fuerza.
   Vio, de manera borrosa, cómo las balas de la pistola impactaban en el cuerpo de su madre primero, y ella caía al suelo sin un gemido, inmóvil. Eva cayó de sus manos al suelo. Iba a correr hacia él, pero el disparo impactó en su cabeza, haciendo que chillara con su voz infantil e inocente, para después morir inmediatamente, cayendo como una hoja seca de un árbol en otoño.
   Gritó. Su voz le pareció lejana, irreal. Se soltó de los brazos débiles de Martha y se abalanzó sobre su madre y su hermana. Pero ellas ya no estaban vivas. Miró a Karl con la mirada vidriosa. Él sonrió sarcásticamente y guardó la pistola.
   --Tienes suerte de que no te mate a ti también—dijo. Después, sin prisa, entró en la cocina y salió de la casa.
   Martha se acercó a Daniel, intentando consolarlo, pero empezó a toser.
   Él se giró hacia ella, derramando lágrimas de impotencia y rabia. La vio convulsionarse por el dolor y la tos, y reaccionó. Volvió a la realidad, corriendo a por un vaso de agua, y llevándosela. Ella paró de pronto y lo miró.
   --Lo siento tanto, Daniel… --susurró. Daniel notó que su voz era apenas inaudible, y su respiración demasiado irregular.
   --No—susurró, sabiendo lo que ello implicaba. Martha intentó incorporarse, pero fue incapaz--. ¡NO!—gritó, cogiéndola y dándole el vaso de agua. Pero ella, aunque bebió un sorbo, no mejoró.
   --Daniel… --musitó.
   Él la oyó.
   Intentó hacerle el boca a boca, pero no servía de nada. Le dio golpes en la espalda. Hizo todo lo posible para que se le pasara, pero fue inútil. Martha negó con la cabeza.
   --¿Lo ves?—susurró--. Me voy a morir.
   Daniel la miró. Esos ojos grises y tan profundos, esa sonrisa cansina, ese pelo castaño…
   Ella.
   Y le dio igual que pudiera contagiarse, y volvió a besarla. Ella le acarició la mejilla con sus últimas fuerzas.
   Y se fue, como una vela apagada por la brisa. Daniel lo notó cuando sintió que sus labios no se movían.
   Se separó de ella y lloró.
   Lloró.

El bosque de los susurros (Capítulo VII).

Genial. Bueno, hola ante todo. Os dije ayer que colgaría un capítulo hoy, pero no. Ni uno ni dos, sino ¡TRES! Sí, de verdad, es que me he puesto como loca a escribir. Y... siento deciros que ha terminado la historia, después de estos tres capítulos. Os dije que no iba a ser muy larga. En fin, que el poema no lo he hecho, pero espero que compense con el final de EBDLS. Ya no colgaré nada más... así que espero que os guste.

Capítulo VII. Staufer

Daniel oyó un último gemido y la miró. Vio que estaba tumbada en el suelo, con los ojos abiertos pero desorbitados. Tosía sin parar y sin coger aire. Se estaba poniendo roja.
   Daniel se inclinó justo cuando cerró los ojos y dejó de respirar. El corazón le latió demasiado rápido de pronto, y examinó con angustia el rostro de ella. Ya no se movía, y palidecía por momentos. Y no respiraba.
   --¡Martha!—gritó, zarandeándola. Ella no reaccionó. Daniel no cayó en la cuenta que podía estar muerta por su culpa y la zarandeó más, pero no consiguió nada. Respiró agitadamente mientras pensaba a toda velocidad. La depositó en su regazo y le tapó la nariz. Le hizo el boca a boca, insuflándole aire por la boca. Sus labios sabían amargos. Por fin vio que ella se convulsionaba y empezaba a toser. Respiró profundamente, aliviado de pronto. Le dio unas palmadas enérgicas en la espalda y buscó a su alrededor en busca de agua. No la encontró. Martha abrió los ojos de repente, y se incorporó, pero Daniel no la dejó.
   --Respira—dijo--. Respira, ya ha pasado.
   Ella negó con la cabeza, apenas un leve movimiento que llenó de culpabilidad a Daniel.
   --No puedo—gimió--. Me duele la garganta.
   --Sí que puedes porque te lo digo yo. Hay aire para los dos, estate segura de eso.
   Por fin, ella esbozó una sonrisa. Muy débil y cansina, eso sí, pero al menos era una sonrisa, un gesto que delataba su estado de ánimo. Daniel bebió de ella con avidez.
   --¿Cómo…? ¿No estoy muerta?—preguntó ella, recuperando poco a poco su tono de voz normal.
   --No, por suerte—Daniel se mordió el labio. No debería haber dicho lo último--. Aunque creía que… lo siento—pareció derrotado de pronto, con los hombros hundidos, la mirada baja mientras se miraba las manos, desolado.
   Martha recordó que no la había ayudado.
   --No, si al final me has salvado la vida. ¿Cómo lo has hecho?—parecía completamente curada, y Daniel se asombró porque las cosas habían sido así de fáciles.
   --Te he hecho el boca a boca—contestó simplemente, desviando la mirada. Ella pareció avergonzada de pronto.
   --¿Qué?—Daniel lo había notado.
   Martha se ruborizó intensamente.
   --No había agua—empezó. A Daniel le bastó con eso. Sí, por eso sus labios sabían amargos. Porque no se había lavado desde que…
   --¿Y por qué has vomitado?
   Martha no se atrevía a mirarlo.
   --Me sentía ciertamente mal.
   --Pero estás mala de la garganta, ¿no?—cayó en la cuenta de sus propias palabras--. De modo que era verdad. Sólo me has engañado una vez.
   --Sí. Lo siento—Martha se deshizo de su abrazo con delicadeza--. Me sentía mal por haberte engañado, por el cansancio acumulado y por… por lo de mis abuelos, y mi madre—evitó que los ojos se le llenaran de lágrimas--. Estaba mareada y me dolía la cabeza, aunque eso también podía ser porque no había comido.
   --Vaya. Pues vamos a ver si logramos salir del bosque, o al menos llegar a un sitio con comida y agua. Lo necesitamos, sobre todo tú. Pero… tampoco podrás avanzar mucho, ¿no? Y tenemos que comprar una medicina y…
   --Ya, ya. Lo último es lo menos importante. Déjalo, ¿quieres?
   --No, no lo dejo. Estoy harto de que le quites importancia. Si sabes que eso te afecta mucho, ¿por qué lo dejas correr? No lo entiendo.
   --No quiero causar molestias—hizo una pausa--. Y también porque soy muy orgullosa.
   --Ya lo he notado—sonrió él.
   Martha sonrió también.
   --Quería decirte una cosa.
   Daniel la miró.
   --Soy todo oídos.
   --Es que no sé cómo explicarlo—dijo ella, carraspeando--. Bueno, resulta que me miro demasiado el ombligo y sólo pienso en mí misma, y no en los demás. Quería… bueno, quería que supieras que me voy a esforzar para no ser así. O al menos, no tanto.
   Daniel se rió.
   --Eso parece imposible.
   Martha alzó la mano.
   --Lo intentaré, te lo prometo.
   Daniel sonrió.
   --Anda, vamos—dijo, extendiendo su mano. Martha la cogió, no sin cierta vacilación--. No hay tiempo que perder.

   Caminaron durante una hora hasta que Daniel notó que Martha empezaba a jadear. Se cansaba más que normalmente, pero encima no había comido y tenía el estómago completamente vacío. Su enfermedad le impedía respirar con normalidad y su cansancio no se había disipado. Sin embargo, ella no se quejaba. Se dejaba guiar por Daniel, sin una palabra, apretando los labios firmemente, en un gesto testarudo que decía: «Tengo que avanzar». Había tropezado varias veces, pero Daniel había evitado que se cayera. No se habían soltado un segundo, y aunque tenían las manos sudorosas, tampoco pensaban hacerlo. Ninguno de los dos se había parado a pensar en los acontecido con el abeto horas atrás. Preferían únicamente centrarse en su destino, como había aconsejado Martha, y después, cuando llegaran a Meinlein y hubiesen entregado la carta, ya podrían empezar a hacerse preguntas.
   Daniel paró un momento a descansar. Martha hizo amago de seguir avanzando, pero la mirada de Daniel no admitía réplica. Asintió y se dejó caer en un montón de hojas secas. Quiso respirar profundamente, pero le entró un ataque de tos y se enderezó rápidamente. Daniel se acercó a ella de inmediato, pero por suerte cesó antes de que empezara a ser algo serio.
   Él la miró un momento, asegurándose de que estaba bien. Ella esbozó media sonrisa, pero se transformó en un gesto incómodo al notar que él la seguía mirando.
   --¿Qué?—preguntó, arqueando una ceja y cruzándose de brazos, pero recordó lo que le había dicho antes y carraspeó.
   --No, nada—dijo él, quitándole importancia con un gesto--. Es que tienes unos ojos muy profundos.
   --¿Cómo pueden ser unos ojos profundos?
   --Siéndolo. Pueden ser superficiales, pueden ser bonitos de color pero no reflejar nada, o insensibles. Los tuyos… dan la sensación de que, cuando te miro, me voy a caer dentro.
   Martha se rió.
   --Me lo tomaré como un cumplido—dijo, con un toque divertido en la voz.
   --Es un cumplido—reconoció Daniel, acercándose peligrosamente a ella--. No hay nadie en el mundo con unos ojos como los tuyos.
   Martha, en un gesto instintivo, se echó hacia atrás, alzando una mano en señal de protesta. Por suerte, suspiró y retiró la mano.
   Daniel la miró.
   --Ya te dije que me gustas, Martha. Lo siento—hizo un gesto de rendición--, pero tenía que intentarlo.
   Martha se lo quedó mirando, también cuando él se inclinó hacia ella. Pero de pronto se acordó de algo y le puso la mano en los labios, deslizándola luego por la mejilla. Lo había rechazado, pero de una manera suave y cariñosa. Negó con la cabeza.
   --Todavía no, por favor—dijo, con ojos chispeantes.
   Daniel bajó la mirada.
   --Entiendo—dijo, pero Martha sabía que no lo entendía.
   --Daniel… --empezó--. Quiero que sepas que tú también me gustas, ¿vale?—tragó saliva, cosa del todo impropio de ella, que siempre hacía las cosas con decisión y seguridad; ella siempre tomaba las riendas--. Pero es que… no creo que sea el momento… todavía.
   Él sonrió, y asintió.
   --Necesitas tiempo—simplificó.
   Martha asintió, pero no era por eso en realidad.
   Entonces oyeron un ruido de pisadas. Claramente, no era un susurro; eran zapatos, o botas, pisando y rompiendo las hojas secas. Daniel se levantó de un salto; Martha fue más lenta, para su desesperación.
   La silueta llegó al pequeño claro. Era un hombre viejo, con miles de arrugas surcando su rostro anciano y con apariencia sabia. Tenía una escopeta cargada al hombro. Sus ropas, viejas y medio rotas, eran útiles para el bosque. Llevaba colgando de su cinturón una pesada linterna. Se los quedó mirando hasta que habló. Su voz era cascada, como si tuviera alfileres en la garganta.
   --¿Qué hacéis aquí?
   Daniel lo miró.
   --Estamos atravesando el bosque para ir a Meinlein.
   --¡¿Atravesando el bosque?!—saltó el viejo--. ¿Estáis locos? ¿Sabéis lo peligroso que es?
   --No hemos visto ningún animal.
   --No los animales, niño, el bosque. Este no es un bosque cualquiera. Es Staufer. ¿O nunca habéis oído las leyendas?
   --¿Insinúa que son verdad?—replicó Daniel, con un tono divertido en la voz. Pero Martha no se reía.
   --Está anocheciendo. No tenéis sitio donde dormir, y falta mucho hasta que alcancéis el final. Venid a mi cabaña.
   --¿Vive aquí?—preguntó Martha, extrañada.
   El viejo hizo un gesto para que le siguieran, sin contestar a la pregunta de Martha. Ellos hicieron caso. Una casa significaba cobijo y comida.

   Llegaron a una cabaña de madera, pequeña pero acogedora. El viejo les franqueó la entrada y dejó la escopeta cerca de la puerta.
   --Bien, señoritos. Tomen asiento.
   Martha abrió la boca para protestar por la ironía del hombre, pero Daniel la miró y se abstuvo de hacerlo.
   --No tenéis ni idea de cómo salir de aquí. De hecho, estaríais perdidos si no me hubiera encontrado con vosotros. Staufer no es lo que parece, ¿comprendéis?
   --¿A qué se refiere?—preguntó Martha, aceptando la taza de té que él le ofreció.
   --No sé si os habéis fijado, pero aunque sigáis una dirección concreta, no habéis visto nada más que árboles. De vez en cuando, un pequeño claro.
   --¿Y? Esto es un bosque.
   --No es un bosque, señorita—contestó, sentándose él también--. Es el bosque.
   --No comprendo.
   --¿No habéis notado nada raro? Qué ignorantes. ¿No habéis oído nada de especial mientras caminabais?
   Martha y Daniel se miraron, sombríos. De modo que no era una alucinación.
   --¡Los árboles no hablan!—exclamó Martha de repente, levantándose--. ¡Es imposible!
   --Ay, señorita, tu estupidez alcanza límites insospechados. Lo que oyes, lo oyes. No, no son ilusiones ni nada. Escuchad, hay una historia sobre Staufer. Y es de verdad, no una leyenda.
   »Staufer era un bosque normal y corriente hace seis años, en 1939. El día en el que se declaró la guerra, yo ya vivía aquí y vi un cambio extraño. Los árboles parecían más salvajes.
   »Empecé a oír los susurros poco después. Todas las personas empezaron a oírlo. Cuando uno estaba en medio del bosque, el tiempo parecía pasar normalmente, pero al salir uno se daba cuenta que lo que le habían parecido minutos, eran horas. Que si entrabas, tardabas mucho, mucho tiempo en salir. Algunos intentaron lo del mito de Teseo, ¿os suena? La historia del Minotauro*. Ponían un hilo en un poste a la entrada del bosque, y entraban desenrollando el hilo según entraban. ¿Sabéis? Cuando volvían, confiando en el hilo, veían que no terminaba nunca; el hilo seguía, y seguía. Y cuando al fin terminaba, estaba atado a un árbol. A un abeto normal y corriente. No encontraban la salida, al no ser que se la dijera yo. ¿Por qué? Bien, es difícil de creer, pero el bosque de Staufer cambia.
   »Como lo oís. Cambia. Los árboles cambian de sitio, pero nunca se ve cuándo ni cómo. Yo, por suerte, construí esta cabaña antes del suceso, y la cabaña siempre está en el mismo sitio. Por eso me guío bien. Pero a veces me he encontrado un árbol justo a la entrada de la cabaña. Y no he podido salir. Por eso tengo cinco puertas—las señaló--. Total, que los susurros provienen del viento. Son tantos los árboles, que las voces de uno mismo hacen eco, de una manera que no yo sé. Ya sé que no debería de haber eco en un bosque, es absurdo, pero lo hay. Parece que lo dicen los árboles. Cuando “hablan”, es cuando van a cambiar. Basta con parpadear una milésima de segundo y ya no están en su sitio. ¿Raro, verdad? Pero es así. Lo prometo.
   »Apenas hay animales. Los animales se conocen los bosques en los que viven, pero éste cambia. Yo cazo lo que puedo. El resto lo compro en Meinlein, que está cerca de aquí.
   »Y sobre lo del tiempo, resulta que con lo que el bosque cambia, uno no puede fiarse del sol. Pueden pasar días y noches sin que te des cuenta. Así es Staufer.
   Reinó un silencio, un silencio prolongado. Martha y Daniel no podían creerse lo que estaban oyendo.
   --¿O sea que… el bosque es mágico o algo así?—preguntó Daniel.
   --Sí. Ya veis, hay magia en el mundo.
   Martha asintió, confusa. No terminaba de asimilarlo. Su tripa reclamó de pronto algo de comer.
   Carraspeó.
   --¿Tienes galletas o algo?—ante la cara de sorpresa del hombre, añadió--. No he comido nada desde ayer, y encima…
   --Ha vomitado—dijo Daniel, como si tal cosa--. Está un poco enferma—añadió, con suavidad.
   Martha se puso roja.
   --Vaya, lo siento—dijo el hombre--. ¿Algo del estómago?
   Martha vaciló.
   --No.
   Daniel iba a hablar, pero primero la miró, como pidiendo permiso. Martha negó con la cabeza. Él, como si hubiera visto un asentimiento, comentó:
   --Necesitamos salir urgentemente de aquí y comprar medicinas.
   --¿Tan mal estás del estómago?—repuso el hombre.
   --No—murmuró Daniel, mirándola--. No, es otra cosa. La garganta.
   --Vaya. Era médico, ¿sabíais? Pero desde que me quedé viudo lo dejé. Me vale con cazar y ganar algo mendigando. Aunque tengo que tener cuidado con los nazis.
   La última palabra sentó mal a Martha. Cerró los ojos un momento.
   --En fin. Ha dicho que era médico, ¿no?—preguntó Daniel--. Martha tiene un problema grave de garganta. Tose sin parar. A veces llega a límites demasiado altos. Temo por ella.
   El hombre la miró, muy serio, y dejó su taza. Martha se sentía cada vez más incómoda.
   --¿Desde cuándo?
   --Hace tres días, por un incendio—reconoció ella, con pesar--. El último día lo pasamos aquí.
   --Bueno—el hombre la miró gravemente--. Ven, voy a ver si puedo examinártela.
   Daniel carraspeó.
   --Yo salgo un rato a tomar el aire—dijo, maldiciéndose a sí mismo por inventarse una excusa tan mala--. No voy a ir a ninguna parte—añadió.
   Martha lo miró con un poco de miedo, pero Daniel la tranquilizó con una sonrisa de seguridad.
   Salió y tomó aire. Sí, se estaba bien en Staufer. Pero ¿mágico? Nada era mágico en ese mundo de miseria y de guerras, de tiroteos y de secuestros. Algo no podía ser fantástico en ese montón de estiércol que les había caído encima.

   Se sentó a los pies de un pino. Estuvo allí una media hora hasta que oyó el chirrido de la puerta al abrirse. Martha salió y lo vio allí. Su mirada estaba vidriada.
   --¿Qué pasa?
   Se levantó y la abrazó.
   --Daniel, estoy muerta—susurró ella, entre sollozos.
   Daniel negó con la cabeza.
   --No. No lo estás, Martha. ¿Qué ha pasado?
   Ella se separó de él y le dijo, mirándolo a los ojos:
   --Tengo varias enfermedades en la garganta y en los pulmones. La garganta la tengo infectada—se le rompió la voz--. Los alvéolos de mis pulmones están prácticamente muertos.
   Daniel contuvo la respiración.
   --¿Cómo?
   --Daniel, voy a morir—sollozó.
   --No vas a morir.
   --Tengo una semana.
   Daniel suspiró. Sintió que estaba temblando.
   --¿Te lo ha dicho él?
   --Sí.
   --Puede no tener razón.
   Martha no contestó y lo miró. Daniel sintió que toda su fachada de chica dura y egoísta se desaparecía como una nube de polen con un soplo de viento. Toda su esperanza y su tesón se habían roto irremediablemente.
   Pero él la seguía queriendo.
   --Lo siento… --musitó, acercándola hacia sí.
   Martha negó con la cabeza.
   Daniel se fijó en sus lágrimas. La tomó de la nuca y se inclinó hacia ella, lentamente. Martha se echó hacia atrás, pero Daniel no vaciló al agarrarla con más fuerza y besarla con ternura. Martha se intentó debatir, pero al final respondió al beso. Daniel quiso prolongarlo más, pero ella gimió de frustración.
   La soltó, apenado.
   Martha no se atrevía a mirarlo.
   --Has hecho lo peor que podía hacer—musitó--. No por mí, sino por ti.
   --¿Por qué?—preguntó él, frunciendo el ceño.
   --Daniel… me has cogido cariño. Me voy a morir—se le quebró la voz--, ¿sabes? No sirve de nada.
   --¡No te vas a morir!
   --¡Maldita sea!, ¿necesitas una lupa? Es verdad que me has salvado la vida dos veces, pero es incurable. No vale con un jarabe ni con golpecitos en la espalda—Daniel se fijó que seguía sin mirarlo.
   --¿Por qué no te atreves a mirarme, Martha?—preguntó con suavidad.
   --No quería que me besaras. Porque… --pareció derrumbarse de pronto--. …Lo siento tanto, Daniel, pero debería haberlo evitado con más…
   --¿De qué estás hablando?
   --¿Sabes? Mis alvéolos están prácticamente muertos, porque me intoxiqué. Pero la infección de garganta…
   --¿Qué?
   Martha retrocedió un paso.
   --Es contagioso—dijo, y salió corriendo.

miércoles, 29 de junio de 2011

Novedades y vacaciones.

¡Hola! No, hoy no cuelgo nada. Y sí, sigo escribiendo El bosque de los susurros, pero quería comentar vaias cosas.
1.- El próximo capítulo va a ser bastante largo, comparado con el resto. Intentaré colgarlo mañana, porque...
2.- ... Me voy de vacaciones, y no podré seguir escribiendo (no tengo portátil, el sitio que voy no tiene ordenador, etc). Estaré fuera un mes justo, todo julio. Del 1 al 31. De modo que en un mes no voy a publicar NADA, y nada es nada. Nada de El bosque de los susurros, nada de poemas, nada de novedades ni nada. Eso sí, cuando vuelva voy a venir con unas ganas locas de escribir, de modo que colgaré a mogollón. Espero compensarlo. Sé que muchos os vais justo en agosto, que es cuando yo estoy (aunque tal vez me vaya la última semana). Pero así son mis vacaciones y mis planes. Por eso un capítulo laargo de EBDLS (mejor abreviarlo, espero que lo pilléis) y tal vez algún poema os pondré mañana, ya que me voy el viernes.
3.- Calculo que a principios de septiembre habré terminado Fuego y hielo. Colgaré los capítulos en el otro blog. Empezaré con Crónicas de Ancarya (abajo hay más información).
Nada más. ¡Felices vacacionees! :D

domingo, 26 de junio de 2011

El bosque de los susurros (Capítulo VI).

¡Hola! Bueno, hoy llego con un nuevo capítulo. Es un poco duro, y sentimental. No dice nada en otros idiomas, de modo que no hay vocabulario, pero hay un momento en el que hace una comparación que puede que no entendáis. Debajo lo explico. Espero que os guste.


Capítulo VI. Deseo


   Daniel soltó a Martha con cuidado y entornó los ojos.
   --Tengo que averiguar qué es lo que pasa con este bosque. Siempre han contado historias sobre él, pero nunca me las había creído. Pero es verdad que nosotros dos hemos… maldita sea, hemos oído cómo nos llamaba.
   Martha tragó saliva, algo incómoda por dos razones; por un lado no le gustaba que Daniel hubiese cambiado de tema y la hubiese soltado, aunque no lo habría reconocido, y por otro prefería no pensar en aquella inquietante voz que le susurraba el nombre de Daniel.
   --Ya. Pero, Daniel—se levantó--, si nos paramos a pensar lo que nos ha pasado nos volveremos locos. Piénsalo un poco: un árbol nos llama. ¡Es absurdo! Deja ya de pensar en eso y vamos hacia Meinlein, que si no, no nos va a dar tiempo a cruzar Staufer entero. Y tendremos que dormir en el suelo. Ni siquiera vamos a tener comida para mañana.
   Daniel la miró de reojo. Tenía una opresión extraña en el pecho.
   --Ya, bueno, pero me gustaría saber lo que pasa a mi alrededor.
   --¿Qué importa? Me tienes a mí, tenemos el sobre, tenemos un destino. Primero lo cumplimos y luego, si lo conseguimos, ya hablaremos.
   --¿Te tengo a ti?—repitió Daniel, alzando las cejas. Martha desvió la mirada y se llevó la mano al pelo, azorada.
   --Bueno, es un decir. Ya sabes, si estuvieras solo lo entiendo, pero no lo estás…
   --Lo he comprendido. Sólo es que me ha hecho gracia.
   --No te estarás riendo de mí, ¿verdad?—frunció el ceño--. Y para ya de hacerme exámenes. No soy un bombón, ¿de acuerdo?
   --No, no eres dulce—respondió Daniel, con la voz algo ronca, pero sonrió--. Aún así, eres… interesante.
   Martha puso los ojos en blanco.
   --No me digas que te has enamorado.
   Daniel se acercó un poco a ella.
   --Bueno…, no creo que sea la palabra más correcta.
   --Para de acosarme.
   --No te estoy acosando—respondió él, riéndose.
   --Ni se te ocurra tocarme, entonces—repuso ella, alzando el dedo en señal de advertencia--. Porque como me toques…
   Daniel se inclinó hacia ella y la besó suavemente. Apenas le rozó los labios, aunque Martha se sintió estúpida igualmente. Bajó el dedo y lo abrazó.
   Pero él se separó de ella, apartándose rápidamente.
   Martha soltó una risita nerviosa.
   --¿Pasa algo?
   --No; es que nunca he besado a nadie.
   --¿Y?
   --Tenía miedo de hacerlo mal. ¿Acaso tú tienes mucha experiencia en esto, o qué?
   Martha esbozó una sonrisa socarrona.
   --Bueno, mucha experiencia no. Simplemente ha habido otros en mi vida.
   Daniel carraspeó, algo incómodo. Siempre había odiado las experiencias de las
chicas con otros chicos.
   --No te me pongas celosillo, ¿eh?—dijo Martha, con una voz suave como la miel, del todo impropio de ella--. Que no tienes por qué ser el primero.
   --No me pongo celoso—espetó Daniel, pero no la miró.
   Martha se pegó a él. Daniel tragó saliva al ver que ella lo miraba fijamente con esos ojos ceniza profundos. Ella lo escrutó y curvó sus labios en una sonrisa elocuente. Daniel se inclinó hacia ella, pero de pronto un susurro los interrumpió.
   --¡Otra vez!—musitó Martha, nerviosa, deshaciéndose del abrazo de Daniel. Él bajó la mirada, abatido, con un gesto cansino. Martha se dio cuenta que estaba echando a perder la poca valentía que le quedaba a él, y sonrió.
   --No te preocupes—dijo. Daniel no la miró.
   Martha aguzó el oído de nuevo, pero el susurro había desaparecido. Gimió de frustración. Daniel no alzó la mirada, pero se asombró. Antes era ella la que evitaba entrar en ese tema. Era una locura.
   Volvió a la realidad cuando la vio a unos pocos centímetros de su rostro. Parpadeó y se levantó, algo molesto. Martha lo miró, con pena. Luego, la expresión de su rostro se tornó algo más sombría.
   --¿Me has besado para probar cómo era?—Daniel no contestó, simplemente la ignoró. Martha se sintió sin fuerzas para levantarse--. ¿Intentas jugar conmigo, o algo así? ¡Daniel! Te estoy hablando, ¿sabes?—se mordió el labio al darse cuenta que él pretendía continuar la marcha. Estaba muy cansada repentinamente, y se sentía mal--. ¡Joder!—soltó--. Tío, ¿me puedes hacer caso un segundo? ¡Un segundo!
   Daniel se dio la vuelta y la miró. Martha iba a decirle unas cuantas palabras, pero se vio en blanco de pronto.
   --Muy interesante—comentó él, con calma--. Pero creo que es mejor seguir. ¿Vienes o no?
   Martha apretó los labios con fuerza. No, no podía seguirle el rollo. No sabía qué era lo que le había hecho para que estuviera así con ella, pero desde luego no iba a pedirle disculpas ni iba a rendirse. Necesitaba que él hablara con ella. Y tuvo una idea.
   Daniel se dispuso a dar el primer paso cuando vio que Martha se doblaba en dos y empezaba a toser. Suspiró, pero ella no paró, sino que se agravó más. Daniel se acercó y se inclinó hacia ella.
   --¿Estás bien?—preguntó con suavidad, incorporándola un poco para que apoyara su espalda en el tronco del abeto. Martha carraspeó de pronto y la tos cesó.
   --Vale, ¿ahora vas a hablar conmigo?—preguntó; ni rastro de su enfermedad.
   Daniel la miró un momento, confuso. Después entornó los ojos.
   --Lo has hecho a propósito.
   --¿Me vas a escuchar, o no?—preguntó ella.
   Daniel continuaba mirándola.
   --Me has mentido—espetó. Había un tono demasiado amargo en su voz--. Me has estado mintiendo—sacudió la cabeza, y se levantó--. Todo el rato—concluyó, dándose la vuelta y empezando a caminar.
   --¡Eh! Sólo… --Martha se sintió estúpida--. ¡Sólo ha sido para que pudiéramos hablar!
   Daniel no respondió, pero apresuró sus pasos. Ella bajó la mirada. Se apoyó en el árbol para levantarse, y lo hizo a duras penas. Estaba mareada.
   --Daniel—lo llamó, pero lo había perdido de vista. No, otra vez no. Ya estaba bien de sentirse débil. Respiró profundamente y corrió en la dirección que él había tomado. Esquivó los árboles, fijándose en su silueta, para ver si la veía. Por fin lo divisó, metros más adelante. Corrió hacia él en silencio, no fuera que acelerara la marcha al oír sus pasos.
   Jadeó; esa carrerita había hecho mella en ella, y pronto se sintió agotada. Todas las fuerzas que había gastado ese día calaron en ella, haciendo que se apoyara en el tronco de otro árbol. Daniel no se movió. Se acercó a él lentamente, mirándolo.
   --Lo siento—dijo, con esfuerzo--. No pensaba que…
   --No—contestó él, sin mirarla--. No lo sientes. Si no, no me habrías estado mintiendo todo el rato.
   --Sólo ha sido una vez—dijo ella, frunciendo el ceño.
  --Sí, una vez grande, miles de mentiras pequeñas. Simulando una enfermedad que no tienes, tosiendo falsamente, y yo como un imbécil sin saber qué hacer. Me has utilizado. No sé qué quieres, tal vez que te de un hogar seguro, o algo así, pero mira, podrías habérmelo dicho antes.
   Martha lo miró, estupefacta.
   --¿Pero qué dices?—estalló--. ¡No estoy simulando mi enfermedad, la tengo de verdad! Sólo que ahora… bueno, quería que habláramos y no sé por qué de repente me ignorabas y…
   --¿Que tienes la enfermedad de verdad? Ya, claro. ¿Y cómo me creo eso ahora? Mira, Martha, no pienso caer otra vez. Pensaba que tu corazón de hielo se había ablandado un poco, ¿sabes? Como en el cuento ése de Andersen, el de la Reina de las Nieves*. El chico tiene el corazón de hielo, no siente nada, y la chica, con sus lágrimas, lo derrite. Debería ser más realista—concluyó, sacudiendo la cabeza--, porque está claro que me he equivocado.
   --No lo entiendes. Yo sólo…
   --Déjalo.
   --Pero…
   --Déjalo, Martha. No vas a hacerme cambiar de opinión.
   Reinó un absoluto silencio. Martha se llevó una mano a la sien. No podía sentirse peor. Estaba mareada, le dolía la cabeza, y, como siempre, sentía ese cosquilleo en la garganta.
   Y se sentía fatal por dentro, por mentirle a Daniel. Nunca había pensado que sería ella la que se sentiría mal. Intentó poner en orden sus pensamientos. Se había estado llevando bien con Daniel, él se había preocupado por ella. El único amigo que había tenido. La había besado, ella había escuchado otra vez ese susurro y se había apartado. ¡Claro!, era eso. A Daniel le había sentado mal que ella lo evitara, tal vez pensaba que lo había hecho para despreciarlo. Porque él no había besado a nadie más, nunca.
   --Escucha, Daniel—dijo, carraspeando. Pero el picor seguía allí--. Si me he apartado cuando me ibas a besar, ha sido porque… bueno, no me he dado cuenta que… te gustaba. Creía que lo hacías sólo por probar. Ya sabes cómo soy, no confío en la gente, y… luego, yo… no quería mentirte…
   --¿No querías? Pues lo has hecho—dijo Daniel--. Creía que te gustaba, o al menos algo parecido. Porque me gustabas—hizo énfasis en la última palabra--. Creía que, detrás de esa máscara de dureza que tienes, había algo más. Algo… supongo que sentimientos. No los hay, claro—añadió.
   Martha sintió cómo las palabras se clavaban en ella, como espinas en la piel. Sí, ella sí tenía sentimientos. No entendía nada, ¿qué quería él? ¿Por qué no se iba y la dejaba sola, esta vez para siempre, ya que le había hecho tanto daño?
    Se le revolvió el estómago y contuvo una arcada.
   Daniel la miró, aún sin creerse que toda esa supuesta enfermedad era mentira. Se había ganado su confianza por hacer como si tuviera algo en la garganta, algo malo. Le había hecho creer que necesitaba su ayuda, mientras sólo quería pasárselo bien con él, mientras le mentía una y otra vez.
   La miró, negando para sí mismo. ¿Por qué ella insistía, si ya sabía que Daniel no confiaba en ella? ¿Acaso creía que era tan imbécil que iba a caer otra vez en el hoyo?
   De pronto, Martha se convulsionó y vomitó estrepitosamente. Miró hacia otro lado. No, esta vez ya no colaba.
   Martha notó el sabor amargo de la bilis en su boca, ya que no había comido nada. Intentó respirar profundamente, pero vomitó otra vez, sin apenas echar nada; su estómago estaba vacío. Suspiró y buscó agua desesperadamente. Tenía un mal sabor de boca impresionante. No encontró nada. Se quitó la chaqueta y se limpió con ella, y después la tiró.
   No se atrevió a mirar a Daniel. Estaba tan avergonzada que evitó siquiera pensar en él, en lo que él pensaría de ella en ese momento.
   Se apartó del “pastel” y quiso respirar, pero no pudo, porque empezó a toser bruscamente. No se había sentido peor en su vida. El dolor de su garganta no remitió, pero esta vez no tenía esos ojos castaños preocupados delante. Estaba sola. Al coger aire, el dolor aumentó y sintió que sus pulmones se vaciaban. Al menos coger un poco de oxígeno… pero la tos se lo impedía.
   --Daniel… --susurró, gimiendo, cuando otra tos la interrumpió. Él era el único que podía ayudarla, y no lo estaba haciendo. «Me lo tengo merecido», pensó. Pero no quería morir. Ya no. Tenía algo, mejor dicho, alguien a quien apreciaba y que estaba vivo, tenía ganas de vivir y de no tener esa angustiosa sensación de la muerte delante de sus narices. Sentía que se ahogaba, y cayó al suelo, sin poder apoyarse. Sus ojos grises se deshicieron en lágrimas de impotencia que caían al suelo como perlas de rocío. Su mirada se nubló mientras sentía que el último suspiro de aire se malgastaba en una tos absurda y horrible que se extinguió por la falta de aire.
   Todo se volvió negro, y su deseo de ver por último unos ojos castaños y dulces no se cumplió.


* NOTA: El cuento de Hans Christian Andersen, La Reina de las Nieves, trata de un chico y una chica (amigos) que un día se encuentran con la Reina de las Nieves. El chico se va con ella y su corazón se convierte de hielo; no siente, no ríe, no llora, no ama. La chica va en su busca y al reencontrarse con él, éste no la reconoce. La chica empieza a llorar por el amigo perdido y, con sus lágrimas de calor, derrite el corazón del niño y hace que vuelva a sentir.

martes, 21 de junio de 2011

El bosque de los susurros (Capítulo V).

Vocabulario:


-Spreek je spaans?: ¿Hablas español?

-Maar beter nederlands: Pero mejor neerlandés.

  
Capítulo V. Susurros

   --¿Qué ha sido eso?—saltó Martha, al oír un susurro cercano. Daniel estaba unos pasos delante.
   --¿El qué?
   Martha aguzó el oído.
   --No, ya nada. Me había parecido oír una voz llamándome.
   --No digas tonterías. No hay nadie aquí.
   --Ya, ya. Déjalo, es que tengo hambre y veo visiones—bromeó.
   Daniel esbozó media sonrisa. Aflojó la marcha para que Martha se pusiera a su lado.
   --¿Estás bien?
   Ella lo miró, burlona.
   --Sí. No soy de porcelana, ¿sabes?
   --Pues lo pareces—ella soltó una carcajada, sabiendo que era una broma.
   Daniel, sin parar de andar, le preguntó:
   --Martha, ¿tú eres judía? Quiero decir, si lo eres religiosamente.
   Ella negó con la cabeza.
   --Soy cristiana. Católica, para ser más exactos. De pequeña me enseñaron todo sobre la religión protestante y la judía, ya que mi familia creía en eso (la materna era judía y la paterna protestante), pero no me convencían. Empecé a investigar sobre las religiones con once años; justo antes de la invasión a Países Bajos. Nunca he sido atea, siempre cristiana. ¿Y tú?
   --No creo en nada—sentenció, sin mala intención--. Después de todo lo que he vivido…
   --Eso lo dice mucha gente. Tanta miseria, tantas muertes… sí, ¿cómo podría haber alguien perfecto que no hace nada por salvar a esa gente?—lo miró, dejando que se hundiera en el mar de plata de sus ojos--. Pero al final yo pienso que es porque no puedes evitarlo; para mí, Dios no es alguien tipo Zeus, el dios de los griegos. No es uno que está sentado en el trono, con forma humana, que con un rayo hace llover y luego se abandona a la belleza de otras diosas. Pienso que Dios es alguien que nos empuja hacia delante. Tiene que haber algo más.
   Daniel pensó sus palabras.
   --Sí, supongo—murmuró--. Nunca se sabe.
   Martha sonrió.
   --O sí—dijo.
   Daniel no entendió sus palabras. De todos modos, el tema de la religión nunca lo había interesado.
   --¿Tu hermanita cuántos años tiene?—preguntó Martha unos minutos después, en voz baja.
   --Tres. Se llama Eva—sonrió con nostalgia--. Cuando nació, mi padre huyó a España. Así que no lo conoce.
   --¿España?
   --Soy medio español.
   --Spreek je spaans?—preguntó ella en holandés.
   --Sí, claro—contestó él en esa misma lengua--. Maar beter nederlands.
   Martha sonrió.
   --De alemán no tienes nada. Pero lo hablas a la perfección.
   --Vivo aquí desde hace mucho.
   --Lo suponía.
   Permanecieron en silencio hasta que Martha empezó a toser. Daniel se preocupó, pero se le pasó enseguida. Sentía miedo de que le entrara algo parecido a lo del día anterior. Pero no pasó.
   Martha notaba las miradas de reojo de Daniel, y se incomodaba. Muchos chicos se habían fijado en ella por sus rasgos inusuales, pero siempre les había mandado a tomar viento fresco. No podía reprocharle a Daniel que la evaluara. Porque ella, de hecho, hacía lo mismo con él.
  
   Las horas pasaban. Ellos seguían caminando, infatigables. A la hora de la comida empezaron a buscar lo que fuera para llevárselo a la boca, pero apenas encontraron unas setas que no se comieron por miedo a que fueran venenosas y unas bayas que Martha se negó a tomar. Después de comer hicieron un alto para descansar.
   Daniel estaba en un momento de recorrer a Martha con la mirada, cuando le pareció oír su nombre. Frunció el ceño, pero Martha estaba sentada en una piedra con los ojos cerrados. Volvió a oírlo. Un susurro, una voz apenas audible. Miró a su alrededor y no vio nada más que árboles. Suspiró y trató de relajarse. Habían estado muy nerviosos y no eran más que ilusiones. Sintió un cosquilleo en la espalda se dio la vuelta otra vez. Nada.
   --Daniel… --susurró otra vez esa voz.
   --¿Lo has oído?—preguntó Martha de pronto--. Hay alguien aquí.
   Daniel se levantó.
   --Es tan raro… --murmuró. No veía a nadie--. Parece una voz lejana, pero la siento cerca de aquí…
   Otra vez. Pero no había nadie. Martha suspiró y cerró los ojos, y se dejó llevar por la voz. Sonaba cerca, muy cerca. Daniel tenía razón. Se dejó guiar, aun a riesgo de chocarse con un árbol. Pero cuando llegó al lugar de donde creyó que provenía ese susurro incierto, no se pudo creer lo que había oído. Abrió los ojos y vio el tronco ancho de un árbol, un majestuoso abeto de unos cuantos metros de altura. Acercó la oreja a la corteza, sintiéndose ridícula. Un árbol no podía hablar.
   Daniel vio que Martha ahogaba una exclamación y palidecía por momentos. En dos zancadas la alcanzó y la rodeó con sus brazos.
   --¿Estás bien?—preguntó, preocupado. Ella asintió, cerrando los ojos.
   --Estoy loca… --murmuró, entre balbuceos--. Estoy loca…
   --¿Qué dices?
   --No te lo vas a creer. Creo que tengo alucinaciones… pero… pero…
   --Respira hondo. Tranquilízate. ¿Has recordado algo extraño…?
   --No, no—sacudió la cabeza--. Daniel, no me tomes por psicópata, pero… te aseguro que… ese árbol te estaba llamando.
   Daniel arqueó una ceja. No cabía duda que Martha sabía actuar muy bien, pero hasta ese punto de creer sus bromas no llegaba.
   --Te lo juro, Daniel, te lo prometo. Ése árbol te llamaba. Lo he oído.
   --Martha, estás muy cansada. Y no has comido.
   --¡Estoy hablando en serio! Parece una locura, pero aunque no te lo creas, ¡lo he oído!
   Daniel se asombró por su tozudez.
   --Vale, vale. Voy a ver si es verdad lo que dices.
   Se acercó al árbol y escuchó atentamente. No oyó su propio nombre. Primero, un susurro, algo casi imperceptible. Luego, se fue aclarando, hasta que oyó claramente que musitaba el nombre de Martha. Frunció el ceño y escuchó otra vez. «Martha, Martha», repitió el abeto.
   Se separó y miró a Martha, que lo escrutaba con ojos interrogantes.
   --Te llama a ti—aclaró, con la voz ronca.
   --Los árboles no hablan—dijo ella, confusa. Se dejó caer a los pies de éste. Daniel la imitó.
   --Pero entonces ¿cómo explicamos…? ¿Nos estamos volviendo locos, o qué? No lo entiendo.
   Martha suspiró.
   --No quiero pensar en eso. Será porque es lo que parece. Al fin y al cabo, estamos nosotros dos solos en este bosque… --enrojeció por sus palabras.
   A Daniel le hizo gracia que se ruborizara por eso.
   --Sí, completamente solos.