martes, 1 de marzo de 2011

El cisne y la rosa.

¡Por fin!
¿Qué tal todo?
Por fin he terminado el relato trágico. Es de unas cinco o seis páginas, tres mil palabras y cuatro capítulos cortitos. Lo cuelgo a continuación y abajo, donde los poemas, intentaré colgarlo también.
Gracias por ser taan pacientes y espero que lo disfrutéis mucho, porque me ha dado muchísimo la lata y me ha costado lo suyo escribirlo.


El cisne y la rosa

Introducción:

Este cuento se me ocurrió en apenas unos minutos. Llevaba días dándole vueltas sobre escribir un relato que acabara de forma muy trágica, o, simplemente, sin acabar bien. La verdad es que siempre me había encantado escribir una novela con final trágico y luego…luego siempre acababa sintiendo lástima, y acababan bien.
En fin, terminé con esta conclusión: un relato trágico, suficientemente corto como para que los personajes no me den pena.
Aquí lo tenéis. 


Para Belén, cuyos cuentos en los que ella es la protagonista nunca se terminan… pero éste sí, y ¿sabes? Me negaría a escribirlo si no fuera con tu nombre como protagonista, o si no me dejaran escribirte esta dedicatoria.


Todos llevamos en nuestro interior un reino de oscuridad
que nos produce miedos y pesadillas. […] Esos fantasmas que nos asustan somos nosotros mismos.
Por eso nos atrae la oscuridad. Por eso la tememos.
Santiago García-Clairac,
El Ejército Negro II. El Reino de la Oscuridad.




I. El cisne


Muchas veces el principio es el fin, y el fin es el principio.
Belén nunca olvidaría esas palabras. Fueron las que, sin darse ella cuenta, hicieron de su vida un camino certero hacia la muerte, o, al menos, insinuado.

Todo empezó una noche de verano, una noche apacible. Uno podía escuchar el susurro de las hojas moviéndose lentamente, rozándose entre sí, pero nada más. Las calles estaban desiertas, los animales y personas, dormidos.
A las afueras del pueblo de Spring, a unos cien kilómetros de una Londres victoriana, una chica se había asomado al balcón de su casa.
Belén aspiró profundamente el aroma de las rosas que estaban en el piso inferior. Alzó la mirada hacia el cielo y vio que las estrellas brillaban más esa noche.
«Noche de deseos», pensó ella, soñadora.
Entró en la estancia, se puso una bata y salió sigilosamente de la habitación. Bajó las escaleras de puntillas, deseando que no hubiera nadie despierto en la casa.
Abrió la puerta trasera y entró en el jardín.
Estaba perfectamente cuidado. A los padres de Belén siempre les había gustado tener las cosas en su sitio, cosa que ella también había heredado, pero esa vez era diferente. No le gustaba el jardín porque estaba bien cuidado, porque las flores que el jardinero plantaba allí olían excepcionalmente.
Le gustaba, simplemente, porque ése jardín era muy especial, aunque no sabía exactamente por qué.
Se acercó al sauce llorón, cuyas ramas se mecían suavemente, dando una sensación de tranquilidad. El sauce estaba a orillas del pequeño lago de aguas oscuras que había en el jardín.
El lago siempre estaba desierto, pero a Belén le gustaba, aunque no tuviera una fuente ni nada parecido.
Pero aquella vez fue diferente.
Se sentó con la espalda apoyada en el tronco del sauce, envolviéndose en su albornoz. Le había entrado frío de repente.
Miró hacia el lago, con la mirada perdida.
Belén era una chica adolescente, con una vida normal, sin sobresaltos, pero feliz. Le gustaba su casa, sus padres, sus hermanos, sus amigos. Le gustaba su vida.
Aunque ella era distinta, y siempre lo había sabido. Había una parte de ella que siempre estaba en otro lado, que siempre estaba soñando, pensando en otra cosa totalmente distinta…
Una parte de ella no quería estar en el mundo en el que vivía, y no sabía por qué.
Sacudió la cabeza. Vio que en el lago se reflejaban los puntos brillantes de las estrellas. Pero algo no cuadraba allí. Intentó descubrir lo diferente a las veces anteriores.
Y lo vio.
Una sombra sinuosa y elegante se deslizaba sobre al agua, formando ondas silenciosas que se extinguían antes de llegar a la orilla.
Era un cisne.
Belén entornó sus ojos color miel y ladeó la cabeza, observándolo mejor.
Era precioso. Sus plumas, de un blanco impoluto, parecían relucir a la luz de la luna, y sacaban reflejos ligeramente plateados. Nadaba a la perfección, lentamente, como si tuviera miedo de agitar las aguas tranquilas del lago.
Cuando vio a Belén estiró un poco su largo cuello y se acercó a ella con lentitud.
La chica estaba tan maravillada que no pudo apartar la vista. Le parecía lo más hermoso que había visto en su vida.
El cisne llegó a la orilla.
Belén se acercó a él, como con miedo de que saliera nadando o volando.
El cisne no se movió, tampoco cuando la joven estiró su brazo hacia él con intención de acariciarlo.

No fue consciente de ello, pero fue aquel movimiento el que iba a cambiar su vida.

 

 II. Un sueño


Cuando rozó sus plumas, un resplandor cegador pareció salir de ese roce, inundándolo todo con su luz blanquecina.
Belén ahogó un grito, perpleja, pero no retiró la mano. Era como si algo la envolviera por dentro, como si algo cambiara y hubiera estado allí siempre, era algo indescriptible.
Belén retiró la mano y la luz cesó. El cisne la miró con sus profundos ojos negros, como si quisiera decirle algo. Belén quiso volver a acariciarlo, anonadada, pero el animal retrocedió ágilmente y volvió a sumergirse en las oscuras aguas del lago. Avanzaba lentamente, con orgullo, rizando la superficie de plata del lago, que reflejaba la luz de la luna.
La chica se quedó mirándolo. No sabía lo que acababa de pasar, pero había sido extraño.
El cisne desplegó las alas, las batió suavemente, sin llegar a volar, y onduló un poco su cuello.
Y, de pronto, desapareció formando una explosión sin sonido alguno. Dejó puntos brillantes y plateados en su lugar, que cayeron suavemente en el agua, y desaparecieron.
Belén se quedó con la boca abierta.
Quiso gritar para ver si el cisne aparecía otra vez, pero no salió ningún sonido de su boca.
Se levantó, vacilante, y se apoyó en el tronco del sauce llorón. Entornó los ojos. Sentía como si hubiera de pronto un vacío en su cuerpo. Clavó su mirada en la orilla del lago y recordó lo que había pasado. Esa luz…
Sacudió la cabeza y se inclinó para tocar el lago con la punta de los dedos. Se formaron ondas circulares que se fueron expandiendo hasta que se extinguieron. Se levantó, dirigió una última mirada al punto donde el cisne había desaparecido y se dio la vuelta.
Fue consciente de pronto de lo que había visto, y le pareció absurdo, irreal y, sobre todo, que no encajaba. Era imposible que hubiese pasado lo que acababa de presenciar.
Pero había ocurrido. Cerró los ojos, sintiendo lágrimas en sus mejillas, que cayeron al suelo en silencio, evaporándose en la tierra.
Se vio correr de pronto entre las flores y la hierba, tanto como sus pies eran capaces de aguantar. Se vio a sí misma huyendo de aquella escena que le parecía tan imposible de vivir.
Antes de entrar en su casa cogió una rosa roja, cuyos pétalos formaban una figura de una perfección asombrosa.
Llegó a su habitación, dejó precipitadamente la rosa en el escritorio y se echó sobre la cama, llorando en silencio.
Cuando se calmó se atrevió a acercarse a la ventana. Vio el lago allí, donde estaba siempre, como estaba siempre. Ni rastro del cisne.
¿Lo habría imaginado todo?

* * *

Despertó cuando unos rayos de sol le dieron en toda la cara. Parpadeó, adormilada, y recordó bruscamente su sueño. Clavó sus uñas en la sábana de la cama. Sólo había sido un sueño. Sólo había sido un sueño.
Y, sin embargo, había parecido tan, tan real…
Se sentó en la cama, aún amodorrada. Giró la cabeza hacia la ventana. Se quedó rígida.
Porque la rosa roja yacía allí, con sus pétalos semiabiertos, con su color intenso, su tallo verde y sus espinas que parecían ser talladas por alguien.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. No podía ser verdad. Era una cosa fantástica.
Pero la rosa era de verdad.
Se levantó y la cogió con cuidado. La mano le temblaba. Admiró la perfección de sus pétalos. Era una rosa como nunca había visto otra.
--¡Belén!—la llamó su madre. Cuando entró en la habitación y vio que ya estaba despierta, sonrió.
--¿Te bajas? Vamos.
La chica, olvidándose momentáneamente de la rosa y el cisne, asintió y se apresuró a ponerse la bata y bajar.


III. El pétalo

Unos ojos negros como la noche la miraban, inquisitivos. Inmediatamente después, vio un ave como nunca había visto una igual. Era preciosa, blanca, con las plumas colocadas de manera perfecta, el cuello largo y esbelto. Nadaba en un lago de aguas oscuras, pero que reflejaban la luz de la luna. Nadaba haciendo ondulaciones en el agua. La miró una vez más y después…
… Una rosa roja. Desprendía un olor magnífico.
Una voz en su mente: «El cisne… la rosa roja… son partes de tu…»

Belén se despertó, ahogando un grito. Otra vez ese sueño. Pero no era un sueño…
Se levantó de la cama. Hacía una noche oscura. No se parecía en nada a la de dos días antes, en la que la luna estaba llena, todo estaba tranquilo y uno podía respirar el silencio. Esa noche era oscura, sin un ápice de belleza.
Pero Belén se asomó aún así a la ventana. Vio el lago y el sauce.
Tomó una decisión.

Cuando hubo llegado al lago, al pie del sauce, volvió la cabeza y vio su casa.
Volvió a fijar la vista en el agua. Palideció y clavó sus uñas en el sauce.
El cisne nadaba haciendo círculos en el lago.
Se sintió desfallecer. No podía ser verdad, había sido un sueño…
Pero el cisne era real, porque se acercó de nuevo y se arrimó a la orilla.
Belén, decidida a asegurarse y saber distinguir la verdad de la fantasía, se agachó y alargó la mano hacia el animal. Rozó sus plumas con delicadeza, como con miedo a que desapareciera como la vez anterior.
Pero el cisne no se movió.
--¿Eres de verdad?—susurró Belén, mientras sentía que las lágrimas brotaban de sus ojos--. No puedes ser de verdad. El otro día…
La mano de la chica tembló y el cisne se apartó.
Belén se levantó y se quedó mirándolo. Bajó un momento la mirada cuando notó que su vestido se había mojado un poco por el agua del lago. Cuando volvió a alzar la mirada, el cisne había desaparecido.
Volvió a su casa, terriblemente confusa. Era de verdad. El cisne existía. Pero había desaparecido, y el día anterior se había convertido en puntas de luz plateada.
Se frotó los brazos. Hacía frío aquella noche. Entró en su casa y se iba a tumbar en su cama cuando se fijó en la rosa roja, que había colocado en un pequeño jarrón de cristal con un poco de agua, para que no se marchitara pronto.
Había algo distinto en la rosa. Se había abierto del todo, pero algo faltaba, o restaba un poco su perfección.
Belén se fijó un poco mejor y lo vio.
Se le había caído un pétalo, que descansaba en el alféizar, como un pedazo de corazón rojo, partido en dos.
Belén no supo por qué, pero sintió como si el cisne y la rosa tenían algo en común.
Y como si ella también formara parte de ellos.

* * *

Al día siguiente, después de comer, estaba en su habitación, leyendo su libro favorito por quinta vez cuando sintió esa sensación.
Durante todo el día se había sentido como vacía, como si le faltara algo que se hubiera caído al suelo y no pudiera recogerlo.
Y no sabía por qué.
En ese momento aumentó ese sentimiento. Sin saber por qué, se levantó y miró por la ventana al lago. El cisne no estaba.
Giró la cabeza y observó la rosa.
Justo en ese momento, un pétalo se desprendió de ella y cayó lentamente al suelo, como una hoja seca en otoño. Cuando tocó el mármol del alféizar, emitió un breve resplandor rojizo antes de desaparecer dejando un olor dulzón en la habitación.
Belén se frotó los ojos, pero cuando los volvió a abrir el pétalo seguía sin estar allí. Y, ahora que se lo paraba a pensar, el primer pétalo que se había caído no lo había recogido, y tampoco estaba allí.
¿Estaría sufriendo alucinaciones?
Belén se tumbó sobre la cama. El cisne, la rosa… no podía ser fruto de su imaginación, pero tampoco podía ser real. Era imposible. La magia no existía.
Belén no era tonta, pero aquel torrente de sentimientos y recuerdos contradictorios le hacían sentirse como si estuviera loca. Tal vez serían todo paranoias y tenía que olvidarlo todo, o, al menos, intentarlo.
Sacudió la cabeza y se sintió tremendamente perdida. Se llevó la mano a la frente. Estaba mareada y le dolía la cabeza.
Cerró los ojos y sintió cómo el mundo daba vueltas y vueltas, mientras que ella no podía entender por qué las daba y se quedaba atrás, sola.
Sin nadie, a excepción de dos cosas.
Una era un cisne, blanco como la nieve, inmaculado, un tanto misterioso. Pero antes de poder darle las gracias de quedarse con ella desaparecía en una lluvia de puntos plateados.
Y lo otro… era una rosa roja, de pétalos perfectos y espinas que parecían estar esculpidas a cuchillo.
Pero la rosa se iba marchitando, y al final Belén se quedaba sola.
Belén se despertó de su ensoñación y miró a su alrededor, inquieta.
Presentía que aquella puesta de sol iba a ser especial; lo que no sabía era cuánta razón tenía.

IV. «Belén, a veces…»

La chica corría tanto como sus pies le permitían. Huía, eso estaba claro, pero no se sabía por qué. Tal vez de algo que había visto, pero sabía que no podía ser verdad.
Huía de sus recuerdos.
Pero, sin saber por qué, volvía a aquel lago tan especial, donde un cisne nadaba en círculos.
La chica tenía en la mano una rosa roja.
Una voz le dijo:
«Belén, a veces es mejor no dejarse llevar por los presentimientos. El cisne… la rosa roja… son partes de tu…»

Belén se despertó entre jadeos. Otra vez ese sueño, con un trozo de tontería más añadido.
Pero acababa igual, sin decir qué parte era de ella.
Se había dormido después de haber visto que la rosa se desprendía de un pétalo. Había decidido que lo mejor para olvidarlo todo era el sueño. Ahora sabía que era todo lo contrario.
Era el crepúsculo. El sol se estaba escondiendo y reflejaba con sus últimos rayos la habitación, dándole tonos dorados. Belén miró la rosa. La cogió y la rozó, como con miedo a que se fuera cayendo a pedazos.
Bajó al jardín, sabiendo que se iba a encontrar con el cisne, que iba a desaparecer sin dejar rastro y que iba a regresar más confusa de lo que estaba en ese momento.
Giró la rosa con los dedos, nerviosa, mientras esperaba sentada a los pies del sauce. Sabía que el cisne tenía que aparecer, antes o después.
Y, efectivamente, apareció, apenas unos minutos después, como salido de la nada. Nada más verla se aproximó, sin prisa pero sin pausa.
Pero no dejó que ella lo tocara. La miró con sus ojos negros.
Belén sintió una voz en su mente:
«Belén, a veces…»
--¿Me estás hablando?—casi gritó, mirando al cisne. No se dio cuenta que estaba hablando con un animal.
«Belén, no le des importancia a eso ahora. Dale importancia, más bien, a tu vida y tu cordura».
--¿Por qué? ¿Qué es toda esta… locura?
«Pobre niña. No sabes que… nadie lo sabe, en realidad. Pobrecita».
--¿Qué dices? ¿Me lo quieres explicar?
«Nunca deberías de haberme visto ese día, por la noche, cuando pensaste que era una noche de deseos y me viste nadando en el lago. Y cuando cogiste la rosa».
--No entiendo.
«Claro que no lo entiendes. ¿No sentiste, cada vez que se le caía un pétalo a la rosa roja, que te sentías más vacía? ¿Qué estabas mareada y sentías como si una parte de ti ya no existía? Es por eso, Belén. Porque… porque yo y la rosa somos parte de ti».
--¿Qué?
«Por eso no debiste salir al jardín. Algunas personas, Belén, nacen ligadas a algo o alguien, pero si lo ven alguna vez en la vida, es el fin. Porque no puedes encontrarte con una parte de ti mismo, ¿entiendes? Por eso a la rosa se le están cayendo los pétalos. Por eso, cada vez que me veías, desaparecía. Porque se empieza así, con magia, y se termina con la muerte».
Belén tragó saliva. Cada palabra que oía le parecía más descabellada, pero a la vez parecía dar un sentido a todo.
«Pero hoy ha sido el día. Y… lo siento, Belén, pero nunca debiste de venirte aquí a vivir. Lo siento mucho».
--¿De qué hablas?
«De que no te queda mucho tiempo de vida, Belén».
Belén sintió cómo se mareaba.
--No es verdad. No puede ser verdad. Tú no puedes hablar, tú no puedes desaparecer. Toda esta locura es un sueño.
--Belén… lo siento.
Belén miró la rosa y vio que se estaba cayendo otro pétalo. Sintió, como había dicho el cisne, un vacío. Que cada vez se iba haciendo más y más grande.
Cogió la rosa con las dos manos y salió corriendo. Corrió hasta llegar a la verja del jardín, y allí abrió la puerta y siguió corriendo, huyendo.
No era consciente de ello, pero estaba huyendo de sus recuerdos.
Paró cuando miró hacia los lados. Aterrada, descubrió que seguía en el sauce. El cisne en el agua, mirándola. Y la rosa en sus manos. Había huido, pero había vuelto a caer en el hoyo.
Sintió un dolor agudo en las manos y vio que se había clavado las espinas. Las heridas eran profundas, de tan fuerte que la había agarrado. Los hilos de sangre recorrían sus dedos o las palmas antes de caer gota a gota a la tierra.
La rosa iba desprendiendo, poco a poco, cada uno de sus pétalos. Su color era exactamente el mismo que el de la sangre de Belén. Y Belén sentía cómo iba quedándose sin vida.
« ¿Lo ves? Lo siento, Belén, pero la vida es así. El principio fue el fin para ti, y el fin será el principio de lo mismo. A otra persona le ocurrirá lo mismo».
Belén cerró los ojos, pero antes de hacerlo vio cómo el cisne desaparecía en un rayo de luz plateada, y cómo el lago se quedaba tan negro como lo era antes, y la luna, que ya había salido, se reflejaba en sus aguas oscuras.
Cayó al suelo lentamente, mientras que la rosa se soltaba de sus manos y dejaba caer su último pétalo.
Ya había dejado de respirar cuando la rosa cayó al suelo y desapareció en un haz de luz roja.

Así, muchas veces, el principio es el fin, y el fin es el principio.

FIN

Laura TvdB, del 4 al 28 de febrero de 2011

3 comentarios:

  1. Pobre chica, sin duda aquel cisne representaba de algún modo el ángel de la muerte para ella.

    ResponderEliminar
  2. me ha encantado la historia, es realmente impactante.
    Me da un poco de pena por Belén

    ResponderEliminar
  3. A mí también me ha sorprendido y me ha sabido fatal por lo que le pasaba, pobrecilla... :((

    ResponderEliminar

Aquí puedes opinar, criticar o comentar acerca de lo escrito, siempre con respeto y educación hacia mí y hacia otros lectores. No hace falta tener cuenta. Te pido, por favor, que cuides tu expresión escrita.