sábado, 5 de febrero de 2011

Santiago de Compostela.

¡Hola!
Hoy cuelgo el cuento Santiago de Compostela.
Tiene introducción y todo, para explicar un poco de qué va y con qué fin lo escribí. Como añadidura voy a poner que el manuscrito lo escribí el 27 de octubre de 2010, aunque lo retoqué un poco anteayer.
Pues nada, aquí lo tenéis. Espero que os guste ;)


Santiago de Compostela

Introducción

Esta pequeña historia la imaginé cuando acabamos de dar en sociales Al-Andalus y el mundo feudal.
No es un cuento con mucho sentido; sólo quería “estudiar” un poco escribiéndolo, enseñárselo a los compañeros de clase y comentarlo. Lo que sí que saco en claro con este cuento de dos páginas es que muchas personas necesitamos tener un sueño, un reto para vivir.
No está dedicado a nadie en especial, pero tengo que agradecerle cosas a mis compañeros de clase. No los voy a nombrar a todos porque no termino, pero quiero que estén presentes aquí porque me ayudaron, aunque fuera un poco tontería, a escribir este cuento. Siempre se agradece las ayudas, los pequeños pasos que te ayudan a seguir.
Gracias a todos.



Sólo los humanos son capaces de darlo todo por un sueño,
 por estúpido que sea.
Laura Gallego García, Memorias de Idhún II. Tríada.



Diego suspiró y terminó de limpiar la barra de la taberna.
--Un día como todos, ¿eh, muchacho?
Él alzó la mirada y vio un hombre viejo con un turbante. Tenía la barba blanca, acorde con los bigotes, y vestía una chilaba raída. Diego lo reconoció. Era un musulmán.
--¿Qué hace aquí?—dijo, frunciendo el ceño.
--Quería tomar agua. Voy a Galicia y tengo sed.
Diego farfulló algo incomprensible.
--Sé que no es muy normal ser musulmán en tierras mayoritariamente cristianas.
--No suelo hablar ni contactar con musulmanes.
--Chico, estamos en el año 954. La mayor parte de Al-Andalus es musulmana.
--De todas formas, aquí no se ofrece hospitalidad a los herejes.
--De acuerdo, pues. Proseguiré mi viaje. Que Alá te bendiga.
Diego ignoró el comentario.
--Y Santiago también.
El joven alzó la cabeza, genuinamente sorprendido.
Pero el viejo bereber ya se había ido.
--Pero… --murmuró, casi para sí mismo.
Diego miró de reojo a su padrastro, que conversaba distraídamente con un amigo suyo. Bien: no se daría cuenta de su ausencia unos minutos.
Se escabulló y vio al musulmán caminando en dirección al Camino de Santiago. Eso le desconcertó aún más.
Se acercó a él.
--Perdón, ¿qué es lo que acabas de decirme?
El bereber lo miró con sus ojos azules.
--He dicho: “Que Alá te bendiga”.
--No me tome por tonto.
El viejo permaneció en silencio un rato, mirándolo fijamente, como evaluándolo. Después asintió levemente.
--De acuerdo, te lo contaré todo. Pero vamos a hablar a un sitio más privado.
Diego entornó los ojos, sin confiar demasiado.
--¿Me dirás la verdad?
El viejo no contestó, pero hizo un gesto para que le siguiera.

Diego salió minutos después del granero donde había estado hablando con el viejo.
Según el bereber, no creía plenamente en la fe musulmana. Más bien, sus creencias eran más cristianas que musulmanas. Le había confesado que estaba haciendo el Camino de Santiago; había partido desde Egipto muchos años antes, queriendo cumplir un sueño.
Y, por lo visto, lo estaba consiguiendo.

Diego sacudió la cabeza. No, él no podía pedírselo. Pero, sin embargo, él también tenía un reto y tantas ganas de…
--Si quieres—le dijo la voz del viejo—puedes venirte conmigo. Sé que lo deseas.
--No puedo—contestó él automáticamente.
--Sí puedes. Coge un zurrón, llénalo de comida y de tus pertenencias más preciadas y vente a Santiago de Compostela.
Diego se lo quedó pensando mientras volvía a la taberna sigilosamente. El bereber era extraño, y tenía una actitud extraña.
Pero le había ofrecido lo que él siempre había deseado.
Y tomó una decisión.

Unos minutos más tarde salió, cargando su zurrón. Vio al viejo sentado en un tocón.
--Ya estoy listo.
Sonrió.
El bereber también sonrió.

El viaje fue mucho más duro de lo que Diego había imaginado. Se asombraba de la poca hospitalidad que tenía la gente al ver un hombre de rasgos musulmanes. Muchas veces no les dejaban dormir en las posadas y tenían que descansar al raso, con las estrellas como guardianas.
Una vez Diego le había preguntado:
--¿No quieres ponerte una cadena con la cruz en el cuello, como la que tengo yo? Te presto la mía, si quieres.
El bereber le había sonreído y le había dicho:
--No, gracias. Dios ya verá cómo soy y él es el único que tiene que juzgar. Y creo que ni por ésas les habríamos podido convencer.
Diego había querido decir algo, pero se había callado.

No hablaban apenas. Los dos tenían sólo un objetivo, y no hacía falta entretenerse. Y, sin embargo, iba naciendo una sincera amistad entre ellos. Diego observó más de una vez que un sueño puede unir a muchas personas.

Meses después (meses que a Diego le habían parecido eternos), la catedral compostelana se alzó ante ellos, en todo su esplendor. Diego se quedó con la boca abierta. El viejo se quedó tan prendado de tan magnífico espectáculo que cayó de rodillas a las puertas del edificio, dando gracias a Dios de corazón.
El bereber, cuando no era más que un niño, había oído hablar de la catedral, de sus figuras y formas, de sus esculturas, de la tumba del sagrado apóstol que estaba dentro.
Años más tarde partió de Alejandría sólo para verla.
Y veía que todo eso había merecido la pena.

Un día soleado, en algún punto de Galicia.
Un muchacho conversaba animadamente con un viejo de rasgos bereberes.
De pronto, el chico le dijo algo que le había tenido intrigado desde hacía unos meses.
--¿Te mereció la pena hacer un viaje tan, tan largo para eso? ¿Para que los cristianos te echaran nada más entrar?
El viejo lo miró fijamente.
--Sí, chico. Me mereció la pena y nunca olvidaré aquel momento.
Diego sonrió.
--A propósito… aún no sé tu nombre.
--Yo tampoco el tuyo. Yo soy… soy Salih ibn al-Hammad.
--Pues… entonces, si me lo permites… me gustaría llamarme de ahora en adelante… Diego ibn Salih*.
Ambos sonrieron.

Laura TvdB, 27 de octubre de 2010.

* En árabe, ibn significa hijo; por lo tanto, Salih ibn al-Hammad significa Salih, hijo de Hammad, y Diego ibn Salih significa Diego, hijo de Salih.

3 comentarios:

  1. Al ver "Santiago de Compostela" a un lado hice clic como por inercia como gallega que soy xDDD
    Y me ha sorprendido el relato, suena a parábola xDDDD

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  2. Me da que suena como el chico desconfiado de los musulmanes que aprende una valiosa lección. Me ha gustado mucho.

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  3. Hola!! Sinceramente, me ha sabido a poco; creo que el relato daría para una novela en la que podrías contar el viaje, lo que les acontece, cuando llegan a la catedral, y el viaje de vuelta. Está bien, si tienes suerte podía ser tu primer libro... (Y no bromeo; voy totalmente en serio)

    Un abrazo ^^

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